De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


viernes, 29 de marzo de 2013

El irresistible olor del deseo.

 

   La lluvia comenzó a caer estrepitosamente sobre el tejado y los angostos ventanucos de la cárcel de máxima seguridad de La Comella, cuando la escritora Lu García se sintió indispuesta. Permanecía sentada en el húmedo corredor frente a la celda 166, con la grabadora en el regazo y la mano derecha sosteniendo un pañuelo de papel, que mantenía violentamente apretado sobre la boca intentando sujetar las náuseas.
   Había llegado a primera hora de la mañana a la penitenciaria con el propósito de conocer detalladamente la vida del Dr. Holaku Smith. La idea era entrevistarle, en su celda, por espacio de una hora y media al día, de lunes a viernes y poder así reunir el material necesario para escribir una biografía por encargo, las memorias de un criminal. Pero las cosas no van por buen camino, no resiste los pormenores de sus relatos. Se siente como una idiota. Una idiota aterrorizada.
  El preso más antiguo y sanguinario de la prisión sonríe ahora ampliamente al observar como la escritora es atendida por una de las funcionarias, Cristina Lavigne, francesa de treinta y pocos, estatura media, muslos apretados y pechos prominentes. La funcionaria de prisiones, conocida por sus estilismos y que utilizaba como nadie el cinturón del uniforme para marcarse la cintura y destacar su culo, permanece de espaldas al preso, de frente a la escritora, mientras le toma el pulso. Smith observa la escena totalmente fascinado: desde su posición podía olisquearlas con toda libertad, husmear entre los pliegues escondidos de la piel, fantasear con sus desnudos motivado por las lineas curvas de sus cuerpos, alentado por el movimiento irresistible de las telas. 


   Cerró los ojos suavemente y tan sutil fue que podía observarles aun con los párpados cerrados. Inició entonces una inspiración lenta y profunda. Eran tan deliciosamente fragantes... ¿Cómo resistirse a tan dulce deseo? 
  Una de las mujeres está ahora a su alcance, distraida, no presiente el peligro. La señorita Lavigne nunca le pareció lo suficientemente espabilada y su muerte no sería nunca relevante, sin embargo satisfacer sus ansias de matar, no tiene precio. Intenta bajar la inflamación que siente en todo el cuerpo controlando la respiración. Se alegra enormemente de que sea ella y no otra, la mujer que acuda a la llamada del guardia para atender a la escritora. Siempre la observaba cuando pasaba por delante de su celda, altiva, con la porra a la vista y colgada en la cadera como un insigne estándarte. Nunca se molestaba en mirarle, porque ella era más que un trozo de mierda condenada a pudrirse entre cuatro paredes, que ella tenía una vida fuera, una familia que la esperaba, un hogar y unos amigos que la adoraban. 
  Lu siente que le va a estallar la cabeza de un momento a otro. Las sienes palpitan, la frente hierve, el corazón se dispara, el corredor se cierra sobre ella, la engulle, como la cabeza de una planta carnívora: todo se deshace a su alrededor. Agarra con ambas manos el teléfono y torpemente sus dedos intentan buscar la cámara. Tiene miedo y está temblando. Su cuerpo está en máxima alerta. En ese estado, puede oír hasta el más leve de los sonidos naturales; el viento colandose por las fisuras de piedra, el aleteo de un insecto, los murmullos de los presos, las órdenes de los guardias y los perros, otra vez esos malditos perros...



  De repente Holaku se lanza sobre la funcionaria para hacerla suya y la atrapa al deslizar los brazos a través de los barrotes. Bastó un leve movimento de muñeca para  agarrarla del pelo y atraerla hasta el pecho, conseguiendo que la cabeza quedara inmovilizada sobre la reja de hierro, como un botón cosido a una tela. 
  Lu García oyó lejanos los escalofriantes gritos de la carcelera amortiguados por el revuelo de los perros, y encadenadas a sus terribles ladridos hirientes, las carcajadas descontroladas de un loco sicópata. Los canes corrían pasillo adelante, abriendose camino entre la jauría de presos que vociferaban como hienas desde los margenes del corredor. Cada vez estaban más cerca. Sin embargo lo mejor y lo más sorprendente estaba por ocurrir.

 Continuará.  

  

domingo, 24 de marzo de 2013

Un vestido rojo.

