De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


jueves, 28 de febrero de 2013

El laberinto.



Ana Luna, Matrix de Nueve Mundos, el origen.

Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres;
pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias.

Miguel de Cervantes (El Quijote)



Tras el largo y tibio otoño, a mediados de diciembre la temperatura descendió de golpe, y el 27 el termómetro marcaba menos de diez grados bajo cero. En una de las siete habitaciones de un motel de carretera, no lo bastante caldeada, Lu se protegía del frío arrebujándose con un edredón de plumas muy caliente; permanecía con la espalda apoyada contra el radiador, los pies metidos en un folgo, y a veces había incluso un momento de calor al sol, en uno de los rincones orientados al sur. Como siempre, les ocultaba su verdadera situación a sus superiores. No decía que, ya ha comienzos de diciembre, había sufrido feroces ataques por parte de otros jugadores; ese juego, todavía en fase de prueba, Vivir sin nubes, era terrible y el Matrix en general era feroz. Había abismos en los que temía hundirse. El 25 de diciembre, confiándose a Levián Venozza, revelaba que "las viejas fobias han vuelto a encontrarme aún aquí, me han atacado y me han vencido un poco, hay momentos en que todo me fatiga, cada trazo de pluma; todo lo que escribo me parece desproporcionado a mis fuerzas". Lu se quedó mirando al techo ensombrecido por las humedades, por largo tiempo. Pensó en Héctor Koops y le vino a la cabeza una cita célebre de Miguel de Cervantes. "Señor las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias". Precisamente esas dos frases justificaban muy bien toda su maldad. Después surgió en su mente, la absoluta Corporación; Desde hace decenas de siglos, estamos habituados a creer que Dios, o los dioses, son la verdad y la justicia supremas. El Dios corporativo que controla todas y cada una de las historias que salen de los archivos de Cuántica Infinito, su superior en la jerarquía de la empresa, no se deja encasillar dentro de estas categorías demasiado humanas. No gusta de la palabra verdad, de toda afirmación ligada al sí o al no; la verdad, para él, está en la aceptación de los opuestos: Dios es al mismo tiempo verdadero y engañoso, cercano y lejano, accesible e inaccesible, abierto y cerrado, luminoso y tenebroso; dos pensamientos que se excluyen pueden ser, para él, igualmente necesarios, porque la "necesidad" es la categoría más próxima a lo sagrado.

La Corporación. 
Antiguamente, Basílica de la Sagrada Familia, Barcelona, España.
  Por eso Cuántica, junto a los ingenieros del software, Eric Weiss y Pol Quevedo, creadores del Matrix Nueve Mundos, el origen y Vivir sin nubes, le habían contratado a ella. La ejecutiva insistió, que no quería a ningún otro guionista como ayudante para editar sus juegos, sólo a Lu García, porque en alguien como esa mujer, "residía la absoluta necesidad del ser". Conocía muy bien su pasado, sus virtudes y sus defectos, así como sus escarceos con la locura, lo paranormal y las tinieblas. Sólo a alguien como ella, nada le sorprendería, a pesar de lo que pudiera ver o intuir puertas a dentro del increíble  laberinto que representaba La Corporación. A ella todo eso le maravillaría, lejos de asustarle. Con tal de escribir, ella estaría en el polvo, en el barro, en una cuneta: humilde y mansa, como un cordero, o como uno de esos abyectos parásitos que conviven con los hombres. Cuántica sabía muy bien, cuando la contrató para redactar el destino de los jugadores, que en cualquier momento se arrojaría a sus pies, y le besaría las manos. Porque escribir, era lo único que sabía hacer. Y sin La Corporación, ella no era nadie, o más bien nada, en un mundo donde el trabajo era un bien escasísimo o nulo. 
  
  "Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos" escribió la escritora con una barra de labios sobre el cristal del cuarto de baño, antes de abandonar la fría habitación del Motel California. Nadie todavía, podía comprender sus palabras.


Verdad, Acción o Riesgo. ¿Juegas?

¿Estás seguro?


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miércoles, 27 de febrero de 2013

El hombre y la mujer han nacido para amarse...



                              

  El hombre y la mujer han nacido para amarse, pero no para vivir juntos. Los amantes célebres de la historia vivieron siempre separados.
Noel Clarasó (1905-1985) Escritor español.

