De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


lunes, 25 de noviembre de 2013

La vida loca.

Castillo de la familia Plach, en las montañas de Andorra.
Pico del Trencalós.
(Solo localizable en el Eterno Presente, dentro del avatar
de Nueve Mundos, el origen.)
                
Tránsito se levanta antes del amanecer, y mientras toma café junto a la mesa de la cocina, contempla los campos cubiertos de nieve. El cielo esta claro, y las temperaturas han bajado. Va a ser uno de esos días de diciembre brillantes, fríos y rigurosos que sobrevienen tras varias semanas de vientos del oeste, de fuertes nevadas. Arroyos, muros, huertos helados. La plantación de tabaco helada hasta donde alcanza la vista.
     Un detalle que le gusta de esta casa es el panorama que se disfruta desde la parte delantera, el campo abierto, como contrapeso de la caótica fachada del internado que se ve en primer plano por el ala norte, sin belleza ni orden arquitectónico. La escuela se levantó junto a la casa en los terrenos de la propiedad, cuando era de suponer que el propietario de entonces, malvendió por cuatro chavos. 
     Ahora echó a volar la vista hasta donde le alcanzaba, el impresionante muro blanco de las montañas que rodeaban como un cinturón el pueblo, y cuando se hartó de tanta claridad buscó alguna otra forma más emocionante de entretenerse. Entonces vio el primario ordenador de su compañera, cerrado, sobre la encimera. Seguramente, pensó, si leo algo de esa novela que escribe, no va a pasar nada.  
Transito leyó:




Deseaba que todo lo que sentía por Jon se uniera y se transformara en un sentimiento duradero y seguro. Incluso había intentado escribir dos listas, una con las cosas que le gustaban de él y otra con las que le fastidiaban- en la química de la vida íntima, las cosas que quería y las que detestaba-, como si esperase demostrar algo con ello, llegar a una u otra conclusión. Pero lo dejó al comprobar que únicamente demostraba lo que ella ya conocía: sus profundas contradicciones. A veces el simple ruido de sus pisadas la emocionaban; la forma de sus pies, grandes y masculinos; su cuerpo, duro y erguido, una hombría que la desarmaba- con una delectación vergonzosa hacia sí misma-porque ella le necesitaba básicamente para respirar, para ser feliz o por puro hedonismo. Después de olvidar los últimos días en que la tocaba como si fuera otra, pasó a ser una buena amiga  o una compañera inseparable, como siempre. A fin de cuentas él todavía no le había confesado nada. Quizá solo eran imaginaciones suyas. Últimamente estaba muy nerviosa, intentando quedarse embarazada. Podía conmoverle indeciblemente su inflexibilidad, con su insistencia casi apabullante para que se acostaran los días de mayor fertilidad, obligándole a amarla con auténtica vehemencia, si hacía falta. Ella no podía reprocharle nada. Sin en cambio, día tras día notaba sensiblemente la vulnerabilidad de su amor. En el fondo de sus peleas, se escondía lo que consideraban las verdades más desagradables, es por eso, que ella ya no las provocaba, y rehusaba cualquier provocación o susurraba levemente, en caso de verse obligada a contestar. No quería que su marido la abandonara. 
      - Sé que en realidad eres una egoísta y que no se te puede negar nada- le dijo Jon en una ocasión-. Lo supe el mismo día que me propusiste lo de casarnos. Y también por esa valentía me enamoré de ti.
      -Sí- replicó, afligida pero contenta.
      - Sé que me iría mejor sin ti. 
      -Sí, desde luego. 
      - Y tú serias más feliz sin mí.
      - Sí. 
     ...
     
      Lu baja las escaleras hacia la primera planta y entra en la cocina bostezando. Se sorprende al ver a la androide con su ordenador portátil, mientras lee abstraída, junto a una taza de café vacía.