  
  Un sueño es un paisaje impreciso, la escapada momentánea de un presente incierto, de un futuro poco esclarecedor. En cualquier caso, aquella noche de la primavera de 2014 procuraba ubicarme en el lugar inconcreto del pasado para intentar recuperar alguna alegría, mientras el timbre de la puerta graznaba en la planta baja. No tuve jamás la intención de abrir ni descubrir quien estaba detrás de la puerta esperando verme. Solo me interesaba regocijarme, expandirme, retozar en la tristeza que me tocaba vivir en ese momento. En las profundidades de la noche, la casa recuperaba la vejez milenaria de una larga existencia. Me gustaba mi casa durante la nocturnidad; misteriosa frialdal o de día; clara belleza pétrea, pese a que no tenia grandes entradas de luz. Se añadía además, la particular presencia de antigüedades originarias de cada lugar donde trabajé como reportera, y que yo había colocado improvisadamente en los huecos que aún quedaban libres. Por supuesto se anteponía la estética al confort funcional, porque la casa lo valía, y porque el valor arquitectónico era tan elevado que los muebles estaban relegados a un papel secundario, sin que afearan ni consiguieran desprestigiar el conjunto. La casa me llenaba de felicidad. Pero, eso, ahora, ya no tenía ninguna importancia: al día siguiente podía morir en cualquier momento sin que nadie me echara de menos.
  Aquella noche de inicios de primavera de 2014, cuando aún coleaba mi tristeza y estaba a punto de tirar la toalla en todos los sentidos, sonó el teléfono. Durante unos segundos pensé si era una buena idea contestar. Finalmente, a desgana, agarré el auricular.
  - ¿Sí?
  -  Hola Lu. Perdona que te moleste, es muy tarde...Soy la señora Guasch. Hace unos momentos he estado llamando a tu puerta pero como no abrías y he visto luz...Pensé que...
  -  Ah, sí, dígame señora Guasch. Está bien.
  -  ¿Recuerdas que antes de irte a Barcelona te hablé de un trabajo? Bueno, ese que tú rechazaste, en fin...Es que por el pueblo se rumorea que te han echado de ese lugar tan famoso en el que trabajas...o trabajabas....
  - La Corporación.
  - Sí ese mismo. Bueno, el caso es que no quiero que pienses que a mi me importa si eso es cierto o no...
  - Ya.
  - ¿Quizá es cierto? 
  -  ¿El qué? A ver... ¿De qué quiere hablarme Sra. Guasch? Perdone que la corte así, pero estoy muy cansada y quisiera irme a la cama. Si no le importa decirme...
  - ¡Claro! ¡Perdona, Lu!. Quería preguntarte si aún pudiera interesarte el trabajo que te ofrecí hace unos meses.
  -  ¿Se refiere a escribir las memorias del anciano Smith?
  -  Sí. Veo que todavía lo recuerdas.
  - ¡Cómo olvidarlo!. Usted me imploró durante varias semanas para que lo aceptara.
  - Me iba a llevar una buena comisión. Y en los tiempos que corren, como tú comprenderás...
  - Ya. Yo tampoco nado en la abundancia, Sra. Guasch.  
  - Entonces, eso significa que sí, supongo. 
  - ¿Todavía está en la cárcel ese degenerado?
  - Sí. Las entrevistas serían allí. Pero te pagaré el doble. Ya te lo dije. ¿Entonces?
  - No sé...
  - Lu, no tienes nada mejor que hacer. Y si es verdad lo que se comenta por aquí...No creo que nadie más te de trabajo. Así que te espero mañana a las nueve, en la cárcel de La Comella. Sé puntual. 



La escritora, en el vestidor, momentos antes de partir.

  
  Penintenciaria de La Comella. Andorra la Vella. 
Al día siguiente.
  
  Lu García llega a su cita a la hora en punto. Toma asiento en una silla de madera colocada para la ocasión frente a una gruesa reja de hierro blanca que la separa del preso más veterano de la cárcel. Al otro lado el anciano, de espaldas, no necesita mirarla con los ojos. La ha esperado toda la vida. 
  