  La primera vez que la vio de pie, apoyada en la puerta del vagón del metro, se le escapó un suspiro. Después sintió curiosidad por todo lo relacionado con ella:"¿Estará con alguién?".
  Héctor Koops siempre se encontraba en una encrucijada cuando se topaba con un capricho. Pero, enseguida, renegando de sus propios deseos, pensaba en la promesa que se había hecho a sí mismo: renunciar al placer de poseer aquello que anhelase por la fuerza, luchar contra sus inclinaciones más primitivas, salvajes instintos que heredó de sus ancestros, cortejos propios de una escena de cacería humana ambientada en la época medieval. No tiene el valor de ascender al vertiginoso mundo de los hombres, sin memoria, sin poderes, sin valores, sin honor ni gloria, renunciando a su pasado inmortal y a su gen del mal. Sin embargo, a veces, sentía la imperiosa necesidad de pertenecer a la luz, y sentir la virtud, para saber qué era ser correcto. ¿Deberían acusarlo de debilidad? ¿Únicamente por haber caído en la desgracia de enamorarse como un idiota? Esta flaqueza de la bestia tan sólo podía ser perdonada por la bestia misma, cuando en su papel de Kómputo descendía al infierno, a ese oscuro hervidero caleidoscopico, y allí escribía interminables cartas a una mujer, no como un animal, sino como un poeta. 
  Héctor Koops había sido alguna vez, un chaval sencillo y honesto. Había estudiado economía, en una prestigiosa universidad privada. Y antes de cumplir los veinticinco ya manejaba millones de euros en el banco de su padre. Antes de conocer el poder del dinero, pensaba en conquistar a las chicas, con paciencia, con una pasividad contemplativa. La metamorfosis le trastorna: no soporta las esperas, a los pobres ni a los débiles. Incluso no se tolera a sí mismo: su intenso olor animal, su aspecto mostruoso. No se atreve a mirarse al espejo ni a ponerse delante de un objeto que pueda reflejar su imagen. Porque seguramente, este, le devolverá un cuadro dantesco.
  Pero precisamente ahora, con Lu en sus brazos y bajo la piel de Héctor Koops, después de amortiguar su caída desde un décimo piso, ya no le importa si está viva o muerta. Sólo necesita irse a casa y encerrarse con ella, que siempre la consideró suya, como un empaste o un lunar.
  Ahora le parece que el tiempo transcurre lentamente, mientras echa los pasos por la Avenida Diagonal adelante, un camino blando y moldeable de goma rosa, un trecho de chicle, largo, larguísimo. 
  Koops y Levián Venozza, que les sigue a varios metros, oyen en ese momento el tictac de una rapidísima máquina infernal. Los dos hombres, con la escritora todavía recogida en los brazos, observan como se acerca por una vía central el poderoso tren de la Corporación. El Matrix llega para recogerles sofrenando su poderosa maquinaria y abrir de par en par una de las numerosas puertas laterales. 
  Los dos jugadores se miran satisfechos. Lo han conseguido. Pero cuando se disponen a entrar inesperadamente Lu salta de los brazos de Héctor, que la creía inconsciente, y echa a correr entre las vías en el preciso instante en que las puertas se cierran hermeticamente. Sin posibilidad de salir tras ella, el juego arranca de nuevo. Héctor Koops abre violentamente la ventana del compartimento y la increpa fieramente. Después, resignado, le lanza un beso. "Hasta siempre, Lu".


  El hombre y la mujer han nacido para amarse, pero no para vivir juntos. Los amantes célebres de la historia vivieron siempre separados.
  
  Es mejor así...


lunes, 25 de febrero de 2013

Capítulo V: Nacer y morir envuelta en la brisa del Mediterráneo.

