De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


miércoles, 30 de octubre de 2013

Garabatos en la ciudad.



 
La androide Tránsito se llevó una sorpresa al entrar en el distrito de Barcelona donde vivían los padres de Lu. Esperaba encontrar un ejercito de edificios separados por avenidas anchas, enjambres de vehículos y gran afluencia de personas, pero se topó con una barriada relativamente tranquila de tiendas modestas y edificaciones medianas. (Excepto cuando la iglesia monumental abría sus puertas.) 
    La Basílica de la Sagrada Familia ocupaba una manzana, y daba categoría y prestigio a la zona, pero sobre todo, atraía permanentemente a los turistas: un hecho totalmente aceptado, el de la presencia de curiosos por el vecindario, que a veces alquilaba sillas o vendía bocadillos. La madre de Lu había comentado a Tránsito (sin sospechar que estaba hablando con una máquina del futuro), que nunca les molestó las muchedumbres y grandes aglomeraciones que se formaban cerca de su casa, pero sí había cambiado un poquito sus costumbres. Ahora paseaban después de las seis de la tarde, una vez cerrado el templo, o tocadas las ocho, en verano. 



    -Es una maravilla poder asomarse a la ventana, y encontrarse con esto.
    -Sí. Así es. Pero también llegas a acostumbrarte a la belleza aunque ésta sea tan abrupta y maravillosa. Al final acaba por desaparecer -replicó la madre, un tanto melancólica-. Cuando Antonio (su marido) y yo vinimos a vivir aquí recién casados, también me pareció extraordinario y aun muchos años después.
    Ahora reconoció ante su hija y la compañera de ésta, que a medida que el matrimonio se hundía, también su admiración por el entorno. Poco a poco había perdido aquella ilusión de tener el privilegio de vivir junto a una obra arquitectónica única. Solía decir a menudo: "No cambio mi barrio por ningún otro en el mundo", sin hacer referencia a que su piso daba de bruces a la Basílica de la Sagrada Familia. (Creo que no tenia nada que ver con la modestia o la humildad, sino con la costumbre; como lucir un bonito lunar en el canal del pecho del que estás orgullosa, pero del que no presumes sin venir a cuento.) 

La madre de Lu era una mujer grandona, de hombros redondeados y algo caídos, torpe al caminar por culpa de una operación de rodilla. Lleva el pelo corto teñido de castaño claro, tiene la cara redonda empastada de crema que no se acababa de absorber, y los ojos brillantes, entre verdes y marrones enmarcados en una gruesa linea de lápiz negro. Había sido en su juventud muy guapa y aún conservaba algún rasgo bonito. Sobre ella circulaban rumores de guardar grandes secretos, como su procedencia noble o si era la verdadera madre de su hija. Le tranquilizaba saber que eso hoy día ya no era sorprendente, y no le afectaba como antaño. Solo en su pueblo todavía podría hablar alguien y hacerle daño al desvelar algo, pero en la ciudad los secretos quedaban diluidos como las gotas de lluvia sobre la acera. 
   La madre de Lu sirvió té y unos pastelitos sobre la mesa de la cocina, junto a la ventana doble que daba directamente a la Basílica. 
   - Mi hija, al licenciarse, nos dejo solos a su padre y a mi. Prefirió mudarse a un estudio pequeñajo en Rambla Cataluña-dijo.
   Contemplaban las tres con curiosidad pero sin entusiasmo, la calle sembrada de turistas ante la fachada del Nacimiento. Lu no replicó frente al reproche. Por alguna razón, ella no estaba de mal humor como para que pudiera afectarle el comentario de su madre.
   -Supongo que necesitaba independizarse - contesta la androide en el mismo tono monótono que emplea para transmitir las noticias o los partes del tiempo.
  
Lu y Tránsito no tardaron en irse. La visita a la casa de los padres de Lu había sido agradable. A veces, un tanto tensa, sobre todo, cuando la madre le había preguntado a la compañera de su hija, si también comprendía que Lu se dedicara ahora a escribir novela erótica. Después de tantos años entregada a la literatura para niños y jóvenes, ya era conocida y eso podría perjudicarle profesionalmente. Todo quedó zanjado cuando su hija le dijo que firmaría con seudónimo y que le pagaban un dineral. 