   - Señor Smith...Soy Lu García.
  - Sí, lo sé. Lleva un vestido rojo muy bonito. Es barato. Casi roza la vulgaridad, pero usted lo lleva con serena elegancia.
  Lu toma asiento frente a un anciano seco; en las carnes, en la musculatura, en las formas...
- ¿Cómo lo sabe? Usted está de espaldas.
- Yo lo veo todo. La intuición, Lu. Ventajas de ser un sicópata.  
- Ya. ¿Le importa si comenzamos, señor Smith? Tenemos el tiempo muy restringido.
  - Claro... ¿Ya? 
  - Sí, sí. Con su permiso comenzaré a grabar esta conversación. Cuando quiera.
  - (Carraspea). Soy Holaku Smith y me masturbé por primera vez cuando tenía nueve años.
  - ¿Perdón? (La escritora le interrumpe abochornada).
  -  ¡No me diga que es usted una de esas puritanas hipócritas que va de modosa, pero que en realidad es más puta que las gallinas!
    La escritora se levanta de la silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica y echa a caminar por el tétrico corredor. El viejo grita su nombre. Le implora que vuelva. Lu aminora el paso. Se para finalmente. Decide volver. Pero pedirá el triple por escribir las terribles memorias de ese degenerado.
  - Me alegro de que haya vuelto. Pero debe entender que cada uno cuenta su vida a su manera. ¿Puede aceptar eso y dejar sus prejuicios aparcados en la puerta de esta celda, por favor? 
   - Lo intentaré. (Lu se seca el sudor de la frente con un pañuelo de papel). Continúe, por favor.
   - Como le decía, me masturbé por primera vez cuando tenía nueve años. En realidad sólo fue un intento, ya que el desmañado empeño onanista me produjo una irritación en el glande y una notable hinchazón del pene. En sí mismo, el hecho no tiene mayor importancia, pero lo recuerdo porque sucedió la víspera de mi primera comunión; objetivamente uno de los días más desgraciados de mi vida. El origen del infortunio hay que buscarlo en los desequilibrios mentales y creencias retrógradas de mi tía y tutora, de moral intachable e implacable, que al descubrir la escena, comenzó a propinarme tal paliza que me dejó manco y cojo de brazo y pierna izquierda. Y como no me quedó otra, antes de que acabará por matarme, la maté yo, como pude, porque su gruesa constitución hacía complicada la cosa, ¿sabe? Entonces se me ocurrió, entre guantazo y zapatillazo, sorprenderla con un primer pinchazo certero, en la mejilla, cuando conseguí arrabatarle del bolsillo de la bata,  unas afiladas y gruesas agujas de media con las que disimulaba delante de la gente, que me guardaba algún cariño, tejiendo para mí una ridícula bufanda de tres colores y largos flecos. A cada golpe suyo, al principio intensos y dolorosos, después flojos e imperceptibles, yo la pinchaba donde podía. En los pechos, los dos ojos, la vulva...
  - Vale. Me hago la idea. Perdone que le interrumpa. (La mujer está pálida, tiene naúseas, quisiera estar en otro sitio).
  -  La maltratadora se llamaba Yolanda; a pesar de eso, la quise a mi manera. La enterré entera, sin trocear. 
  En ese momento, la escritora interrumpe la grabación por segunda vez. Tras disculparse, llama a uno de los hombres que permanece apostado junto al muro, a unos metros de distancia.
  - ¡Guardia! Necesito agua. Y una toalla húmeda, por favor. (Antes de acabar la frase, la escritora vomita gran parte del desayuno). 
  No esta segura de que pueda seguir. Sin embargo, no le queda otra.

  Continuará.



     

lunes, 18 de marzo de 2013

La tristeza de saber.

 
       "La naturaleza del hombre es malvada. Su bondad es   
    cultura adquirida". Simone Beauvoir.
  
   Aviso: Hoy no podré entretenerte. Si acaso solo compartir un pensamiento.
  
  Desde hace meses arrastro una tristeza que no se despega de mi. ¡Malditos virus de la tristeza! Y por más que intenta mi cuerpo luchar contra ellos y engañarles con alegrías, placeres o ilusiones nuevas, nada les convence de abandonarme. Debe ser que mis células de loca artista, fértiles, de parajes cambiantes y mundos inusuales, les parece tan puñeteramente interesante que no piensan sino
vivir enredados para siempre en mi tierna y sensibilizada pluricelularidad. 
   Una vez leí un artículo de Simone de Beauvoir, donde afirmaba algo que ahora, en esta etapa de profunda reflexión que atravieso, ha cobrado importancia. La señora Beauvoir decía que "La naturaleza del hombre es malvada. Su bondad es cultura adquirida". Y en otro tiempo no estuve de acuerdo. Sino que creía poderosamente en la bondad del hombre y en aquellas palabras pronunciadas por Confucio: "La naturaleza humana es buena y la maldad es esencialmente antinatural". 
  En estas ultimas semanas, intento averiguar quien tiene razón, si Beauvoir o Confucio, pero no consigo una respuesta.
  Es la profunda pena que siento por nosotros, los seres humanos, la que no me devuelve la sonrisa. ¿En qué nos están convirtiendo? Observo cada día la deshumanización con horror y terror y la vuelta a tiempos pasados. ¿No hemos aprendido nada de la historia?
  Sea por las noticias que llegan del mundo, sea por las decepciones o por las promesas rotas, por la corrupción de nuestros gobiernos, por las colosales injusticias sociales, por la confianza nula, por el trabajo sin recompensa, por los sueños baldíos, por las expectativas podridas o por todo el dolor ajeno que me consume, que sufro de tristeza de ánimo. El mundo real y mis congéneres me asustan más que nunca. Y no hay que ir muy lejos. 
  La ciencia ficción, aunque sea la más dura y retorcida de las ficciones, es hoy en día, un cuento de hadas para lo que nos toca vivir. Bellas utopías son aquellas historias que leíamos de máquinas y hombres luchando por la supremacía de los mundos. Que como sigamos la senda que nos han dibujado, pronto acabaremos por devorarnos los unos a los otros, como en una maldita película de zombies.
  Creo que seguiré escribiendo sobre mundos que voy encontrando debajo de mi almohada. Nada me importa que me sigan tildando de soñadora, de surrealista o de inmadura. 
  Es cuestión de supervivencia.
  Pero te digo una cosa, Reader. Solo nosotros podemos parar esto. Por favor, no perdamos nuestra compasión ni la bondad ni la sonrisa dejemos de ofrecer. Sigamos alimentando esa cultura adquirida. 
Si no estamos perdidos. 