                                        
                                           
  Lu García ha conseguido sobrevivir a un accidente salvaje. Tras escapar del lugar mientras su secuestrador, Héctor Koops permanece inconsciente, hace auto-stop para llegar hasta Barcelona. La ciudad vive sus peores momentos, desolada, casi desértica y totalmente ocupada por los miembros de La Corporación. 
  La mujer llega hasta un hotel de la Diagonal, regentado por un Guía Vital anodino y antipático, que la atiende a desgana. Tras pagar la habitación por adelantado, la máquina le da una llave y Lu se encierra en uno de los diminutos apartamentos del ático. Deshacer la cama le supone un esfuerzo sobrehumano, está rota. Consigue deslizarse bajo la sábana, aún vestida, apoya la almohada en el cabezal, agarra el móvil y utiliza el Siri para comunicarse por mensaje de voz. 
  "Mi querida Tránsito: Cuantas veces has muerto y cuantas otras te han resucitado. Ahora recuerdo, cuando en Nueve Mundos, la niña Ana Luna te consiguió unir las entrañas con cuatro tubos y una docena de grapas. Y a su cuidado, mientras te mecía el dolor y entrabas en el sueño, ella te contaba, para arreglarte la memoria, algunos pasajes de los cuentos que habíais vivido juntas. ¡Cómo quisiera ser ella en estos momentos! ...
  De eso ya ha pasado mucho tiempo. Sí, eran otros, esos tiempos... Años de juegos, que si nos parecían peligrosos y adictivos, ¿que se podría decir ahora, de todo lo que está ocurriendo?".   
   Un fuerte golpe en la puerta asusta a Lu, se le resbala el móvil de la mano y abandona la cama para colocarse detrás de la puerta y desenfundar un arma.
  -¿Quién está ahí?-grita la escritora.
  Nadie responde. La mujer acerca la oreja para poder recoger algún sonido. Pero no oye absolutamente nada. De repente, un fuerte impacto destroza la puerta y sale despedida al centro de la habitación, sobre una desgastada alfombra, a los pies de la cama. 
  Lu sangra efusivamente por la nariz y la frente. El impacto en la cabeza la ha dejado ciega de un ojo, y apenas vislumbra una figura recortada bajo la renglonadura de luz que entra a través de la veneciana. Enjuga la sangre con la manga de la camisa. Ver ahora a su asaltante es vital, sin embargo, le resulta imposible. Su visión está muy afectada por el fuerte traumatismo. El bulto que distingue vagamente, se mueve, se acerca cada vez más. Lu intenta moverse, pero resulta tan doloroso, que desiste. Ahora ella gravita. La ha levantado de los brazos y no toca el suelo. Segundos después sus piernas cuelgan de la barandilla de la terraza, mientras la sujeta por la camisa, para mantenerla erguida. La mujer mira hacia abajo. Sin embargo, la altura no le aturde. Cierra los ojos. Entra en estado de schock. Siente una brisa fresca y suave, húmeda, olor a Mediterráneo. Puede oír el rumor del mar, y ve las olas, levantando sus alas de espuma y a las gaviotas, que revolotean cerca de su cabeza.  
  Mientras, irrumpen en la entrada del hotel, Levián Venozza y Héctor Koops, que buscan al personal de recepción. Tocan varias veces al timbre del mostrador, pero nadie responde. Levián, entonces, advierte a Koops, que desista, que nadie les atenderá. Había descubierto un gran charco de sangre azul tinta rodeando sus botas. Los hombres dieron la vuelta al mostrador y descubrieron el cádaver del Guía con un fuerte impacto en la cabeza.
  Fue entonces cuando corrieron hacia los pisos superiores. Koops entendió que tenía pocas probabilidades de encontrar a la escritora con vida. Si ella moría, acabarían atrapados en el juego, para siempre. Un fatídico Game Over, que les mantendría en el purgatorio de los perdedores.

  ¿Todavía quieres jugar conmigo, Reader?



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   y comienza una trilogía que te enganchará en una aventura sin límites. 
   

lunes, 18 de febrero de 2013

Capítulo IV: La adicción.