Entraron en el apartamento que Lu tenía alquilado en el último edificio de Rambla Cataluña, antes de topar con Diagonal. A veces una mujer que venía para hacer las tareas domesticas mientras Lu estaba fuera de la ciudad, entraba con llave. Tras una llamada rápida se le avisó; ninguna de las dos deseaba estar saltando de aquí para allá para no mojarse el bajo de los pantalones. A veces, incluso, el ruido de la aspiradora o el chorro del grifo golpeando la superficie de la pica, le molestaba, sobre todo cuando escribía, ahogando cualquier llamita de inspiración que hubiera prendido. Y luego estaba el hecho (el más terrible de todos) que la asistenta pudiera sorprender a la androide desvistiéndose, duchando u orinando. No sería la primera vez; en una ocasión en la casa de las montañas, la joven Júlia la había sorprendido en la cama como Dios la trajo al mundo, mientras  dormía plácidamente.
  

Entonces la pobre bajó las escaleras aterrorizada, pálida como un gusano de seda, colgada en su memoria la imagen de un ser transparente y blando como una medusa, relleno de cables y circuitos. Tuvieron que recurrir a las escaramuzas y dejarla K.O de un golpe de fregona para borrarle la memoria. Afortunadamente la empleada de hogar, a la que Tránsito llamaba "la sirvienta", muy a pesar suyo, se recuperó en seguida. Incluso almorzaron las tres juntas mientras les contaba jovial, lo odiosos que podían resultar los hombres.  

martes, 22 de octubre de 2013

Maquintosh, una chica de Saturno.


La joven Maquintosh, en el tejado de su casa.

Maquintosh, es una joven de Saturno que vive en las páginas de algunas de mis novelas (Nueve Mundos, el origen y Vivir sin nubes). Por alguna razón, hoy me acordé de ella. Y este es mi homenaje. Unos párrafos de su historia para demostrarle que no la he olvidado como suele echarme en cara. Es solo que, a veces, entre tanta ciencia ficción y tanto adolescente, me apetece escribir otras cosas y convivir con otros personajes con los que pueda comportarme e interactuar de forma lozana. Te pido perdón. Son cosas de la edad. (Me refiero a la mía)



Maquintosh conducía una cápsula blindada llamada Púlsar, de color rojo fuego. Los saturnianos viajaban impulsados por fotones sin ocuparse de nada más que de programar la carrera. En Saturno estaba permitido conducir un púlsar a partir de los catorce años, y la joven Maquintosh ya hacía un año que tenía el permiso de conducir.

El Universo brillaba como una tela de terciopelo negra con chorros de purpurina derramada. Era precioso. Pero aquel día había algo que la preocupaba y que no la dejaba disfrutar al cien por cien del paisaje: hoy, en su casa, había que resolver algunos problemas.

Aceleró un poco más el púlsar pero manteniendo la velocidad dentro de los límites permitidos. Su intranquilidad tenía nombre: Stallone, el androide que trabajaba para su familia desde hacía cuarenta años, y al que le faltaban las fuerzas y el ánimo para seguir atendiéndoles. Su diseño y su configuración habían quedado obsoletos. En una ocasión, el bueno de Stallone confundió a la esposa del presidente con una escoba eléctrica, la agarró por los tobillos, la puso bocabajo y utilizó su pelo para apartar la hojarasca del patio. A partir de aquel incidente su padre empezó a pensar en la posibilidad de despiezar a Stallone y crear con los fragmentos un androide más moderno, o, mejor aun, comprar una nueva máquina en el mercado portuario de Murundo, la capital de Laslunas, en Titán.

Stallone, mayordomo de la familia Cryon.

Byron, su padre, lo meditó mucho. Aquel era un asunto delicado que requería sensibilidad. Stallone era un miembro más de la familia, había pasado con ellos media vida y le tenían un gran aprecio. Pero su mujer, Cloe, le presionaba cada día más. Ella necesitaba con urgencia a alguien que se encargara eficazmente de la casa, convertida en un desastre desde que al androide le habían diagnosticado rigidez crónica en manos y cuello, pérdida de visión, párkinson y algunas deficiencias neuronales. ¡Debían tomar una decisión, y rápido!
                                           II

"Los nuevos modelos Fast-Friend, de mercurio líquido, mucho más flexibles, ágiles y capaces de realizar cualquier tarea. Disponibles en ambos sexos. Ahorre y disfrute de las ventajas que le ofrecen… ¡los nuevos Fast-Friend de mercurio!…Disponibles ya en el Gran Mercado de Murundo”.