  Buenas noches y gracias por dejarme contarte...
  
  

viernes, 15 de marzo de 2013

El corazón desierto.

  

Lu García ha vuelto a casa. Abre la puerta y huele su hogar con satisfacción. Antes de cerrar de nuevo, arroja afuera la mochila que le entregaron al comenzar su aventura en la Corporación, ahora roída y sucia. Cae entre unos arbustos. La observa durante unos momentos. Después cierra la puerta. Mientras sigue aspirando lentamente el olor a piedra que surge, sube las escaleras hasta el primer piso. La vista sale en busca del piano y lo encuentra. Sigue allí, esperándola. Nunca dejó de hacerlo; desnudo, sincero, dispuesto a ella, sometido, dócil, manso como un caballo de doma. Se sienta frente a él dispuesta a hacerle el amor, cuando coloca suavemente las yemas de los dedos a descansar sobre su piel de marfil. Esta tan frío, que le quema y la excita, entonces, su hombría de robusta madera sale a su encuentro para quitarle toscamente la ropa. Los dedos suben y bajan, en un baile lento, ahora rápido, de pasos ágiles o torpes, delicados, unas, despiadados, otras, presionándose sin miramientos, o frotándose sutilmente, o salvajemente en ocasiones; cambiantes posturas, materia sobre materia, hasta morir ambos de amor. Es entonces cuando coge cuerpo esa melodía que suspira, que aparece de memoria, sin seguir pentágramas estériles ni notas escritas. Que ella ahora solo desea vivir el presente, aquel que con suerte, nadie ha escrito todavía. 
  Todo ha acabado. Aún siente un fuerte placer que sigue enganchado a las costuras de su cuerpo. Todavía frente a su amante dormido, Lu dirige la vista hacia el exterior a través del ventanal hasta alcanzar la cresta blanca de una montaña cercana y familiar. Piensa que tras meses de aventuras por el Eterno Presente, ya no es la misma. Respirar en ese tiempo artificial creado por la increíble Corporación, no era sano, ni ético, ni responsable. Sin embargo, siempre acababa por atraparla. El irresponsable Eterno Presente era un tiempo que bailaba sobre un pentágrama levantado como una alambrada espinosa, donde las notas atrapadas como conejos, se mostraban para ser devoradas por cualquier jugador-cazador. Peligrosas cuerdas de una guitarra que no siempre tocaba a gusto de todos. Pero en eso justamente residía la gracia o la desgracia de los juegos que ella escribía.
  Lu llega a casa cansada y decepcionada. En el Matrix mantuvo el control, pero sólo hasta cierto punto. No estaba escrito que tuviera que enamorarse, no jugó para recibir decepciones ni para ver morir a nadie. Alguien había estado introduciendo datos mientras ella estaba dentro. "Llegamos a volvernos locos, a perder el control, a atacarnos entre nosotros", había declarado algún jugador tras abandonar la partida. 
  Su casa estaba ahora más tibia. Algo tendría que ver su affaire con el piano. Aun así encendió la caldera. Después se dirigió hasta el salón. Al final de la habitación la chimenea daba cobijo a unos troncos panzones que le iban a servir para calentarse el alma, el espíritu y hasta las carnes atormentadas que arrastró desde el purgatorio. 
  La madera comenzó a prender. Arrimó una de las dos mecedoras que descansaban sobre la alfombra hasta los pies de la chimenea y se sentó tranquilamente. Cerró los ojos. Afortunadamente todo había acabado. Ella era la única superviviente. Una jugadora que había conseguido escapar con vida del tren de Nueve Mundos Vivir sin nubes
  La guionista de la Corporación, el imperio del Juego y los Recuerdos Implantados se quedó profundamente dormida.  
Pero ese bello pensamiento se mantuvo vivo, el tiempo que sobrevive un pez fuera del agua, cuando alguien tocó a la puerta y descubrió con horror, que el cielo no sostenía nubes. Tan solo metros y metros de celestes espectaculares, lisos como sabanas.      