    - ¡Tránsito! ¿Qué haces?
    Avergonzada, saca la cabeza de la pantalla y cierra el ordenador.
    - ¡Nada! De verdad...No he leído ni una sola línea tu novela, te lo juro... No sé quién es Jon, ni de qué va esa Stephanie, si al final conseguirán mantener esa hipócrita relación o si él acabará largándose, asqueado y vacío, harto de disimular algo que no siente. Si podrá algún día habitar sus más profundas y excitantes fantasías junto a esa misteriosa mujer que ama en silencio y que desea más que nada en este mundo. ¿Hasta cuando aguantará ese hombre? ¿En quién pensará está vez para poder tocarla? ¿Podrá resistirse a la infidelidad? ¿Aún cuando la mujer en la que piensa noche y día, le ame de igual modo?
   
   ¿Lu? [...] 
  
     Las dos mujeres pasaron todo el día en la casa de L'Aldosa, donde si no era necesario no tendrían que verse las caras. Lu le había retirado la palabra y la máquina no entendió muy bien por qué. Supuso que ya se le pasaría. Quizá más tarde. Cuando ella le propusiera, después de invitarla a comer en la pizzeria del Señor Bellini (seguro que con eso ya bastaría para recuperar su amistad, aunque pensó ir más allá), viajar a través del tiempo y el espacio, hasta el año 2495. 
    Horas más tarde, sacó el Jaguar y llamó a su compañera.
Solo le dijo que la esperaba en la puerta, y que se preparara para un viaje de cuatrocientos años.


Tránsito Roja bajo su apariencia humana

viernes, 22 de noviembre de 2013

Hogar dulce hogar.



Escribir por encargo para una máquina chiflada no me causó ningún problema inmediatamente.  Para empezar, contaba con famélicos ingresos y era ambiciosa, y los últimos años, tras abandonar Africa, me había dedicado casi exclusivamente a perseguir a editores y agentes, que pudieran ver en mí una persona con talento, capaz de escribir con originalidad cualquier cosa que se me pidiera en un tiempo récord, pero sobre todo, que encontraran mis manuscritos suculentos. 


En los tiempos de reportera para TVE
 en el norte de Africa.
Así comenzó mi historia junto a la androide como negro literario (una perdida de tiempo para que otro se lleve el mérito, solía decir mi madre, pero que me ayudaba a pagar las facturas y a viajar por el tiempo y el espacio. Así es nada.) Me encontró, según ella, en la frecuencia donde yo solía rogarle a Dios, y conmovida ante mi desesperación, decidió contratarme.   
(Tránsito pensaba, y así me lo hizo saber desde el primer día, que yo podría soportar sus relatos sobre fantásticos personajes o lugares imposibles de imaginar, por esa capacidad que yo tenía desde muy niña para inventar sin limites.)

Después de un tiempo en la ciudad, ya estábamos en casa. Algunos vecinos, se habían llegado hasta la puerta, para saludarnos y darnos la bienvenida. La panadera, la joven  Julieta, nos trajo unos hermosos panecillos recién horneados y el Señor Bellini, de la pizzeria, había tenido el detalle de sorprendernos con un par de Calzones rellenos de queso, huevo y jamón. Por suerte, nadie se quedó a charlar mucho rato, porque yo estaba muerta de cansancio y no tenía ganas de pasar la tarde sentada manteniendo el pulso a un diálogo cortés. 


