De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


miércoles, 21 de agosto de 2013

Noches en blanco Andalucía.



Con los labios rozando tus caños,
la cabeza enredada en el tiempo
y la melena al terral del viento. 
¡Aquí no pasan los años!

Con los pies en la noche oscura,
escribo sueños y fantasías
ya bajan en chorro por las acequias
para coserte a la cintura mía.

Ven a mi cama con un verso,
tráete la vida en prosa o en poesía
y que corra en mi piel tu hombría.
¡Cuéntamela en cada beso!

Terrados con su luna pintada,
vierten tus deseos en copa de vino
y qué calor siento cuando los bebo.
¡Si me desnudan como si nada!

Cuadro de Julio Romero de Torres.

No me toques las guitarras,
no me piques más las palmas,
ni me cantes por bulerías.

No me traigas tu mar de alegría,
no dejes el sol en mis manos
ni me escribas cuando me vaya, Andalucía.

¡Qué yo siempre sabré encontrarte!
¡Qué pase lo que pase vendré a buscarte!
¡Qué volveré para que me hagas el amor en cualquier instante!



miércoles, 14 de agosto de 2013

La libertad de Cenicienta II.



   
    En el país de Cenicienta solía llover todos los días. No, para ser exactos, en aquel diminuto reino de juguete llovía todos los días. Todos los días la lluvia se tragaba los colores, los colores se retiraban de sus ojos y la añoranza, entonces, se le presentaba flotando en una cascara de nuez.

   
    Los días de julio en la montaña llegaban hasta Cenicienta en sobres de papel mojado que el cartero iba depositando en su buzón. No estaba dispuesta a recoger tristeza. Así que allí quedaron varados. Treinta y un días en blanco y negro desatendidos, como si no hubieran llegado nunca a su destino, como si no fueran con ella.


    Aquella mañana lluviosa Cenicienta se fijó en la caja metálica que recogía su correspondencia. Fue antes de salir a correr en su sesión habitual de footing. Allí estaban todavía los días líquidos de julio; sobres invertebrados, sin huesos, que se apilaban blandos, unos encima de otros, intactos. Cuando al fin pudo retirar la vista del buzón, se dio media vuelta y arrancó a correr. Pero a los pocos segundos, por alguna extraña razón, volvió hacia atrás y se colocó exactamente en el mismo lugar de donde había partido. Ahora, Cenicienta, sentía el deseo irrefrenable del asesino, una desazón que solo iba a resolver al ejecutar el estrangulamiento de la caja. Forzarla fue un placer y un alivio. 
Entonces, la diminuta puertecilla de la caja de hierro cedió, sacó la lengua moribunda y tosió antes de expirar, una por una, treinta y una olas de espuma que cayeron sobre sus zapatillas de deporte. Eran los días lluviosos de julio, convertidos en un mar de esperanza.
    Cenicienta sonrió. Entonces, comprendiendo al fin el origen de su tristeza, subió las escaleras hasta el escritorio y escribió una carta de despedida para alguien a quien amaba más que a su propia vida:
   "Amor mío, perdóname, pero me voy. Aquí me debato entre la vida y la muerte. Soy un pececillo que le falta lo principal, el pájaro que no tiene lo esencial, el velero que no avanza, el arriero que no encuentra el camino, el carpintero sin madera, el caballo sin herradura, la dama sin caballero, el caballero sin su musa... Un día ceniciento que se come a la Cenicienta en la que me he convertido. Lo peor es luchar contra uno mismo, y yo ahora me bato en duelo mortal. Pero si he aprendido algo en la vida es a buscar la libertad y la felicidad por encima de todas las cosas.
   ¡¡Y ahora mismo necesito todos las cosas buenas que la vida pueda regalarme!!