Continuará.

Buenas noches, Europa.  Buenas tardes, América.

domingo, 10 de marzo de 2013

La verdadera historia de Pol Quevedo: el magnate de la nueva generación del juego virtual.





  Aunque no lo parezca a simple vista Mentes Mecánicas es también una saga de amor. La vida está compuesta de aventuras y desventuras; pero respira, vive y late a través del amor: el amor de cuento, el amor prohibido, el amor desahuciado, el amor imposible, secreto o platónico...
   Tengo que reconocer que el amor me atormenta, me obsesiona e inspira todos mis guiones y novelas. El ser humano es tan puñeteramente interesante, que jamás viviré lo suficiente para observar, aprender y dilucidar todos sus patrones de comportamiento frente al amor y el desamor. 
  Y de eso hablaremos en nuestro post de hoy, dedicado a otro personaje, Pol Quevedo, fundador junto a su hermano Eric, del imperio del juego y los recuerdos implantados. Un hombre perdidamente enamorado de un fantasma. 
  Pero, empecemos por el principio. 


Ya te había comentado en alguna ocasión, que aquel que tiene a alguien a su lado con quien se atreva a hablar como consigo mismo, tiene un tesoro y como tal hay que cuidarlo. Pero cuando por desgracia, esa persona se va, la aflicción que se forma en el alma es insondable e infinita y no hay fármaco o remedio capaz de acabar con semejante tormento. Dicen, si acaso, que el tiempo lo cura todo, pero hay personas, incapaces de resistir, que optan por peligrosos atajos. 


  "Pol Quevedo habló por ultima vez con su mujer unos quince minutos antes de aparecer muerta.   
  Aquella tarde cenicienta, el cielo se desplomaba sobre una ciudad en blanco y negro. Aunque, por un lado, era un alivio que Mimi se fuera de la casa y parase de arremeter contra él, por el otro, era una preocupación. Temía que le pudiera pasar algo cuando cogió el coche en aquel lamentable estado de histeria, y desapareció en el horizonte entre llantos y grandes nubes de agua. 
   Su mujer, después de una fuerte discusión, solía abandonarle a él y a sus hijos durante una o dos horas. Después volvía con una docena de bolsas en cada mano, una trémula sonrisa y un sosiego inflamado por el consumismo. Esas cosas a su mujer le ayudaban, y Pol lo entendía. Perdonaba constantemente sus manías y desvaríos porque vivir con alguien como él no era fácil; siempre viajando, intimando con sus secretarias, trabajando hasta altas horas de la noche, esclavo de una agenda que le mantenía a años luz de su casa y de su familia. De lo que parecía no ser consciente era del deterioro que eso provocaba en la pareja. 


Aquella tarde cenicienta, que el cielo se desplomaba sobre una ciudad pintada en blanco y negro, Mimi comenzó a demorarse más de lo acostumbrado. Aprovechando que al anochecer ya había cesado la lluvia, Pol perfiló el camino de entrada hasta la casa, con docenas de velas encendidas, que prendían alegremente. Deseaba más que nunca abrazarla, pedirle perdón y comunicarle su decisión de dejar en manos de otros, gran parte de su trabajo. No podía dejar escapar lo que realmente importaba en la vida, lo que tenía valor en la vida, lo que la vida le había regalado: sus hijos y una mujer inteligente y hermosa que le amaba. ¡Cómo no se había dado cuenta antes! ¡Amar y ser amado es el camino hacia la felicidad! ¡Y él esa felicidad la obviaba! ¡La mataba! ¡La estrangulaba una y otra vez! Y si ella acabara dejándole, ¿podía creer realmente que alguna de sus amigas, fuese a ofrecerle lo mismo que Mimi? ¿Realmente era tan estúpido? 
   Pol, colocó cuidadosamente cientos de pétalos de rosa por toda la cama. Cada uno de esos pétalos significaba una frase de amor: Un te quiero no pronunciado, un te amo obviado, un te espero que no cuajó, una caricia que olvidó entre las miles de horas perdidas en su escritorio. Se sentó junto a la chimenea y esperó impaciente e ilusionado su llegada. Pero, finalmente, una llamada de la policía, ahogó todas sus esperanzas.