Nuestra vecina, la Sra. West, en una foto que le hice el verano pasado
en el porche de su casa, degustando de su propia medicina (nunca mejor dicho),
su maravillosa camomila.
Un rato antes de irnos a dormir, habíamos decidido pasar por la cocina para tomar una infusión de manzanilla. Nos hacía especial ilusión, porque no se trataba de poner una bolsita de camomila industrial dentro del agua caliente, sino de la hierba medicinal que la señora West, una anciana inglesa que vivía muy cerca, cultivaba, y que nos había entregado esa misma tarde envuelta en varias capas de periódico. 
    Cuando el pitido de la tetera, acompañado de la pequeña chimenea de vapor de agua aparecieron de repente, nos sentamos entre un agradable aroma sostenido en el ambiente en húmedas nubecillas blancas. Una vez servidas, yo pregunté:
       -¿Le has dicho algo a Zero?
       - Todavía no.
       - Pero lo harás, ¿no, Tránsito?. Pobre hombre.
       Basi, la nueva asistenta (la anterior tuvimos que despedirla porque ya le habíamos reformateado la memoria en innumerables ocasiones, y temíamos seriamente por su salud mental), nos había oído en la cocina y se acercó atraída por el aroma, esperando no molestar.
       Yo expliqué:
       - Tránsito piensa que es mejor huir de los problemas que enfrentarse a ellos.
       - Cuando el problema es un viejo amor, sí -añadió la androide.
       -  ¿Te refieres a Zero? (Basi había oído demasiadas conversaciones entre nosotras.) ¿Puedo hablar con franqueza?-dijo mientras se servía la camomila-. Lu y tú estáis muy bien juntas y se os ve tan compenetradas...¿Quién va a pensar en hombres? ¡Creedme que solo dan por saco! ¡Si yo volviera a nacer, seria como vosotras! Ya lo he dicho. Ala, buenas noches.
       Basi se levantó con la taza en la mano y volvió a salir, con expresión satisfecha. LLevaba un pijama de cuadros marrones y amarillos, bajo una bata gruesa y acolchada de color melocotón, que le aumentaba su volumen por dos. Tránsito y yo la dejamos marchar sin sacarla de la equivocación mientras nos reíamos y hablábamos en voz baja. No me extrañaba nada que pensara que nos liábamos, porque durante las últimas semanas habíamos compartido cama mientras pintábamos la habitación de Tránsito. 
A veces, en mitad de la noche, se presentaba en el salón empuñando un grueso rodillo de cocina, porque creía escuchar voces de ultratumba, pasos metálicos, sonido de motores (supongo que se trataba de nuestra máquina del tiempo.) Aún más; afirmaba ver entre sombras, un ser alto y delgado como el palo de una escoba, envuelto en una enorme capa del color de la sangre. 
   Aquella noche, en cambio, parecía estar tranquila en el retiro de su cuarto, que yo imaginaba verdaderamente satisfactorio, ya que nos había dicho, aun muy sutilmente, que sabía lo nuestro.


La Sra. Basi, nuestra nueva
asistenta, en todos los sentidos.
Tránsito dormía con un camisón de rayón de color gris perla con encaje de color crudo. Tenía una bata a juego. Era tan puntillosa con su imagen como cualquier mujer excesivamente atlética que busca desesperadamente la feminidad.



       Yo conseguía desnudarme y ponerme el camisón sin que en ningún momento quedara al descubierto ninguna parte de mi cuerpo. Era bastante complicado. Me quedaba con las bragas y esperaba que Tránsito hiciera lo propio. La idea de compartir mi cama con una máquina del futuro era una tortura  para mí. Y no me entusiasmaba la idea de verla desnuda, aunque reconozco que me producía una curiosidad excitante.
Al final conseguí ver el contenido de lo que Tránsito llamaba su estuche de inteligencia, refiriéndose al interior de su cabeza de medusa. 

Había un cerebro de oro líquido visible desde el frontal , finísimos cables rojos, lociones lechosas. Micromecanismos dentados de color petróleo, muy brillantes, como pequeñas puntas de diamante. Se dio la vuelta y me dio la espalda. Se puso a dormir. Entonces aproveché para adelantar trabajo y escribir unas lineas de la novela que me había encargado mi editora, aquel tipo de literatura que algunas personas como mi madre rechazaban, pero que daban beneficios.
   Y en el silencio de la noche, con la nieve reposando tranquilamente en los tejados, escribí así: 
  