    Echaré a correr lejos, mi amor, carretera abajo aun amándote por encima de todas las cosas, con mis zapatillas empapadas de coraje, y no pararé hasta llegar a la orilla de un lugar distinto al cotidiano. Te espero donde tú ya sabes, con la mirada distraída, los pies en el agua y el alma en aceite de oliva. 
   Te echaré de menos hasta hartarme. 
   Y hasta será bonito, ya lo verás, morirse de dolor por amor.   Ahora necesito respirar la brisa de lo nuevo, de la aventura, y del sol del Mediterráneo.  
     ¡Qué haría yo sin ti! ¡Qué haría sin la libertad de tomar mis propias decisiones! ¡Qué emocionante será echarte de menos!.
     Y tras dejar la carta sobre la almohada del Príncipe, con quien se había casado veinte años atrás, Cenicienta salió del reino de la lluvia para adentrarse en el bosque del sol, donde pudo al fin encontrar la felicidad y matar a la horrible monotonía líquida en la que se había convertido su vida en las montañas.
   Y cuando al fin se reencontró con su amor, el príncipe, en  ese bello entorno, fue maravilloso y excitante. Y nuevos y emocionantes caminos, se abrieron en el horizonte de ambos. 
   
   FIN.
   (Ficción literaria).
   
   Dedicado a T.M con todo mi amor. 

lunes, 5 de agosto de 2013

Canillas, esa mujer…



  

    
   Canillas de Aceituno, es una mujer.
   Ella tiene por costumbre enamorar, a pesar de sus ropas sencillas y su porte mundano.
   De lejos, es un jazmín echado en la tierra, con la cabellera formando una bandada de palomas blancas esparcida en el lomo de un dragón. De cerca, solo es una mujer que enamora.

Canillas de Aceituno. Pueblo de la Axarquía.
Málaga.  Sur de España.
   El viajero, ilusionado, retiene Canillas a base de imágenes concretas: casas arracimadas encaladas y deslumbrantes como luceros, hogares flamencos como un ramo de claveles, confortables, como un nido de pájaro, limpios, como el agua de las acequias.


   Este paraíso apartado del ruido que compone una de las regiones más bonitas de Málaga, la Axarquía, dará al viajero sorpresas inesperadas: Plazas gobernadas por ancianos curiosos, siempre atentos a cualquier movimiento, reyes indiscutibles de bancos y muretes. Calles de caderas estrechas; algunas largas y finas como el palo de una escoba, otras en cambio, culebras que se retuercen a fuerza de hacer camino. 


   Las pendientes son siempre imposibles; bajadas que prometen llanos, llanos y explanadas que sueñan con la sombra, sombras que por no tener, no tienen ni sombra. Y qué decir del trazado de su carretera principal: una aorta inexorable, una sucesión de curvas que no piden permiso a la intromisión. En cada revuelta, marca su ley con ocho preceptos como ocho kilómetros, ocho, siempre son ocho, a pesar de lo que te pueda parecer.   
   Otra peculiaridad de Canillas, estriba en la belleza de las cosas pequeñas; como la comunicación no verbal, importantísima en este rincón del mundo, pero también de las invisibles; como la impronta  de los que aquí nacieron y murieron, rocío vespertino para quienes respiran aún a través de sus nombres, y de las muy grandes; como su Patrona, La Santísima Virgen Nuestra Sra. de la Cabeza, a la que sus habitantes se deben con profunda devoción.


   En este peculiar paraíso encalado, no te hará falta el reloj. Las horas del día las marcan elementos tan dispares entre sí, como las campanas de la iglesia, las aves, o el reloj del ayuntamiento. 
   Los pajarillos por aquí son muy alegres y risueños, hasta algo alocados, diría yo, y anuncian la primera hora de la mañana y la última del día, con sus trinos y trinetes, teloneros de las campanadas que escribirán en el aire matutino las nueve de la mañana. Y por si esto no fuera significativo, o solo doctrinable para románticos y naturistas, el resto siempre podréis guiaros por la sobriedad y seriedad del excelentísimo reloj del ayuntamiento del pueblo.

   En conclusión, pues, te digo, viajero:
   Que Canillas, es esa bella mujer, a la que siempre caerás rendido a sus pies y a sus encantos.
   Es tu decisión, si quieres o no venir, y enamorarte.


 
   Buenas noches, Europa. Buenos tardes, América.