De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


domingo, 23 de junio de 2013

Lo que la verdad esconde. Nueve Mundos, el origen.


Colón. Barcelona City.

  Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante. Aldous Huxley. (1894-1963) Novelista, ensayista y poeta inglés.
  
  Con esta sorprendente frase del autor de la novela Un mundo feliz, arranca la segunda parte de Nueve Mundos, el origen, ya que ilustra de forma fehaciente, Vivir sin nubes.  También nos servirá como antesala del post, que dedicamos hoy a una de las jóvenes protagonistas de la trilogía Mentes Mecánicas, Ana Luna Plach. 
  Luna sobrevivió a duras pruebas gracias a su fe inquebrantable en las enseñanzas de su Guía Vital. 

 "Mi Guía Vital, Trásito, me enseñó que todo en la vida era posible. Así que entrené para sobrevivir a lo inverosímil y siempre estuve preparada para cualquier cosa. También para lo invisible".


  Y vaya si lo comprobó...
  Fue una noche de septiembre, durante su huída del Centro de acogida para Huérfanos Pompa, tras la catástrofe de la primera desertización del año 14, donde desapareció sin dejar rastro gran parte de la población adulta, que transcurre lo que contaremos a continuación.
  
  Ciudad de Barcelona, España. 
  Plaza Catalunya Underground. 
  20:32h.
  
  El convoy asomó la cabeza por el túnel. Al pasar por mi lado empujó violentamente aquel aire espeso y cálido hacia mí, una ventisca rancia que me dejó trastornada. Las puertas se deslizaron suavemente hacia los lados y entré en el vagón mientras escudriñaba el espacio, totalmente ocupado por adultos que acarreaban docenas de niños. Posiblemente eran familiares o conocidos de los padres desaparecidos, que trataban de huir del terror en un iluso intento de escapar a lo inexplicable. Los penetrantes llantos de los bebés ponían los pelos de punta. Encontré un asiento libre cerca de una de las puertas y me apresuré a sentarme. Sentí un dolor agudo en los pies. Inspiré profundamente. Eché la cabeza hacia atrás y la apoyé en la ventana mientras soltaba lentamente el aire.

El metro arrancó y en dos segundos alcanzó la parada siguiente. Las puertas se abrieron de nuevo. De repente cientos de hombres uniformados se introdujeron en el convoy como toros en una plaza: primero apretados unos contra otros, y después, al superar la angosta entrada, se fueron dispersando cada cual en una dirección, abriéndose paso entre la gente, armados con pistolas y metralletas, vociferando:




–¿Hay en este vagón algún menor de dieciocho años?

Nadie contestó, a pesar de la evidencia. Un militar que sujetaba fuertemente un megáfono, gritó:

–¡Todos los menores deberán acompañarnos a los centros de acogida...! ¡Los que viajen con menores, hagan el favor de depositar a los niños en los carros que se encuentran estacionados en los andenes! Por cada niño entregado recibirán un número de identificación. Con él podrán solicitar su recogida o custodia cuando acabe el conflicto y se restablezca la normalidad. Les recomendamos, por su seguridad, que colaboren y sigan las órdenes dictadas por el gobierno. 

Los soldados pasaban con lentitud y parsimonia entre la gente, escudriñando a cada pasajero. Hacía un calor espeso que se abatía como plomo derretido sobre las vías y se extendía por los andenes adyacentes, como un vaho putrefacto. Dentro del vagón se podía aspirar el miedo. Era este un olor peculiar: una mezcla de sudor y flatulencia, apenas ya imperceptible para la gran mayoría de los que estábamos allí.

Quería que esos tipos no llegaran nunca a mi altura, que pasara algo, como un terremoto, una explosión o un apagón universal. Cerré los ojos. La ruleta que dirigía mi destino rodaba enardecida. La bola bailaba saltando entre treinta y siete probabilidades: par o impar, rojo o negro… En ese instante, uno de aquellos hombres me arrancó la capucha.

–¿Cuántos años tienes?