La publicidad era constante. ¡Los Fast-Friend estaban de moda!

Aquella tarde, Byron había llamado a Stallone a su despacho. Dicen que las máquinas también tienen sentimientos, y él pensaba en la manera de retirarle de la forma menos traumática. Por ahora se le habían ocurrido un par de ideas:
1º Esperar a que apareciese el androide y, en un momento de descuido, desconectarle el chip vital, con lo que paralizaría su sistema nervioso central y el neuronal. O sea, dejarle RIP sin contemplaciones.
2º Un discurso de despedida, más o menos extenso y distendido, que pronunciaría mientras tomaban un zumo y recordaban viejos tiempos, y que terminaría con alguna frase como “Lo siento Stallone, pero vas a morir ahora mismo…”

Pero nada de eso hizo falta. Antes de que su padre le anunciara su retiro, Stallone les comunicó que se largaba, que había conocido a una criatura deliciosa, o algo así, y que emigraba a la Tierra. Y un día se marchó, sin más. 

¡En el fondo, digan lo que digan, las máquinas no tienen sentimientos, aunque nos empeñemos en pensar lo contrario e intentemos ser tolerantes con ellas!.

Continuará...

Fragmento de la novela juvenil Nueve Mundos, el origen.


                           www a4edicions.net

domingo, 13 de octubre de 2013

Los hombres que escribían para enamorar a las mujeres.


En mi infancia parecía no existir la muerte, o una enfermedad fatal, o cualquier otro incidente drástico de mala suerte que pudiera alejarme de una vida relativamente feliz. El destino me había alojado en el interior de una bola de cristal grávido de líquido amniótico, así que de todos modos cualquier asunto insidioso que se atreviera a invadirme, toparía con un muro infranqueable. Por suerte, éste, estaba formado por hechos circunstanciales asidos los unos a los otros en un tetris infinito: la fe, la desmedida imaginación, el alejamiento de toda realidad, una holgada situación económica familiar, todo ello me protegía, al menos por el momento.

Por eso cuando murió una compañera de clase en un desgraciado accidente de tráfico, con tan solo doce años, fui realmente consciente de lo triste e injusta que podía fraguar la vida: asechanzas del diablo, desgracias imprevisibles, también inconsolables, momias que avanzan irremediablemente. El mundo se presentó ante mis ojos, de repente, como la mano negra. 

Fue, ante este hecho tan desgraciado, como revelador para mi, cuando un hombre con bigote de veintitrés años llamado Lorenzo, me escribió unas sorprendentes frases en un trozo de papel arrancado de una libreta. Recuerdo que eran las tres de la tarde, tras el patio que seguía a la hora de comer, cuando Madre Encarnación sacudió la caña e hizo vibrar enérgicamente la campana. Entonces, nada más ocupar mi pupitre junto a la ventana, me dejaron en la palma de la mano un papel cuadriculado doblado por cuatro veces. La nota me fue entregada por una de las afortunadas alumnas que marchaban a comer a casa. (Todavía recuerdo a aquellas niñas que volvían al colegio acompañadas de la aurora de la tarde, peinadas y perfumadas, como recién salidas del baño. No todas las envidiaban como yo, o quizá no con tanta pena, porque significaba un respiro de la escuela y daba cierta categoría: haber pasado por el tocador y las gotas de colonia por la tarde distinguía, notablemente, del resto, en un grupo de niñas en que tal cosa podía llegar a ser importante.) 

Así que, con la nota desplegada, leída pero no comprendida del todo, me asomé por la ventana para ver quien era ese señor que me escribía, pero sobre todo, lo más inexplicable para mi, que esperaba a que yo saliera de la escuela con tanta premura. 

Pasé varios días viendo por la ventana del colegio al hombre misterioso cernirse lóbregamente sobre una moto Ducati negra. Parecía estar fundido a la chapa y a la pintura, tan solo advertía unos ligeros movimientos de cabeza, cuando fugazmente, la izaba para enganchar la vista a la ventana. No creo que en ese momento yo pensara en algo maligno o benigno, a pesar de lo increíble de la situación. (Creo que tuvo que perder muchas horas de su trabajo para estar bajo la ventana de mi clase. Quizá esperaba ver algo más de mi, que una cabeza de pelo enmarañada.)