   En cuanto la vio con el pelo suelto y revuelto, Jon se enamoró de ella y olvidó a su mujer, Stephanie. No es que estuviera impaciente por encontrar a otra que tomara las riendas de sus fantasías, era sólo que ella representaba la ilusión apasionante, que en casa ya había perdido. 
   Podría pensarse que su enamoramiento era una vía de escape. Al principio tal vez lo fuera. La libertad, la novedad. Sin embargo, a medida que la trataba y coincidía con ella, la fascinación se prolongaba, y finalmente, se apoderaba completamente de él hasta la madrugada, donde pensar en su nuevo objeto de deseo se convertía en un problema. Porque cuando amaba a su mujer, esta desaparecía. Eran los hombros de esa mujer que había conocido, su clavícula marcada, la larga melena rubia y revuelta junto al rostro de niña caprichosa, la que veía con trémula satisfacción en su cabeza.
   La sombra de su secreto era una soga, un nudo corredizo al extremo de una soga suspendida de una viga.
   - Jon...- susurra Stephanie, dulcemente-. Jon. ¿En quién pensabas cuando me hacías el amor?
   Su voz era débil porque temía que si se ponía a chillar su marido daría una sacudida a las sábanas, abandonaría la cama y la dejaría sola con su incertidumbre colgando de la soga. 
   Jon, comenzó esperándola cada mañana, luego deseando que apareciera por la tarde. Lo cierto es que no podía dejar de pensar en ella. Primero para calmar su espíritu, y ya después al margen de su voluntad, para buscar el placer absoluto de lo prohibido e inalcanzable.

Tras una par de frases más, Lu abandonó el escritorio y se introdujo junto a Tránsito en la cama. Observó antes de cerrar los ojos, su pálida cabeza desnuda de máquina, y por primera vez, sintió ganas de abrazarla. Le echó un brazo por la cintura, se acurrucó junto a ella y se dejó vencer por el sueño. 
   Mañana será otro día. Y si no, ya no había de qué preocuparse. Tránsito le había prometido la inmortalidad.



  

martes, 12 de noviembre de 2013

Vivir con un No Humano. Cuestión de intuición.

Avenida Diagonal. Barcelona. España.
 El fin de semana en Barcelona tocó a su fin. Había que volver a casa, al refugio que compartíamos en las montañas. Allí, mi compañera, podía adoptar su estado natural sin que nadie la sorprendiera. (Bueno, a veces la asistenta la había pillado, pero ella no contaba. Ya habíamos cogido el tranquillo para borrarle de forma natural la memoria.)    
Al subir al coche nos colocamos como antes: yo en el asiento del copiloto, Tránsito conduciendo. Ella siempre quería conducir. Su cuerpo se encogía como una acordeón, contrayéndose vértebra a vértebra hasta adaptarse al espacio disponible entre los pedales y el techo; y al hacerlo su olor desplazaba los olores de la ciudad que atravesábamos y de la polución contenida, ante cuyo tráfico la androide no paraba de proferir exclamaciones. Tránsito olía a todos aquellos potingues de las probetas y los tubos de ensayo: de cintura para arriba a goma de nata, más abajo a caucho, a pegamento y en su conjunto, a la piel curtida de su traje ajustado.
    -Ha sido una merienda estupenda-dijo-. Gracias, Lu, por presentarme a tu familia. 


Cuando ella me hablaba como una persona, el mundo entero se derrumbaba a mi alrededor. Me ponía a temblar físicamente como ante un toque de alarma; no podía escuchar lo que decía y, sin embargo, yo escuchaba, naturalmente, como un animal que se muere de sed bebe; y al mismo tiempo la angustia se sumaba a más angustia, y entonces, yo buscaba un lugar donde mirar y distraerme, y rogaba, casi en un estado de inconsciencia, en un rincón, para que desapareciera por la ventana, tan tempestuosamente como había entrado, porque seguía sin poder albergar semejante circunstancia en mi razón; era preciso que no olvidara su procedencia y esa cabeza grandiosa de Medusa, pues a tal punto las serpientes del horror se agitaban en torno de la mía y, más frenéticamente aún, las serpientes del miedo. Era necesario no obviar esa realidad, que yo no veía a simple vista. Tránsito no era una persona. (Aunque ella se empeñaba en hacerme creer lo contrario.)
     - No sé si ha sido una buena idea ponerme un nombre o conocer a mis padres. Después te costará más eliminarme- dije secamente.   
     - Nada de eso-terció la androide-, bueno, o tal vez tengas algo de razón. (La máquina del futuro contrajo el rostro).Tú crees que yo podría recibir órdenes y, en ese mismo instante eliminarte, pero que antes me debatiría entre el deber y mi amistad por ti. ¡Olvídalo, tonta! ¡Esto no funciona así! 
     - ¿Ah, no?
     - ¡Pues claro, que no! 
     -  ¿Y qué ha pasado con aquellas viejas enmiendas que decían: “Los robots nos protegerán a nosotros y a nuestros hogares. Si un robot va a vivir conmigo, tiene que saber quién soy y atenderme según mis necesidades y mi personalidad. Tiene que entender lo que siento" - protesté enfadada. 
   