Mimi apareció tirada y sin vida en el margen de una carretera de montaña, una noche cenicienta, en mitad de un paraje en blanco y negro. Desde entonces, Pol Quevedo, vive sin colores. Se mueve entre grises insondables, y llora amargamente su perdida. Hasta que una noche recordó, entre lágrimas y tragos de whisky, que él podía cambiar el destino y traerla de nuevo a su lado. En la Corporación se actuaba como Dios, ellos eran Dios, y su famoso y reconocido manejo con los softwares, resucitarían a su mujer, aunque eso no fuera ni ético, ni sano. Habría que saltar por encima del juramento que firmaron él y su hermano Eric, de no participar jamás en sus propios juegos, pero le importaba poco. Ambos, por diferentes circunstancias, rompieron las normas de la empresa. Y Mimi volvió a la vida. ¿Un holograma tiene alma? 
¡Quién sabe! ¿Tú lo sabes?

 Vivir sin nubes (próximamente) . Segunda entrega de la trilogía Mentes Mecánicas.

  www.a4edicions.com

viernes, 8 de marzo de 2013

Slave to love. Slave to game.


  
  Hoy me he desconectado del Matrix. Ya no hay ilusión, ya no existe el entusiasmo ni la emoción de vivir lo imposible. Y ha sido más fácil de lo que yo creí en un principio.
  
  En la Aldosa, ha estado lloviendo todo el día. En algún momento de la mañana, me asomé a la puerta de casa y extendí el brazo derecho, con la palma arriba y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo, me quedé un momento parada en esa actitud estatuaria. No era que quisiera tomar posesión del mundo exterior, sino que simplemente observaba si llovía. Y al recibir el frescor del lento orvallo supe que todo había acabado definitivamente.
  Recuerdo que una vez la máquina Tránsito, me contó como podía saber sin temor a equivocarme, si vivia una historia real o ficticia, así como el secreto para distinguir los tiempos; presente o eterno. Era muy simple. Había que mirar al cielo. Dentro del Matrix, no se forman las nubes, sólo grandes extensiones de azules vibrantes, lisos como sábanas y según que hora del día fuese, aparecían malvas y morados o naranjas y amarillos rutilantes, por el lado donde aparecía el sol. Pero siempre, bovedas celestes carentes de bellas masas panzonas y blancuzcas suspendidas en la atmósfera. Y eso se debía al engorroso trabajo de los limpiadores de nubes contratados por el Matrix, viejos en paro, con los huesos virtuales y las articulaciones binarias.


Lara Plutis, una de las jugadoras que repetiran, en el nuevo Matrix.
  Aún recuerdo cuando respondí, junto a otros mil quinientos candidatos, a la oferta de trabajo de La Corporación, la más prestigiosa empresa del juego virtual implantado, oficinas ubicadas en el antiguo edificio donde en otras épocas se albergó la famosa Basílica de la Sagrada Familia,  en la ciudad de Barcelona. Necesitaban cubrir un puesto como guionista de video juegos. Era mi oportunidad para salir de la miseria que arrastrábamos desde hacía medio lustro. Y aunque el anuncio era agresivo y sobre todo explícito y resolutivo, descartando candidatos, al demandar únicamente talentos, eso no impidió que me achicara, todo lo contrario, me convenció de que el reto era para mi, único y emocionante.


La poderosa Corporación. Centro del
Juego Virtual Implantado.
 Nos encerraron en una gran sala blanca de unos seiscientos metros, dividida en decenas de compartimentos. Después de doce horas de entrevistas, test psicotécnicos y discursos orales creativos, rotando por las diferentes estancias, tan sólo quedábamos veinte candidatos, repartidos en unos confortables sillones alineados por toda la pared. Tras dieciocho horas más, cinco y finalmente tras cumplir una jornada de veinticuatro horas, únicamente quedé yo. Estaba exhausta, débil, despeinada y ojerosa, con el estómago arrastrando y la lengua hinchada y pegada al paladar. De repente, alguien salió de una de las salas, extendió la mano frente a mis narices y me dijo: "Enhorabuena, señora García, parece que ha quedado sola ante el peligro". "¿El peligro?", repetí dolorosamente, debido al anquilosamiento de la boca. "Sí, eso he dicho. Es usted muy valiente y desde mañana, una mujer muy, muy rica".
  Al día siguiente, ya en mi nuevo y lujoso despacho, se me pidió que creara un guión para un nuevo software. Tenía que cumplir una serie de requisitos, no del todo éticos ni legales, pero cinco millones de créditos al año, eran una poderosa razón para hacer la vista gorda.
  Tras largos meses, de total dedicación, acabé el juego. Nueve Mundos, el origen, el Matrix más esperado por millones de usuarios de todo el planeta, se implantaría primero a diez jugadores externos, y cinco voluntarios internos, entre ellos, participarían las dos guionistas, Cuántica Infinito, mi jefa, yo, y los dos ingenieros del software: el misterioso y poderoso Eric Weiss y Pol Quevedo, dos jugadores veteranos y arriesgados. Miscelánea de un peligroso programa de juegos implantados en seres humanos, y comienzo de una nueva generación en el campo de la diversión y el entretenimiento: La planetaria y universal saga, Mentes Mecánicas. 
  A partir de ahora todo era posible, hasta lo más inverosímil estaba escrito en nuestros destinos esclavos, por el amor al juego y al riesgo más demoledor.