–Dieciocho.

–¡Carnet de identidad!

   –Die… dieciocho.

–¡He dicho que me enseñes el DNI!

–Perdone, pero no lo llevo encima. Lo he perdido.

–¡Levántate, quítate las botas y el chubasquero! ¡Rápido!
En aquellos momentos deseé morir. El terremoto no llegaba, la explosión no ocurría, y la luz fría y mortecina de los fluorescentes me delataba. 


Entonces una criatura que yacía en una cesta a los pies de una anciana, rompió a llorar. Los soldados acudieron. Al descubrir al bebé, levantaron la cesta y se llevaron esposada a la abuela, perdiendo así el interés por mí. Por esta vez había ganado a la banca, a los caprichos del destino, o quizás ya estaba así escrito. Solo era cuestión de vivir ese momento, no sé…


Aprovechando la confusión y el revuelo que se había formado en el vagón, salí corriendo por el enrevesado entramado de vías subterráneas. Las piedras calientes esparcidas entre los raíles apestaban a excrementos de rata, a gasolina, a suciedad, a grasa y hollín. Me detuve un momento a descansar. La nariz aspiraba aquel oxígeno adulterado y trabajaba a destajo, porque la lengua se había quedado enganchada al paladar y se negaba a tragar el aire podrido. Quince minutos después logré salir a la superficie, aturdida, obnubilada, sedienta y con las rodillas ensangrentadas.


Tras la primera desertización del planeta, las ciudades agonizan.



Nueve Mundos, el origen.
Nine worlds, the origin.


miércoles, 19 de junio de 2013

Vivir sin nubes.


   

       
      Ya era mediodía y el sol pintaba todo lo que se ponía    
     a su alcance.
         Entonces retomó la atención en el edificio de enfrente. 
    Y cual fue su sorpresa cuando descubrió horrorizada al   
    vecino, el hombre al que había estado espiando momentos   
    antes, en una actitud suicida. Caminaba lentamente, muy   
    compungido, con los talones pegados al muro sobre la 
    estrecha cornisa que rodeaba el edificio. Miraba en todo    
    momento hacia el vacío, como si de un momento a otro   
    fuera a tomar la decisión de precipitarse. De repente, su  
    cuerpo osciló hacia delante.
         Lu descorrió la puerta de la terraza y se asomó 
   rápidamente.
         - Un tiempo singular, ¿no?
         - ¿Cómo dices?- respondió el hombre fuertemente 
    sorprendido, girando la cabeza en dirección a la voz. 
         - Bueno, eso…Hace mucho calor. No es normal para la    
    fecha que estamos, ¿no crees?
         - ¡Déjame en paz! ¿No ves que estoy ocupado?- gritó   
    mientras volvía a asomarse al vacío.
         - Yo solo digo, que con este tiempo tan caluroso,   
    cualquier cosa se pudre con rapidez. ¡Fíjate! ¡Deje un    
    bistec sobre la encimera hace diez minutos y ya huele a   
    putrefacto! ¡Dios! ¡Menuda peste! A veces estás cosas me   
    hacen pensar en lo asqueroso que debe ser morirse en  
    verano. ¡Larga vida a  la vida! Jeje...
           - ¡Estás como una cabra!-exclama mientras apoya la   
   espalda al muro.
         -  ¡Mira quien fue a hablar!- contesta socarrona-.Me
    llamo Lu. ¿Y tú?
         -       ¡Tommy!- vocifera sonriendo tímidamente.
         -       Espero no parecerte una fresca, pero me gustaría
    invitarte a cenar, Tomy.
         -      ¿A cenar? ¿Carne podrida? ¡Ni de coña!
         -       También tengo pizza o pizza. ¿Qué dices?
         -       No sé, quizá no es buena idea.
         -       Nunca me ha rechazado nadie. ¡Joder, qué 
    pupita! -contesta con gran teatralidad mientras se dispone 
    a entrar en la casa-. Pero, en fin, otro día…
         -       ¡Espera!
         -       ¿Sí?
         -       ¿A qué hora te va bien?
         -       ¿A las ocho?
         -       Sí. Allí estaré-responde sereno.
         -       Entonces será mejor que entres en casa. ¡No me
    gusta que me dejen plantada!
          El hombre sonríe suavemente y vuelve sobre sus   
    pasos hasta llegar a la fachada del apartamento. Alcanza    
    la balaustrada de la terraza, pega un salto, y cae al interior   
    de la casa, poniéndose a salvo.
          Lu García vio como el hombre entró de nuevo en el    
    apartamento y respiró profundamente muy aliviada.    
          Después, una vez en mitad del salón, gritó   
   emocionada de felicidad. ¡¡Sí!! 
        Tenía una cita, esa misma noche, con el hombre al que 
    acababa de salvar la vida.

