De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


domingo, 1 de diciembre de 2013

El viaje.





No quería emprender otro viaje hacia ninguna parte. Se acercaba la Navidad y yo tenía la imperiosa necesidad de volver a casa, junto a mi familia. Tránsito insistió mucho para que la acompañara. Al final lo hice, y subí al coche con la promesa por su parte de regresar antes de Nochebuena. Aun así le recordé sus palabras, cuando me comentó que seria un viaje de unos cuatrocientos años, y que si era así, no quería ir, a lo que ella me contestó con un tono severo que a estas alturas ya debería saber que el tiempo es relativo, y que por allí (se refería al universo en general), no transcurría la vida del mismo modo que en La Tierra. Después me relajé, como me había pedido, y me deje llevar en cuanto arrancó el motor.
                          

Su sitio predilecto para vivir era su coche. Era un Jaguar deportivo color Italian Racing Red, de la última remesa que habían sacado. Por dentro, la tapicería, las cubiertas del techo y suelo y el recubrimiento de las puertas eran de color ébano, y todos los interiores en piel Premium Leather. La androide Tránsito era muy puntillosa con aquellos colores y me corregía si decía simplemente "rojo" o "negro".
    -Pues a mí me parece que voy sentada encima de un toro-decía yo maliciosamente-. ¡Yo te repito que no es más que una piel de toro!
    El coche había estado aparcado en nuestro garaje, junto a un Bentley Continental color Stratus Grey (negro para el resto de mortales.) La androide dormía dentro, con las ventanas subidas, rodeada de un intenso olor a coche nuevo. A veces, pernoctaba en el Jaguar, y otras, en el Bentley.
    -Me parece que no estás muy ilusionada con este viaje sorpresa- dijo la máquina.
    - No te preocupes. Seguro que será divertido. Es sólo que la Navidad me pone nerviosa.
    - Creí que te gustaba.
    - ¡Y me gusta!-exclamé-. Pero tengo un montón de cosas de las que ocuparme antes. Y este viaje, me aleja de todo eso. ¡Es una locura!
    - ¡Ah, claro! Se me había olvidado que te matriculaste en clases de cocina navideña para impresionar a tus padres y ponerles algo decente en la mesa-contestó Tránsito en un tono socarrón.
     La androide se divertía por las dos. En lugar de mirar a la carretera y centrarse en la conducción como haría cualquiera, torcía el cuerpo como un fusilli para hablar mirándome a la cara. Decía que le apetecía escucharme y que le explicara cosas, cualquier cosa que se me ocurriera.
     Yo no sabía qué contar. Sólo comenzaba a echar de menos mi casa. Y en particular, mi biblioteca.



La casa mudaba paulatinamente de la luz del día hasta que las lámparas se encendían a última hora de la tarde. Entonces, los diferentes salones adquirían un halo de tristeza, una capa de sobriedad. Y cuando la sombra alargada del tiempo lo transformaba todo, como en una película antigua, resultaba maravillosamente exquisita. 



    
    Seguir la rutina en aquella imponente casa, era importante. A las nueve de la noche , la señora Basi  servía "la cena saludable", como la llamaba ella. Consistía en una bandeja a rebosar de verduras rehogadas acompañadas de una ración de pescado, huevos o embutidos ligeros. Salvo alguna pequeña variación en las verduras, dependiendo de la estación de año, siempre era así. En nuestra casa no se servían bebidas alcoholicas. Basi decía que era un pecado y que te corroía las tripas y la bondad. El pan ya aparecía cortado en la cantidad justa, y lo colocaba en una cesta de mimbre en medio de la mesa, para que ninguna de las dos pudiéramos alcanzarlo fácilmente. La ama (como yo solía llamarla cariñosamente para paliar la poca sensibilidad de Tránsito, al dirigirse a ella como la criada), aseguraba que el pan se alojaba en las caderas de las señoras y estropeaba la figura. Nosotras lo aceptábamos por la costumbre de los años, siempre inclinadas a la obediencia por distintos motivos; yo por mis largas estancias en colegios religiosos, y Tránsito por ser una máquina, básicamente. Al poco tiempo, la cantidad de pan se redujo a dos rebanadas. Se preparaban con tomate y sal y se le añadía un poco de aceite de oliva virgen para que tuviera un excelente sabor y corroborase la teoría de la señora Basi, según la cual el aceite de oliva virgen extra alargaba la vida. (La pobre no tenía ni idea de nuestra condición inmortal, pero ese hecho, el de alimentarnos con un aceite tan milagroso, le daría la razón cuando continuara viéndonos como dos rosas con el paso de los años.)    
Como postre nos servía una fruta o un lácteo bajo en grasa. 
     

      -Pareces ausente, Lu- replicó la máquina-. ¿En qué piensas?
      En ese momento pensaba, y así lo dije, que quizá fuera una suerte aquel viaje. En otro caso, quizá tendría que enfrentarme esa noche a la rutina de las verduras para cenar, y comenzaba a estar harta de tanta previsibilidad, yo que siempre parecía estar buscando algo que saliera de la costumbre. Se habría cerrado un abismo entre nosotras, o por expresarlo de otro modo, se habría cerrado antes o a lo mejor, nunca existió siquiera.
    - Te quiero, Tránsito.
    - Y yo a ti, Lu.





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