Los limpiadores de nubes.

Buen fin de semana, Reader. 

¡Átrapa tu Matrix y comienza a vivir esta aventura!

http://www.a4edicions.net/

   

martes, 5 de marzo de 2013

Con un roto de tu piel.


Recreación de un conocido fantasma (Frau Anita) habitante eterna
de una biblioteca de Berlín. 
  Hoy, con una buena amiga, hemos pasado el rato contando historias vividas en primera persona poco comunes, extrañas, paranormales, ya sabes, relatando hechos sorprendentes, de esos que nos ponen el pelo como escarpias y que escapan a nuestra razón y comprensión. 
  Entonces, me acordé de alguien. No suelo hablar nunca de él. Han pasado muchos años y sus vicisitudes están tan vivas como su cuidada ficción. Se difuminaron en el tiempo las veladuras de sus palabras socarronas, y ahora, en la perspectiva de la distancia, encuentro la personalidad de mi fantasma hermosísima.
  Todos tenemos algún fantasma cerca. ¿Te sorprende? ¡No! Eso es lo más normal del mundo. Lo anómalo sería que no te protegiera nadie, o que ningún ente, normalmente un familiar, estuviera cerca de ti. 
  Bueno, te lo creas o no, eso es cosa tuya. Pero si quieres, un día podrías hacer la prueba. Es muy fácil. Hay varias formas: la primera, consiste en colocarte justo en el centro de una habitación totalmente a oscuras. Cierra los ojos y tras varios segundos, ábrelos. Después mira a tu alrededor y observa que pasa. Si no ves nada, a pesar de tener todas las papeletas, o bien se debe a que eres un perfecto agnóstico y ellos no te permitirán que les descubras (los fantasmas), porque piensan que no te lo mereces precisamente por tu irritante escepticismo, o simplemente, no hay nadie. Y la segunda, es dejando tu mascota en la misma habitación, también a oscuras. Observa al animal. Si se queda embelesado mirando a un punto fijo, y ladra o maulla, te recomiendo que abandones la estancia a toda leche.


Tumba de mi fantasma, en Worms, Alemania.
  Y hablando de fantasmas. Vivo en una casa del siglo XI. Parece increíble, pero ¿puedes imaginar todas las personas que han pasado por aquí, durante mil años? ¿Y todas las que han fallecido en ella? La casa, tiene un ala (ahora rehabilitada como zona de invitados), que fue utilizada antaño como establo. Según cuentan sacrificaban los animales, destinados al sustento de los habitantes de la casa. Y si como dicen, también esos espíritus pueden llegar a manisfestarse, en fin, más vale no pensarlo... Aunque yo tengo buen rollo con todos, bestias o humanos, y mantengo una relación cordial. Afortunadamente.
  Como te decía al principio, con el paso del tiempo, encuentro la personalidad de mi fantasma hermosísima. Él  no cesa en su empeño de mostrarse y aunque sólo yo puedo intuirlo, él se conforma, porque no necesita más público que mi humilde persona. (La más accesible, por otro lado).


Antigua consulta de mi fantasma. Worms. Alemania.
  Conocí a mi fantasma, en 1993. Entonces estaba vivo. Era socarrón, cínico y estrafalario, médico de profesión y un cara dura como pocos he conocido. Su simpatía le abría todas las puertas y su generosidad sin límites, las mantenía siempre en par en par. Su consulta ginecológica estaba situada en una bella Straße (calle) de Worms, Alemania, pavimentada con adoquines color canela, vieja y encantadora, como todo lo vestido de antiguo. Había nacido en tierra de sabios y encantadores, de mujeres de ojos brujos, de las Mil y una noches. Prendida a su cazadora, llevaba un estandarte, de viejo rockero, estrangulando su dedo anular, un anillo comprado a un viejo joyero de Tëbriz (Irán), y en su sonrisa, enmarcada por una barba negra y rizada, sus dientes asomaban cenicientos, apretando un maltrecho cigarrillo de liar. 
   En el mar encendido de los recuerdos, se acerca hasta mi playa, una frase que me dijo, el mismo día que regresé de Luna de Miel, con su hijo sosteniéndome del brazo. ¿Qué te apuestas, que de aquí a cinco años, pesas diez kilos más?. Me quedé mirándole, sin saber como tomarme aquella grosería. Jamás pude cobrarme lo que apostamos (sigo pesando exactamente lo mismo que hace veinte años), porque quiso el destino empujarle lejos de todo lo terrenal. Qué prodigio, aunque triste había de ser, esos cinco años de existencia unida, como cinco ríos vertiendo su caudal constante en el Océano, se abriesen de pronto y se tornase la mar en seco. Que yo comencé a conocerle profundamente, después ya de muerto. 
  Pero tranquilo, no te entristezcas por tan poco, que con un roto de tu piel, amigo mío, a veces sostenido por lo imposible, yo te veo y te revivo, y también tus descendientes, en un juego eterno. 
  Amén.