   
    En el resguardado silencio del dormitorio, entre las sábanas revueltas por la agitación de una terrible jaqueca provocada por las más de siete horas de interrogatorio, Levián Venozza oyó el timbre de la puerta varias veces, y aunque le molestó tener que salir de la cama y atender la inoportuna visita, se apresuró a abrir para evitar que volvieran a insistir.
  No se alegró de ver a su compañero, el duro Héctor Koops, apoyado en el marco de la puerta de entrada. Ni se estremecería si una maceta le cayera encima y le aplastase ese careto de demonio engreído. Sin embargo, disimuló como pudo su nerviosismo y asomó una media sonrisa. Héctor le saludó fríamente y tras apartarle a un lado apúntandole con el dedo índice sobre el corazón para abrirse camino, llegó hasta la cocina, abrió la nevera y arrancó una botella de cerveza del compartimento de las bebidas. Se llevó el envase a la boca, atrapó entre las muelas la chapa metálica y después la desencajó de un fuerte mordisco. Acabó escupiéndola al suelo antes de pegar un gran trago que le dejó un fuerte ardor amargo en la garganta. Pero ahora, una sensación de frescor y bienestar invadió su boca y su estómago, y acabó expulsando un tremendo eructo que le hizo temblar de placer. Después cruzó el comedor a grandes zancadas y localizó a Levián sentado en el sofá con las piernas abiertas, la cabeza reclinada en el respaldo, los ojos cerrados y la frente cubierta con una toalla empapada. Los pasos violentos de Héctor, acercándose, le hicieron incorporarse inmediatamente, pero sin tiempo para reaccionar, el alemán le agarró por el pecho de la camiseta hasta dejarle de pie, inerte, todavía aturdido por la migraña. Héctor levantó el brazo y cerró la mano que se recogió en un puño semejante a una maza. Y Levián, involuntariamente, le facilitó las cosas al dejar caer hacia atrás la cabeza; un peso muerto y doloroso, una cabeza de pájaro, un cuello de ave; el miembro flojo de un mártir indefenso a punto de recibir el golpe de gracia. Cuando el puñetazo llego hasta su nariz, Levián Venozza sintió como le reventaban todas y cada una de las minúsculas celdas en las que se dividía su cráneo. Una explosión que le dejó tirado al otro lado del sofá. Héctor Koops dio la vuelta y lo recogió de nuevo, por el pecho de la camisa, levantándole con fuerza para dejarle después sentado, como un muñeco, en uno de los sillones. 
  - ¿No te he dicho, que debías traerla de nuevo al Matrix? 
  -  No...
  -  ¿Qué has dicho?
  -  Esa máquina...No la dejaba nunca sola.
  -  ¿Tan difícil es acabar con una charlatana de carne y hueso? ¡Pero, si todos los humanos son iguales! 
  - Héctor, nosotros también somos humanos... (Levian le observa atentamente, escudriñando cada parte de la anatomía de su compañero). Mírame, Héctor, estamos fuera. Joder, tío, me estás asustando...Tú sabes muy bien que con Nueve Mundos, se acabó el juego. Entonces éramos unos niños con ganas de divertirnos. Recuerdo que toqué el cielo con las manos, el día en que me metieron en el cuerpo de un sherif que mataba a destajo. Pude sentir el valor, el poder, la sangre, el triunfo y también la muerte, cosas que jamás en esta vida, de otra forma, hubiera sentido, ¡y salir ileso de tantas aventuras extremas!. Después, nos invitaron a volver a probar. ¡Vale! ¡Caímos como moscas! ¡Atrapados por una adicción demasiado dulce! Vivir sin nubes, era lo que siempre quisimos, nos prometieron tanto, y creímos poder conquistar, esta vez solos, sin guías vitales de por medio, universos indómitos e iliadas sorprendentes. ¡Y todo por unos cuántos miles de euros! ¡Sí, ha sido la leche, tío!. Pero ahora, dicen que todo ha acabado. Y tú, Héctor Koops, el ricachón, el más villano, el hijo del mafioso, quieres seguir en tu papel. ¡Kómputo ya no existe! ¡Estás fuera! ¿Lo entiendes?
  - ¡¡Y qué se yo!! ¡Fuera, dentro, dentro, fuera! ¡Me vais a volver loco! (Héctor comienza a dar traspiés por la sala, de allá para acá, como un gato encerrado). Esa mujer, Lu, decía tooooodo el rato: "estamos en el Matrix, estamos en el Matrix, me has engañado". Después nos precipitamos, fuímos derechitos a la muerte, pero mira, salvé mi vida, ya ves, ¡pero eso para ti no significa nada!¡Para mí significa, que  nos mantienen jugando! 
  -  Héctor, esa gente de la Corporación, nos ha jodido la vida, fíjate, ya no sabemos ni quien somos, ni donde estamos, ni a donde coño vamos. (Levián Venozza, se coloca otra vez  la toalla húmeda en la sien y la sujeta con la mano). Ni siquiera si vivimos en una de las dos realidades que compramos, o en la que nos tocó vivir por derecho. (Venozza se levanta y se acerca a la ventana). Por cierto...¿Qué has hecho con la escritora?
  - Eso no te importa.
 (Levián Venozza se gira lentamente empuñando un arma). 