      - Hoy en día, ya no es así. Las máquinas con emociones, como nosotras, estamos basadas en el funcionamiento de organismos con sentimientos. Yo actúo como tú, según el libre albedrío. Una auténtica ruleta rusa- aclaró Tránsito con naturalidad mientras seguía atenta a la conducción-. Aquellos maravillosos preceptos, se esfumaron. Ahora nos parecemos demasiado a vosotros, somos como vosotros. Somos vosotros, ¿entiendes? Podemos pasar totalmente desapercibidos. Y si no, fíjate en tu madre. No se dio cuenta de nada -replicó la extraterrestre-. ¡Y eso que la miré fijamente a los ojos durante un buen rato!. ¡Ha sido divertido!
     - Ya. Pobre mujer- lamenté-. A propósito...¿Lo sabe alguien más o soy la única afortunada a quien le ha tocado "la lotería" en la Tierra?
      - No seas boba, Lu. No te hagas la graciosa. ¿Tiene pinta la gente de saber que un montón de máquinas del futuro, bajo la apariencia inofensiva del buen vecino, les vigilan?
    Quise cortar la conversación desde aquel instante, comenzaba a incomodarme. Le eché una ojeada a sus piernas. Sus piernas se extendían en primer plano. Estaban algo separadas, lisas, doradas, monumentales: columnas firmes de piel sedosa y algo brillante.
     - Nadie tiene ni idea. Nuestra raza fue enviada a la tierra en el mismo instante en que la primera forma de vida apareció en ella. Así que, relájate, pequeña, que no te haré daño. Ya hace mucho que ejercemos de mamaítas y papaítos. 



     Después, para matar el tiempo durante el viaje me contó, bajo mi asombro, un montón de cosas increíbles, como que  
estaban por todas partes, que no eran ni más ni menos peligrosos que nuestra raza, y que no suponían una amenaza, por lo menos por ahora. Su misión era otra muy distinta a la que podíamos imaginar, pero que a mi no me iba a contar nada, por mi condición de chismosa en grado superlativo, al ser mujer y periodista. Luego, antes de callarse por largo rato al escuchar emocionada la música de Chopin, me comentó que en su mundo les llaman "Guías Vitales" o extraoficialmente, aquí en la Tierra, "No Humanos". 
    -Tú eres la única que te refieres a mi como máquina o robot -.Y luego añadió secamente-.Nunca te lo he dicho, pero podrías mostrarme más respeto. 
   A mi compañera le encantaba aquella forma tan enérgica y seria de decir "No humanos". (A veces, me ponía los pelos de punta, porque siempre relacionaba ese término con muertos vivientes o bichos semejantes.) Había estado bien capitanear la conversación, hablando de sus particularidades alienígenas, con la única intención de protegerme. Otras, en cambio, tocaba temas tan naturales, hablaba tan correctamente, y se calzaba esas virtudes de mujer inteligente y misteriosa, tan alta y guapa, que me hacía olvidar su origen, desarmándome por completo, como había pretendido desde el principio de nuestro viaje, al darme las gracias por presentarle a mi familia, algo para mi tan humano. Por suerte, no sucumbí.  
En aquella ocasión habíamos hecho el camino de regreso a casa, de un tirón. Tirón donde ni en un segundo siquiera, olvidé su cabeza de Medusa. Gracias a Dios.


(A menudo pienso que vivo como aquellos pobres chicos asediados por Freddy Krueger. Si quiero seguir con vida, junto a ellos, no puedo olvidar lo que son. Esa es la primera regla. ¿La segunda? No caer en la tentación...Pero eso ya forma parte de otro relato.) 


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