Luego, pasadas las cinco de la tarde, superado el estrepitoso campaneo que anunciaba el fin de las clases, yo abandonaba el edificio por la puerta de atrás, y un viernes por la tarde que mi padre no vino a buscarme, el desconocido me sorprendió por la espalda. La idea de hablar con él posiblemente no era buena, y mis padres aparecieron en mi cabeza con sus terribles prohibiciones sobre el hecho de conversar con desconocidos, pero tampoco mencionaron nunca cómo actuar en términos prácticos. 

Ahora debía tomar decisiones, por mi misma, ya era mayor para esas tonterías; demasiado mayor, desde luego. Ese hombre dijo en su nota tener veintitrés y yo doce. La relación entre nosotros era ilógica. El hecho, como apuntaba en su nota, de ser el hermano de Silvia, la compañera muerta en accidente de tráfico, no le hacía del todo un desconocido al fin y al cabo, pero el desear un acercamiento después de observarme junto a mis compañeras en la iglesia, durante la misa que precedió al funeral por su hermana, me resultaba fascinante. 

La única razón que yo encontraba, era que estuviera enamorado de mi, eso que solo ocurría a veces en las películas, y bueno, quizá también en la vida real, aunque no era el caso de nadie que yo conociera. (Excepto mi prima Laura, que cayó completamente rendida a los pies de un legionario a quien sus padres detestaban por pobre y canijo.)

El enamoramiento a nuestra edad era vergonzoso, pero sin duda encerraba algunas satisfacciones; desde luego algunas de nosotras lo conocíamos, aunque nuestras madres, tanto las naturales como las educadoras, no estuvieran al corriente. En cambio, la mera palabra sexo evocaba una criatura oscura, putrefacta y hedionda, a la que no se miraba ni siquiera al apuntarla con el pie antes de darle una patada. De modo que no me pregunté sobre los motivos que tendría el hombre para querer hablar conmigo. Simplemente, sonreí, bajé la vista a mis zapatos y supliqué para que él hablara primero. 



Los hombres que escribían para enamorar a las mujeres. 
Género: Romántica-Erótica.

Estrenamos blog para presentar la novela: 
lailustreinocente.blogspot.com

* El título Los hombres que escribían para enamorar a las mujeres, como la obra, están registrados en el Registro de la propiedad intelectual de Barcelona, con fecha de 8 de octubre de 2013. España. 


miércoles, 9 de octubre de 2013

Placeres y demonios. Historias para echar a la mochila de la vida.


   La escritora y la androide, Tránsito, en el porche de su casa de las montañas, disfrutando de una cena japonesa al aire libre, bajo un bonito cielo estrellado.   
  
  - Oye Tránsito, cuéntame una de historia de esas que me gustan tanto...
  - ¡Qué va! No me gusta hablar mientras como.
  - ¿Por qué, no?¿Te preocupa la aerofagia? (Tránsito asiente con la cabeza) ¡Eres una máquina! Va, venga...¡No soporto aburrirme en la mesa! Cuéntame algo...Por favor...
   Lu suplica a su compañera mientras la mira afligida.
  - ¡Esta bien! ¡Pero quita esa cara de cordero degollado!
  La mujer recupera la actitud. Vuelve la vista al plato rebuscando entre el sushi una pieza apetecible. Elige un uramaki envuelto en sésamo negro y se lo echa a la boca con gran placer. 
   Entre tanto se dispone a escuchar el relato. Y pensó que aquella era una noche perfecta. Buena compañía y su comida preferida. ¡No se podía pedir más!
  - Ya... ya puedes comenzar...¡Estoy ansiosa! ¿Con qué historia me sorprenderás hoy?- le pregunta mientras devora otra ración, esta vez un California roll.
  Tránsito paró de comer y la observó detenidamente. Y en ese momento pensó que sería otra noche en el infierno en compañía de una humana a la que debía entretener.  
   - Ah, humanos. ¿No te decía tu madre que cuando se come se calla?. 
   - ¡Vaale! ¡Pues permanezcamos en la mesa en silencio como esas parejas que ya no se soportan!-chilló escupiendo algunos granos de arroz.
   -  Esta bien. No te enfades, tonta... Te contaré un cuento que una vez leí en algún lado.
   Lu, en realidad, no tenía la intención de enojarse con ella y mucho menos desperdiciar la velada con malos rollos, teniendo a mano una bandeja repleta de Sushi y un cyborg del futuro, para ella sola. Así que, como si nada hubiera ocurrido, la miró entusiasmada mientras masticaba, ahora, un kappamaki.   
   Tránsito, mientras tanto, carraspeó y  se acomodó en la silla, antes de comenzar su relato.