  A Nehal. Mi suegro. Un querido fantasma que nos protege. Y a todos aquellos que ya no están entre nosotros, pero que siguen en nuestros corazones ¿y por qué no?, tan vivos y cerca, como cuando les vimos por primera vez. 

  ¿Serás capaz de cerrar los ojos esta noche, sin pensar en lo que te he contado, Reader?   

lunes, 4 de marzo de 2013

"El secreto de la vida no estriba en el hardware, sino en el software"



  Durante la lectura de los primeros capítulos de un libro que leo a sorbitos he tropezado con dos asuntos que me han despertado las ganas de compartir contigo. 
  Mi admirado Eduard Punset dice en su libro Excusas para no pensar, que la felicidad es la ausencia del miedo, al igual que la belleza es la ausencia del dolor. Y cuanto más lo pienso más me reafirmo en esa convicción, aunque solo a medias.
  En otro momento de la lectura me encuentro también con la suposición, cada vez más compartida entre los expertos-comenta- que indicarían que la vida no empezó en la Tierra, sino que llegó a nuestro planeta procedente de algún otro lugar. Es decir, en las primeras fases de la evolución terrestre, cuando el planeta estaba sometido a un auténtico bombardeo de meteoritos, sin duda hubo períodos entre los grandes impactos en los que la vida podría haber surgido y, posteriormente, haber sido aniquilada por alguna gran colisión.   
  Si esto es así, podemos fácilmente imaginar una amplia sucesión de procesos de génesis. Y si esto de nuevo fuese como decimos, un sinfín de vida similar a la nuestra, o no, aunque vida al fin y al cabo, podría haber surgido a lo largo y ancho del universo. 
  Es absurdo pensar que no hay vida extraterrestre. Me parece un poco estúpido, con todos mis respetos. En esa cuestión, me convence.
  Pero volvamos al principio. A la primera cuestión. Justo al momento en que te comentaba que la felicidad es la ausencia del miedo. Bien, pues en general, cuando nos abrazan, nos rodean con unos brazos queridos y nos parapetan con todo el alma, todos tocamos la felicidad con la punta de los dedos. Nos sentimos protegidos y confortados. Lo hemos vivido infinidad de ocasiones desde que éramos bebés. 
  Y a través de sus palabras, el autor me hace reflexionar sobre el instinto primitivo, el de la protección entre miembros de una misma especie, parental, marital, da lo mismo, lo esencial es que en ese preciso instante, no sentimos ni una brizna de temor, y ya seamos grandes o chicos, mientras dura esa protección, el miedo no existe. En ese instante, la felicidad se presenta a nosotros como una flor fragante que olisqueamos inspirando a pleno pulmón. Pero si extiendo ese pensamiento y me voy a planos generales, pienso; el que no le tema a nada, es sin duda, según Eduard Punset, completamente feliz. Y el que a nada tiene miedo, porque nada le asusta ni le afecta jamás, ese debe ser un individuo eternamente feliz. Pero,¿No será, señor Punset, más bien, un loco inconsciente? ¿Debo deducir que aquel que está privado de sentido, ese mismo que no conoce miedo alguno, es el único ser capaz de conocer la felicidad? Umm, no se...
  Y que me dices sobre la afirmación de que la belleza es la ausencia del dolor. ¿Cómo interpretamos eso? Es una cuestión también para reflexionar. 
  
  Si te apetece, una manera de disolver los problemas y alejarlos de nuestra zona de descanso, es desenredar estas u otras cuestiones filosóficas, mientras cerramos los ojos, en soledad. Mientras tomas un baño, antes de dormir, o si lo prefieres, mientras paseas tranquilamente. Meditar y reflexionar son las claves para superar el día a día. 
  
  Recuerda, dice Punset, La belleza es la ausencia del dolor...
¿Te atreves a interpretar la frase y compartirla con nosotros?

Feliz descanso, Lu ;)