  - Pero a ésta (le apunta presentando sus credenciales), sí que le importa. Y estoy seguro que no le harás esperar una respuesta.
  - Desapareció.
  - No me digas...
  - Comenzamos a caer...Fue durante unos segundos. Pude besarla. Y en ese momento olvidé lo que fui. Recuperé mi identidad.
  - ¿Qué pasó después?
  -  Al impactar en el suelo, todo voló por los aires. Yo aún sostenía su cabeza. Aún tocaba sus labios con la punta de mi lengua, cuando de repente, su cuerpo se hizo añicos delante de mi. Se rompió como un cristal. ¡Fue increíble!  
  -  ¿Qué has dicho? No puede ser...
  (Koops asintió con la cabeza).
  -  ¿Qué significa eso, Levián? ¡Tú lo sabes! ¡Ella te confiaba las reglas del juego, la letra pequeña, esa que nunca se llega a leer por falta de interés, porque prefieres saltártela y no perder más jodido tiempo! 
   (Venozza guarda el arma y se dirige corriendo hacia la puerta de salida).
  -  ¡Vamos, Kómputo! ¡Tenemos que irnos! ¡Rápido!
  - ¡¿Ahora me llamas por mi nombre?! ¡Por fin lo has entendido! Como en los viejos tiempos.
  -  ¿Tienes coche?
  -  Sí. Es ese.
  -  ¿El fiat? Ahí no me caben ni los pies, tío.
  (Venozza abre la puerta del copiloto y el cuerpo de una chica cae al suelo desde el asiento). 
  - ¡Joder! Pero, ¿que has hecho?
  -  Practicar para cuando encuentre a esa entrometida.
  -  Vamos, arranca, ya se donde encontrarla. Te lo explicaré todo por el camino.



     Continuará.

       ¿Todavía quieres jugar conmigo, Reader?
         



domingo, 17 de febrero de 2013

Capitulo III. Baobads en la niebla.

  Resumen de los capítulos anteriores:



  Una mañana de principios de año de 2015,  una sorprendente noticia ocupa las portadas de los periódicos nacionales: La desaparición de una conocida residente, la escritora Lu García, en el pequeño y apacible pueblo de L'Aldosa, en las montañas de Andorra. La policía interroga a todos los vecinos y conocidos, hasta que finalmente señalan como principal sospechoso a un joven habitante del pueblo, Levián Venozza, amigo de la escritora. En el interrogatorio el hombre explica al comisario que el secuestro forma parte de un macabro juego, y que la desaparecida trabaja para la famosa Corporación, el Centro de Realidad Implantada, en Barcelona. Mientras Levián intenta zafarse de las afiladas preguntas del inspector, un coche escapa del país a toda velocidad. A través de profundas venas y arterias, el alemán Héctor Koops conduce mientras discute con la mujer a la que acaba de secuestrar, Lu García. La escritora, muy triste por la reciente muerte de su amiga y compañera, la máquina Tránsito Roja, a manos de Kómputo, identidad de Héctor en el juego, repudia al que un día fue el amor de su vida. Ni las excusas ni los pretextos disipan la profunda decepción que ella siente en esos momentos. Además acusa a Héctor-Kómputo, de mantenerla todavía en el Matrix, y sostiene que viven, en esos momentos, en brazos del imprevisible Eterno Presente. El hombre aparca a orillas de un acantilado y la desafía-si tan segura estás de que esto es un juego, podemos arriesgarnos a morir, ahora mismo, porque saldremos ilesos-. La escritora no duda ni un momento y le ayuda a colocar la marcha atrás. Segundos después el coche se precipita desde cien metros de altura, mientras se besan apasionadamente.