Érase una vez, o quizá no, un hombre devoto, temeroso de Dios, que vivió toda su vida en función de sus estoicos principios. Murió en su cuarenta cumpleaños y despertó flotando en la nada. Y le resultó muy cómodo y confortable, ligero, como estar en el útero materno. El hombre estaba agradecido. 
    Pero luego decidió que le gustaría pisar tierra firme, para sentirse más sólido. Y, por arte de magia, se halló de pie en la tierra.
   También deseaba ver. Quiero luz, pensó, y la luz apareció. Quiero sol, y una bonita luna que ilumine mis noches. Y así fue. Ya no deseo estar desnudo. Que solo la seda toque mi piel. Y cobijo, necesito un gran palacio cuya entrada posea escaleras dobles, y cuyos suelos sean de mármol y las alfombras persas. Y comida, exquisitos manjares, las más deliciosas bebidas. Y compañía, la mejor compañía. Pidió poetas y escritores, pensadores y filósofos, músicos, bufones y payasos.
   Y luego deseó disfrutar del amor.
   Pidió mujeres de piel clara y de piel tostada, rubias y morenas, asiáticas, africanas y nórdicas. Las pidió de una en una y de dos en dos, de todas las edades. 
   Después se aburrió. Intento mezclar amor y comida y amor en grupo. También probó con hombres, con su mismos acompañantes...Llegó a tener relaciones con el poeta. Todo el mundo amó al poeta.
  Pero de nuevo se aburrió. Los días eran interminables. Pensar en nuevas ideas se convirtió en algo fatigoso. Cualquier deseo que se le ocurría le era concedido.
   Ya estaba harto. Salió de su casa, miró al cielo glorioso y dijo:
   - Querido Dios. Te agradezco Tu generosidad, pero no puedo permanecer aquí más tiempo. Preferiría estar en cualquier otro lugar. Ahora mismo, preferiría estar en el infierno.
   Y una voz atronadora le replicó desde arriba:
   - ¿Y donde te crees que estás?
   
Lu se rió. Se llevó la mano a la barriga y de repente se preguntó si la ingesta de tan opulenta cena le acarrearía una mala digestión aquella noche.

Transito le respondió con una frase del célebre escritor francés, Joseph Sanial-Dubay:  
Los placeres son como los alimentos: los más simples son aquellos que menos cansan.
Y añadió:
...y ahora, a disfrutar de un buen postre...

Pero Lu ya no la escuchaba. Había encontrado un placer mayor a todos, el más simple y sencillo: Mirar las estrellas, la luna, la bóveda encendida...Y pensar en él, en silencio y en secreto e imaginar...



Buenas noches, Europa.
Buenas tardes, América.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Una visita desconcertante.

   

  
    "Lo que vemos en las cosas, no está en las cosas, sino en lo más profundo de nuestra alma".
   Salvador Dalí.
   Durante este año he tenido el inmenso placer de charlar con muchos de mis lectores. 


    
      






   



   Personas que superando ese puntito de retraimiento que se presenta cuando decides abordar a un personaje público y abrigadas por la empatía o el entusiasmo o ambas cosas a la vez, se acercaron hasta mí para contarme que han leído mi novela, que siguen mis historias en el blog, preguntar cuando se publica la segunda parte o simplemente presentarse y saludarme.


 
  Ha sido emocionante recibir vuestro cariño en lugares tan diversos como escuelas, centros comerciales, la iglesia, el supermercado, la playa, los bares, las discotecas y hasta en el cementerio (aunque parezca increíble).





                  En la discoteca...



En el bar...


  En la calle...

   Pero quizás el encuentro más destacable, anécdotico y extraño se produjo el pasado día 28, en mi propio domicilio. 
   


   Aquella noche de agosto, cercana ya al fin de mi estancia en Andalucía, tres ancianas señoras se presentaron en la puerta de mi casa. Las reconocí en seguida como vecinas del pueblo. Eran hermanas casi parejas de edad y estatura, altas como torres e impresionantes rostros arados por las inclemencias del tiempo, y la falta de abono cosmético. Se trataba de Carmela, Cándida y Candela Muñoz, enjutas de carnes y enlutadas hasta el carnet de identidad, a las que les encantaba visitar a inocentes y desprevenidos forasteros. 
   Era sobre las diez de la noche, cuando con el pretexto de despedirse  y traerme algunas cosillas-vino Moscatel de la tierra en botella de plástico y sendos bizcochos de fabricación casera-, aparecieron sin previo aviso. No creáis con esto que una servidora abre la puerta a cualquiera aunque estas sean abuelitas que dejarían con la boca abierta hasta al mismísimo diablo, si no fuera porque la buenas señoras tienen una parentela con mi madre. 