       Vivir sin nubes. Living without clouds. (Dic2013).
         


domingo, 16 de junio de 2013

El Guía Vital.

Parque Güell de Barcelona. Obra de Antonio Gaudi.
    Los niños fueron siempre niños: bulliciosos, traviesos e incorregibles, comienzan por hacer gracia, una hora después marean, y concluyen por fastidiar. Una cosa muy parecida debió acontecerle a la androide Tránsito Roja, cuando abandonando el banco del parque, dejó atrás aquel alboroto ensordecedor y se retiró al fondo de su santuario.

Casa de Antonio Gaudi, en el Parque Güell. BCN.
  Aquella mañana había salido temprano. Arrancó su cuerpo enraizado al útero de la calabaza donde se escondía, una vieja casa señorial abandonada en el Parque Güell de Barcelona, y echó a caminar sobre la superficie, parque a través, sorteando profundos baches y zanjas abiertos desde la desertización del 14. 
  Se dirigió a una colorida zona de descanso donde de un vistazo dominas la ciudad. Una vez allí, buscó un trazado apetecible y se sentó en una hermosa nomenclatura de espaldas al sol. 




  Enseguida un grupo de chiquillos harapientos se acercaron rodeándola con su descarada curiosidad. Durante algunos minutos, que a ella se le antojaron horas, le habían picoteado los ojos con sus miradas altivas y sus actitudes vanidosas. Parecían decir "nosotros somos humanos y tú no". 
  Y allí se quedó la máquina, tranquila e inmóvil, completamente mimetizada. Formando parte del hermoso trencalís. Hasta que de repente, decidió hacerles frente.
  
  

    - No me gusta vuestra actitud. Sois unos chavales estúpidos y necios. Pero, ¿Quién os habéis creído que sois?
    Uno de los jóvenes, que parecía el líder de la banda, contestó irritado:
   -  Nosotros somos los descendientes de los primeros huérfanos Pompa. Los supervivientes humanos libres, hijos de la desertización. ¡Y tú no eres más que una lata obediente con patas! 
  -  Veréis-respondió la máquina tranquilamente-me gustaría rebatir eso, pero en vez de perder el tiempo con trifulcas, os contaré una historia. 
    El grupo aceptó escucharla, y se sentaron todos a su alrededor. 

        - Quiso Hermes saber hasta dónde le estimaban los hombres, y, tomando la figura de un mortal, se presentó en el taller de un escultor. 

        Viendo una estatua de Zeus, preguntó cuánto valía.
        -Un dracma-le respondieron. 
        Sonrió y volvió a preguntar:
        -¿Y la estatua de Hera cuánto?
        -Vale más-le dijeron.
       Viendo luego una estatua que le representaba a él mismo, pensó que, siendo al propio tiempo el mensajero de Zeus y el dios de las ganancias, estaría muy considerado entre los hombres; por lo que preguntó su precio. 
        El escultor contestó:
       -No te costará nada. Si compras las otras dos, te regalaré ésta.