                   Capítulo III: Baobads en la niebla.  
  Hubiera querido, una vez en el fondo del abismo, mirarla a los ojos. Soñaba con pasear con ella por las alamedas de Berlín. Del brazo, como los novios; sus hombros tocándose estrechamente, los brazos en contacto a todo lo largo, como un preso y su guardián. Pero, en vez de eso, se encontró solo. Solo, pero vivo. Levantó la cabeza y sus ojos se perdieron entre cerros, rocas y vegetación que se desplegaban sobre él, con la perspectiva de un dibujo técnico, estrechándose como el cuello de una botella.  
  Fue allí, desilusionado con su destino, junto al amasijo de su coche, como se convenció de que pasaría toda su vida frente a las puertas de la Corporación, haciendo cola, junto a otros miles, mendigando más aventuras, más juego, esperando en silencio que le llegase, desde detrás de esa falsa realidad que vendían, alguna palabra, algún archivo, alguna escena emocionante, algún encuentro con ella, aunque fuera el último. Él podía esperar largamente, sin impacientarse, porque su capacidad de espera era inmensa, porque le sobraba el tiempo y el dinero, y porque sabía que nada le alejaría de su mujer. Ella había desaparecido, otra vez, le había engañado con sus tretas, se le había escapado de las manos, a veces, Lu se le antojaba líquida, una garfada de agua helada que le chorreaba por las palmas imposible de retener. Pero eso iba a terminar, porque de lo único que carecía y no disponía, era compasión, que él no habría de pagar más que otros jugadores para asumir un avatar protagonista y después relegarle a la miseria de un personaje secundario, abandonado y repudiado. Alzó la vista de nuevo y alcanzó el boquete de la salida, prendida al azul del cielo y hasta vio una nube, algo deshilachada, pero una bella nube al fin y al cabo. Se agachó hasta colocarse de cuclillas, lo justo para coger impulso y arrancó los pies del suelo con la agilidad de un diablo. En pocos segundos pisó de nuevo el asfalto, dejando atrás los cien metros por donde -sabía Dios cuando-, se habían precipitado.   
  Caminó por el margen de la carretera. Un paseo solitario, echando pasos como un sonámbulo, dando traspiés sobre la linea continua, con el corazón reducido a un músculo vibrante. Pensaba en ella. Querría odiarla, para así trazar un plan de venganza digno de su rango, pero no podía. El amor le había enternecido. Y ese miserable sentimiento humano, le hizo desternillarse de risa, como un demente. No veía ante sí más que desesperación, una desesperación absoluta: que ningun pensamiento racional podía aplazar o aliviar, desesperación como único contenido de su vida. En torno a él crecían las aguas de un destino sombrío. No había más que desventura. 
  Ahora debía volver a L'Aldosa y sacar de la mierda a Levián Venozza. No podía permitirse perder más batallas, que él era un villano. A pesar de sus intentos por ser mejor persona, los demás lo empujaban una y otra vez a lo incognoscible, a ser un personaje sin nombre ni rostro, sólo maldad. Si era lo que querían entonces había que dejarse ya de tonterías y amoríos y comenzar haciendo pagar a un inocente por todos sus fracasos. 
  Fue entonces cuando aquel minúsculo fiat rojo se detuvo a sus pies y una bella mujer de ojos castaños, asomó el rostro mientras le sorprendía con una dulce sonrisa.

  
  Ya no habría más comienzos defectuosos. Solo baobads, sus manos serian, en las terribles pesadillas de sus víctimas. 


  Continuará... 
    
  
     

lunes, 4 de febrero de 2013

El columpio de Federico II.


  
Barco que me llevó hasta la casa
 de Federico García Lorca.