Las hermanas Carmela, Cándida y Candela Muñoz. 
   Tal como dicta las buenas costumbres las invité a pasar- a pesar de la nula voluntad de la que disponía-, y tras dar unos pasos con sus zapatillas acolchadas, abandonaron el bastón sobre el que apoyaban sus muchos años en el muro del zaguán. Ahora caminaban las tres delante de mí hacia el jardín, ligeras como ninfas, sin achaques, con la emoción que les atribuía hablar con alguien de quién no sabían lo suficiente. 
   Nos sentamos en el porche bajo una carpa revestida de jazmines. Saqué unas frutas y unos pastelitos regados con el Moscatel que me acababan de regalar. (Eso sí, servido a la mesa, ahora, en botella de cristal. Siempre tengo disponibles en casa, para estos casos). Enseguida una de las hermanas inició la conversación, sin esperar tragar la mercancía que transportaba el saco en el que se había convertido su boca. 
  
   Carmela: ¡Ya hemos leído tu libro!
   Yo: ¡No me digas, Carmela!
   Cándida y Candela: ¡Nosotras también!
   Yo: ¡Estoy impresionada! (Impresionantemente segura de que no habrían entendido Na-da).
  Carmela: Supimos que dejaste la novela en la iglesia, para ofrecérsela a la Virgen y la pedimos prestada al cura.
  Yo: Eso es estupendo. Me gusta que el libro esté a disposición de todo el pueblo.
  Candela: ¡La leímos entre las tres, en voz alta, en tres días! 
  Yo: ¿Y cual es vuestra opinión?
  Carmela: Bueno...(se mueve en la silla), mira, estamos aquí para decirte lo que pensamos.
  Yo: ¡Claro!
  Carmela: A ver...Para alguien como nosotras que nunca hemos salido de la provincia, llegar tan lejos ha sido maravilloso. Tantos mundos colgados hay arriba...(la anciana mira al cielo con los ojillos brillantes y serenos como las aguas de un lago). ¡Y de los que no teníamos ni idea! ¿De verdad pasa todo eso allá arriba?
  Yo: Bueno, yo lo veo así...
  Candela: Y esa pobre niña a la que su madre abandona nada más nacer y la adopta una familia donde es feliz hasta que un día desaparecen todos de repente, desintegrados...
  Las ancianas suspiran violentamente. 
  Cándida: ...Sí, y después acaba huyendo con esa taxista, de la que nosotras desconfiamos desde el principio...,¿eh?
 Carmela: ¡La Quántica esa! ¡Nunca nos cayó bien! 
 Cándida: ¡No! ¡Nunca!  
 Candela: ...que la entrega a ese bicho extraterrestre tan feo, que la hace pasar tan malos ratos...
  Yo: ¿Se refiere usted a la androide Tránsito?
  Carmela-Cándida-Candela: ¡Sí, ese! ¡El bicho!
  Carmela: ¡Y resulta que luego la meten en esa escuela tan cruel, donde vive ella y otros chicos encerrados en peceras!   
  Cándida: ¡Mi-mientras experimentan con ellos! ¡Qué horror!
  Yo: ¡Madre mia! ¡Qué fuerte!
  Carmela: ¡Pero si lo has escrito tú!
  Yo: ¡Ya! Es que visto así...
  Candela: ¿Y la segunda parte? ¡Ayyyy, la segundaaa paaarteee! ¡Ese confesionarioo! (Menea la cabeza de un lado), ¡Ayyyyyy!
  Yo: ¿Qué pasa?
  Carmela: Pues que por fin se revela el secreto de esos jóvenes tan raros. ¡Ya les habíamos cogido cariño y mira tú por donde! Resulta que... ¡No son trigo limpio!
   Yo: No, no... Creo que...
   Otra de las hermanas me interrumpe.
   Cándida: Yo siempre he dicho que las máquinas esas a las que estáis enganchados todo el día, no podían traer nada bueno. 
   Yo: Ya...
   A estas alturas de la conversación, a la botella de moscatel le queda solo un chato para quedar vacía completamente. 