    -  ¡Bueno, estúpida máquina!-exclamó una chiquilla con cara de pilla-. ¿Y eso que tiene que ver con nosotros?
   Y Tránsito le contestó sonriendo de medio lado:
    - Vuestra propia vanidad siempre os lleva a pasar por terribles desilusiones. Siendo humilde, hasta la más insignificante de las gratitudes, os servirá de recompensa.

  * Guía Vital: Cyborg númerado y asignado al ser humano correspondiente, desde el primer día de su nacimiento.

  Vivir sin nubes. (Diciembre 2013).
  Segunda parte de Nueve Mundos, el origen. 

  

  
  Allí, donde no llega ni un eco perdido, ni se percibe el rumor más leve, donde reina el augusto silencio de la soledad, y su profunda calma invita a las meditaciones y al conocimiento de uno mismo, después de cerrar la puerta con dos vueltas de llave, podrás siempre encontrarme. Hasta pronto, entonces.
 Love, Lu.
   

viernes, 7 de junio de 2013

Mentes mecánicas: Segundo Génesis.



                         Catedral de Barcelona. Barrio Gótico.

  Dos cyborgs, uno masculino (M) y el otro femenino(F), pasan el rato charlando sentados a horcajadas a quince metros de altura, en negras gárgolas de la Catedral de Barcelona.
F:  - No me gusta éste lugar.
M: - ¿De veras? Yo lo encuentro muy estimulante.
F:  - No sé, me da grima.
M: - Pero, ¿por qué?
F:  - Bueno, pensar que en otros tiempos por aquí pasaban miles de personas.
M: - Es lo que tiene viajar en el tiempo.
F:  - Ya.
M:  -¿Tienes hambre?
F:  -¿Es un chiste?
M: - ¡No! Sólo intenta creer que tienes apetito. Así aparentarás ser efímera, como todo lo bello. Sé que eso te hace sentir viva.
F: - Ya.
M: - Yo en cambio, me siento máquina, es decir, no amenazado de pronta desaparición. 
F: -¿Cuánto es "pronto" comparado con "siempre"?
M: -¡Vale, nena! ¡Tú si que sabes hacer sentir bien a un hombre!
F: -¡¿Un hombre?! ¡Ja!
M: - Definitivamente, un día te lo demostraré.
F: -  Pero, ¿que dices? ¿Quieres que nos echen del paraíso?



   En ese instante, F, descubre un cártel publicitario donde un hombre y una mujer amarran sus cuerpos, bajo la luz natural del sol, mientras se besan apasionadamente sobre una rudimentaria y primitiva embarcación. 
  Ensimismada pasea los ojos de diamante sobre los labios atrapados de ambos especímenes. El ámbar se concentra, en una aleación de plata y cobre fino, extremadamente brillante, pura, de oro.  Entonces del lagrimal, abultado y pálido como una semilla, brota hermosa una perla de agua que rueda lentamente rostro abajo, hasta morir en el claroscuro valle de su pecho. 
  M: - ¿Qué haces?  
  F:  - ¡Lloro, idiota! 
  M: - Te gustaría que tú y yo...
  F, mira fijamente a M sin mostrar ninguna emoción. M, comienza a acercarse, lentamente, con la boca entreabierta. F, decide cerrar los ojos mientras se humedece los labios trémulos con una cálida lengua de carne, y mientras tanto, el iris se funde, saltando la combustión. En ese instante, ya se han besado. Es la primera vez que imitan conductas tan primitivas. Sin embargo, a pesar de las prohibiciones, ellos lo han hecho y no hay marcha atrás. El proceso de humanización a comenzado. 
  M: -  ¿Qué has sentido?
  F:  -  ¡Toda tu vida en mi boca y en mi corazón!
¡¡To-da tu vi-da en mi bo-ca y en mi co-ra-zón!!
  

Nota:
Máquinas o humanos, no hay disfraz que pueda ocultar largo tiempo al amor donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay.

Continuará...

martes, 4 de junio de 2013

Un olor dibuja una palabra.