  - ¡Don Federico! ¡Don Federico!
  - ¿Quién va?
  - ¡Soy yo, Don Federico! 
  - ¿Donde estás, mujer? No alcanzo a verte...
  - ¡Aquí! ¡Aquíii! He quedado enredada en las entretelas de sus sueños, como una pechina sin voluntad rodando a merced de las olas. Perdone, Don Federico.
  - Anda, ya que has venido, pasa.
  -  No quisiera molestar...
  -  Por aquí tampoco hay mucho que hacer. De vez en cuando una tragedia en tres actos y siete cuadros, ahora un relatito para entretener a Dios Padre, ahora unos cuartetos para las vírgenes... (Lorca me invita a pasar a un saloncito vestido con delicados muebles de cerezo, ubicado en medio del campo. Tomo asiento en una pequeña butaca estampada). 
  - ¡Vaya! Veo que la inspiración es generosa por aquí arriba. Creo que después de muerta yo también seguiré escribiendo.
  - Yo no sabría hacer nada más. (Federico me sonríe mientras sirve el té).
A propósito, ¿cómo me has dicho que te llamas?
  - No se lo he dicho todavía. Me llamo Lu.
  - Lu, de... ¿Lucrezia?
  - Sí.
  - ¿Y por qué lo abrevias? 
  -  ¿Mi nombre? Bueno, es tan serio y triste...
  -  ¡Nooo! Tu nombre suena como la ráfaga de viento que escapa por la fisura de un marco...¿Eres escurridiza? Apúesto doble contra sencillo que escribes para huir de las responsabilidades. (Lorca me mira con los ojos redondos como escotillas, abiertos a un mar encabritado, intransitable).
  - ¿Ah, sí?
  - ¡Aha! La tristeza no la lleva tu nombre, sino tú misma. La  has prendido en tu pelo y en tu pecho, un niqap que te impide ver más allá de las nubes. No eches la culpa a nada ni a nadie, querida.
  - ¿Y como lo sabe, maestro Federico? ¿Qué sabe de mi?
  -  Bueno, es lo que tiene ser polizonte en los sueños de otro. Concede esos y otros privilegios.
  -  ¡Pero si fui yo quién salió en su busca! Recuerdo que subí a un hermoso barco fletado por mariposas de colores.
  - En fin, que más da quien salió en busca del otro. Tú...Yo... ¿Sabes? Siempre me pregunté desde que era un niño, si las personas con las que yo había soñado, a su vez, también habrían soñado conmigo aquella noche.
  - ¿Y nunca les preguntó?
  -  No, ¡pero ahora ya lo sé!
  -  ¿El qué?
  -  ¡Pues que sí! ¡Ven! (Lorca me obliga a abandonar la cómoda butaca estampada y me agarra de la mano, arrastrándome con fuerza). Te presentaré a alguien.
  - ¿A Dalí?, ¿a Buñuel?, ¿a Pedro Salinas? 
  - No...un columpio...
  - ¿Un columpio?
  -  ¡Sí! ¡Sube, mujer! ¡Venga! (Obedezco. Me acomodo sobre la tablilla y me agarro a las cuerdas con ambas manos. El poeta de Bodas de Sangre y tantas otras maravillas, comienza a empujarme. Al principio, suavemente y noto sus pequeñas palmas en mi espalda, las mismas que tanto escribieron, que tanto arte derramaron, las que tanto amé y soñé. Comienza el balanceo. Es muy agradable. Y me río sonoramente, sin cortarme).
  - Federico, esto es muy divertido...
  - Querida, niña, lo he hecho siempre...
  - ¿El qué? ¿Soñarnos?
 -  No..., no... Empujarte...Yo siempre he estado detrás de ti... Ya supe quien eras desde el principio. Tantas veces nos vivimos, como tantas  nos morimos en los sueños de papel...
   Ya escribí un día:
  
                  Noche Del Amor Insomne

         Noche arriba los dos con luna llena,
         yo me puse a llorar y tú reías.
         Tu desdén era un dios, las quejas mías
         momentos y palomas en cadena.

         Noche abajo los dos. Cristal de pena,
         llorabas tú por hondas lejanías.
         Mi dolor era un grupo de agonías
         sobre tu débil corazón de arena.

         La aurora nos unió sobre la cama,
         las bocas puestas sobre el chorro helado
         de una sangre sin fin que se derrama.

         Y el sol entró por el balcón cerrado
         y el coral de la vida abrió su rama
         sobre mi corazón amortajado.

  - ¡Vuelve cuando quieras, amiga! (Lorca me empuja con fuerza hasta que me desprendo del columpio como una hoja a la que levanta el viento. Ascendiendo por el cielo, en el cielo claro del campo, y le pierdo de vista). Quedó claro, como no supe interpretar antes nunca, que los sueños se forman como las perlas: secretos en sus conchas cerradas; y ahora la luces tú, ahora las luzco yo...Pero, siempre, sueños secretos son. Y desgraciadamente habrá que ocultarlos, sin que ninguna de las partes sepa que prende en su pecho, las joyas del otro.

Federico García Lorca.

Cuidado con quien sueñas esta noche.
Seguramente, también lo harán contigo.


Buenas noches.