   Las hermanas apuran sus bebidas a la vez. Una tras otra se reparten el escaso contenido.
   Candela: ¿Tú no bebes, verdad, querida?
   La pregunta la asume risueña mientras llena su copa, excusando así su falta de tacto.
   Yo: No, no...Ya puede apurarla, usted.
   Carmela: Lo que decía, nada bueno...(Hip).
   Por fin, unos segundos de silencio. Hasta que...
   Cándida: Siempre me he preguntado porque las relaciones a través de internet, alcanzan ese grado de intimidad. (Hip).     
   Candela: Tú lo dices por los zagales protagonistas, esos que cuentan sus vidas a través de las máquinas a las que están unidos...
  Yo: Bueno, supongo que es más fácil hablar o sincerarnos con alguien a quién no conocemos y no vemos. Es emocionante, por el misterio y la sorpresa, pero sobre todo, por la intimidad y el recogimiento, el parapeto que nos ofrece esa máquina.
  Las ancianas se miran entre ellas con gran sorpresa. Al cabo de unos segundos de divino silencio (donde alguna aprovechó para llevarse a la boca algún dulce), Candela rompió el reposo para intervenir de nuevo.  
  Candela: Pues no sé a vosotras, pero a mi lo que más me sorprendió fueron los dos tipos esos a los que traen del futuro, que resulta que al final son...
  Carmela: ¡Unos aprovechados! ¡Eso es lo que son! ¿Cómo pueden hacer eso a la pobre chica?
   Yo: ¿El qué?
   Cándida-Candela-Carmela: ¡¡Pero si lo has escrito tú!!
   Yo: ¿...?
   Cándida: Y al final aparece la madre. ¿Y para qué? ¡Para Na-da! 
   Yo: ¿Cómo qué para nadaaa? 
   Me pongo de pie. Estoy sofocada, nerviosa.
   Candela: Hija de mi vida...
   La anciana grazna violentamente mientras bate los brazos envueltos en una toquilla tupida, como una urraca que intenta levantar el vuelo.
   Candela: ¿No te bastaba con escribir un final feliz y todos tan contentos? (Hiip). 
   Yo: ¿Eh?...
   Cándida y Carmela se ponen de pie.
   Carmela: ¡Eso, eso! ¿Por qué has dejado las cosas, así, de repente? ¡Yo me siento Es-Ta-Fa-Da!
   Cándida: ¡De-Cep-Ci-O-Na-Da!
   Candela: ¡Engañadaaaa! ¡No tienes dignidad!
   Carmela: Ni vergüenza.
   Cándida: ¡Ni respeto por tus lectores!
   Yo: ¿Cómo? Pero, ¿qué han leído, ustedes? No entiendo nada...
   Candela-Cándida-Carmela: ¡Pero, si lo has escrito tú!
   Yo: ¿El qué?
   Carmela: ¿Veis? (Hip). ¡¡Ya os lo dije!!...¡Esta chica no ha escrito ni una palabra!. Seguramente habrá pagado a alguien para que le haga el trabajo. ¡Es una impostora! 
   Candela: Sí...Ya decíamos nosotras...
   Cándida: ¡Vayamonos de aquí, chicas!
   Carmela: ¡Sí! (Hip). Tenemos cosas más interesantes que hacer. ¡Cómo leer los salmos y confesarnos por leer semejante herejía! 
   Candela: ¡Eso! Y esas cosas que se dicen en el libro sobre Nuestro Señor...y sus experimentos. ¡Jesús! ¡Qué poca vergüenza! ¿Creías que nadie se daría cuenta?
   Yo: Por favor señoras, no digan eso...
   Las sigo hasta la puerta muy afligida. Una tras otra salen a la calle dando traspiés. Las mantengo en mi retina mientras trasponen la calle. Pero antes de doblar la esquina, una de ellas retuerce el tronco, me mira y me suelta, muy resuelta, a grito pelado...
 A propósito!... ¡Esperamos que dejes la segunda parte en la iglesia! ¡Estaría muy feo si no lo haces! (Hiipp).
  

   
    ¿Y tú? ¿Cómo nos interpretas, Reader? 
¡Para nosotros, todo vale!  
    ¡Un saludo muy especial, en esta ocasión para todos los amigos de U.S.A, Centro y Suramérica! ¡Gracias por vuestras visitas!