  Asomada al balcón de este mundo color sepia, desde un bar del puerto de Murundo, donde los cyborgs solemos matar el tiempo a golpe de bytes, me pregunto que fue de mi, en otro tiempo.
  Esta mañana pasé por el Laboratorio para hacer una de esas actualizaciones rutinarias a las que estoy obligada. Y siempre me duele. Yo les digo que siento dolor y que recuerdo cosas diferentes, y ellos se ríen. No saben lo que hacen.
  A veces, al mirar a la gente a través de estos ojos postizos de silicona y diamante, me parece ver pasar la figura de alguien conocido. Entonces me asaltan las ganas de conversar.
  -Recuerdo a los seres humanos, vagamente -le comento a un compañero de barra.- "Eran unos mamíferos bellísimos, de piel lisa y delicada, con muchos detalles, un garabato al que finalmente acabas convirtiendo en algo importante al perfilar, dibujar, ensombrecer y colorear. Lo que más me gustaba de la anatomía humana eran los brazos, las manos y los dedos: delicadas y armoniosas ramitas cubiertas de suave terciopelo, como piel de melocotón, que desaparecen donde comienzan unas gruesas hojas cuadradas llamadas palmas. De ahí nacen unos bellos tentáculos articulados, y en cada tentáculo, suave y flexible como las algas del mar, se adhieren unas telillas transparentes llamadas uñas, que cubren el rostro a las delicadas puntas que quedan a la vista...(Fragmento extraido de la novela N.M, capítulo dedicado a Mercurio: Ione Curie).
  - ¡No te envidio, querida! ¡Jamás he conocido a un bicho de esos y gracias, he llegado a viejo! ¿Sabes? Dicen que uno de los androides que trafican por el puerto con Cyborgs de Apple, en realidad, es humano. ¡Un mal tipo, sí señor! 
  - ¿Y cómo lo saben? 
  -  ¿El qué?
  -  Que el tipo es humano.
  -  Traspira. 
  -  ¿Sudor? ¡Joder!
  -  Dicen que huele a cebolla.
  -  Define "cebolla".
  -  ¡Ni idea! Pero es lo que dicen. Oler a cebolla le delata. ¡Aunque también le ha hecho rico!
  - Vaya...¿Y eso?
  -  Ha comercializado su olor. Es un tio muy astuto. ¡Ya te digo yo que ese no puede ser sino humano! Al principio regalaba el olor con la compra de cada clérigo cyborg. Ya sabes, para promocionar lo que menos vendía. ¡Y las máquinas se volvieron locas! En unos meses, todo Murundo ya había comprado ese pestazo "Alma", en unos envases preciosos, unas bolas de cristal color ámbar.
  - ¡Es que desprender olor debe ser maravilloso!....¿Te imaginas? 
  - ¿Qué?- contesta el compañero de barra mientras da un trago largo al holograma de un vaso.
  - ¡Qué te recuerden por un olor! Según una compañera mía, hace mil doscientos años yo era una mujer. 
  -  Vaya, me dejas muerto...
  -  Pues sí... Yo recuerdo cosas (Cierra los ojos). Parece que todavía huelo la ciudad. Abro en par en par las fosas nasales y la nariz se me afila como un escarpelo. ¡Mira!- señala su nariz mientras aspira fuertemente-. Entonces, asomo la cabeza entre una de las centenares de ventanas que se abren como úlceras, al ladrillo, en un edificio de barrio donde yo vivía. Y descubro que el aire huele a mar y el mar a asfalto y alquitrán. (Abre los ojos y suspira).
  - Oh...-exclama el cliente sorprendido.
  - Ya...
  -  Bueno, en este mundo de circuitos fortuitos y máquinas iridiscentes, todo es inodoro y no por ello menos interesante. 
  Lu García, pega un lametazo a la imagen de un cono flúor, ya medio pixelado, que gira en el espacio, antes de volver a atacar con sus argumentos. 
  -  ¡El olor produce impresiones! ¡Sea cual sea!
¡Y eso es maravilloso! ¡Único! ¡Y perdura siempre en nuestra mente, como una isla o un oasis!