De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


martes, 30 de octubre de 2012

Venozza: Veleidades, vicios y debilidades.


  Querido Reader:

  En los próximos posts, te iré presentando a todos los personajes que forman parte de mi segunda novela, Vivir sin nubes, y que muchos de vosotros ya conocéis, porque han aparecido en la primera, Nueve Mundos, el origen. 

Como bien sabes, Mentes Mecánicas es el nombre de esta trilogía que se completará con la última, Kilometro Cero.
  Hoy quiero comenzar, por uno de los personajes más repudiados. Un hombre sin escrúpulos; El juez de Isthar. 
  Bienvenido a esta aventura sin límites. 


Venozza, el temible juez y alguacil de Isthar.
  
  Vivía absolutamente solo, apenas molestado por las charlas de los soldados, los extraños ruidos y rodamientos de las cabezas que mandaba cortar sin inmutarse y por algún ladrido que rompía el silencio. Le gustaba pasear por la Plaza Central mirando las hojas de los árboles  y escuchando, entre distraído y maravillado, el canto de sirena de su amada Isabel. Su vida era una vida demencial, de villano. "No me escabullo de los hombres porque quiera vivir tranquilo, sino porque quiero sucumbir tranquilo". Tenía la impresión de ser una piedra, de ser incapaz de enternecerse, de estremecerse, de ofrecer piedad, de sentir lástima, de compartir experiencias con los demás; o una estaca hincada oblicuamente en el pecho de un inocente en una oscura noche de invierno; o un espectro, que revolotea en torno  a su propia horca de la Plaza Central. La idea de la muerte le hacía vacilar. Cada vez que abortaba un intento de asesinato, del que hasta ahora había escapado con la habilidad de un demonio o un santo, acariciaba la idea de estar muerto. Y cuando lo imaginaba, era como volar hacia la cima de una montaña; pero llegado allá arriba, al dominio del vértigo, caía y se levantaba, se desplomaba y reanudaba la subida, sufriendo a cada instante la tortura eterna de la muerte. Siempre planeando sobre su sombra negra, como su alma, como el destino de los que mandaba ahorcar o decapitar, según el viento que soplara. Vivía con lo puesto, a pesar de ser uno de los hombres más acaudalados de Isthar. Comía en el suelo, con los perros, en lo provisional, en la tierra, en las raíces, como un esbirro del demonio, en su barraca de madera y barro asediada por las ratas, con los harapos roídos, las barbas ralas, la podredumbre incrustada, fuertemente asentada, formando grandes costras abultadas, destilando los olores propios de un cadáver. Y a pesar de toda esta horrible existencia, el deseo por poseer a Isabel, su joven y dulce sobrina, lo cura de sus amargas desventuras: le da fuerzas; y lo empuja de nuevo entre los hombres, a conversar con ellos, cuando golpea una y otra vez en la puerta de casa de su hermano, para que le entregue a su hija. Venozza sabe que ese es un proyecto ambicioso, que él había trazado mucho tiempo antes, cuando empezó amando a la madre de Isabel, y que se había quedado a medias, como un derrelicto abandonado e inútil. 


Anna, madre de Isabel.
  "VIVIR SIN NUBES" 





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Lucrezia García Mameghani

                                                                  Trust in me!





martes, 23 de octubre de 2012

La linea discontinua.


  

  He de reconocer que a veces el RIESGO es una garfa de agua helada en la cara necesaria para aprender a vivir. Buena para conocerse a sí mismo. 
  Yo te comprendo a diario, me entiendo en días alternos, salto al vacío de mi locura cada tres, me enfrento al límite cada cuatro, me repongo de las desilusiones cada cinco y medito cada siete. A menudo sonrío como una santa y piso el mundo como un ángel. Amo la vida con la pasión de un costalero,  y hasta consigo enamorarme de mis congéneres, vigilo las señales, escurro la bondad y miro la vida con la valentía de un inconsciente. Aprendí a visualizar a mi enemigo, como el niño que un día fue, y disipo la envidia, bebiendo a sorbitos de la fuente de tu sabiduría. Pero, a veces, ocurren pequeñeces, que deshacen las grandes teorías.  
  Hoy me levanté rociada sobre tu cuerpo, miles de pixeles que se fundieron como el polvo, para asentarse después, sobre el infortunio y los avatares de mi razón.
 He roto las reglas, pero no temas: Que aún conservo las alas que cosiste en mis omoplatos inocentes: mecánicas y grandes y fuertes y robustas: indestructibles. Como tu y yo.

 El avatar de la vida continúa. No es más que una linea intermitente, que de vez en cuando, es emocionante rebasar. Conveniente y hasta saludable. 

  Feliz tarde. 
   
  Lu. 

viernes, 19 de octubre de 2012

La llamada del hombre lobo.


  
  Su voz se disfrazó dulce, su conversación se tiñó de palabras saladas, deliciosas y las pausas, eran el relleno de su amargo ingenio. Lo intentó todo con tal de quedar con ella. 
  Marcar su numero no fue tan dificil. Y cuando la mujer respondió, el lobo se ocultó tras su máscara de hombre.
 Todo comenzó cuando él escribió su nombre en la pantalla. El buscador le sirvió imágenes y palabras sorprendentes.  Ahora la mujer penetra en su retina dolorosa y profusamente, pero le ocasiona un placer inmediato, un orgasmo que nace en el epicentro mismo de su emoción. Está aturdido, perdido en el bosque de sus entrañas, mientras recorre cada rincón de la imagen, despacio, sin prisas, complacido; bebiendo la ocasión a sorbos. 
  La necesita más. Desea saber más. La desea más y más...La excitación no da tregua, ni descanso, le mantiene en la cuerda floja, sin pegar ojo, entre eléctricas sacudidas que aparecen y desaparecen, para segundos más tarde volver a invadir todo su ser. 
  Han pasado veinticinco años. Sin embargo, los recuerdos surgen como la costra de una herida: viva y latente, a punto para arrancar y verla sangrar, para volverla a sufrir, aunque solo sea una vez más.

Feliz fin de semana.

sábado, 13 de octubre de 2012

El trueque.


L'Aldosa, La Massana. Andorra. Uomo 3112.

  A principios de la primavera de 3112, Anax y la escritora, Lu García, se instalaron, tras su destierro del avatar, en una casita de piedra con vistas al mar en la misma aldea donde ya había vivido tantas aventuras, mil años atrás. Ahora Andorra era un solitario universo comprimido de montañas y rocas en un terreno líquido. Se alegró mucho de que con los años y el lógico progreso de la tecnología y la capacidad de hombres y máquinas, se hubiera conseguido lo imposible años atrás, traer el mar a los Pirineos. 
L'Aldosa, era ahora una preciosa aldea marítima de azules, blancos y verdes. Descubrió maravillada, un pueblecito de pequeñas orillas marcadas por el mordisco en la tierra del Creador, vestida a golpe de ganchillo, con puntillas de blanca espuma, arenas color ámbar, sueltas y finas, nacidas de la mismísima corteza de los árboles. Lu se preguntaba qué habría ocurrido con los seres humanos. Desde hacia semanas no habían visto un alma. Entonces pensó que quizás estaban solos. Se arrepintió, una vez más, de haber dejado aflorar su rabia en vez de entablar una conversación civilizada con los desconocidos que se encontró frente a su casa. "¡Qué tonta fui!". Pero cuando volvió, la calle ya había desaparecido y en su lugar, había una cañada inundada de pequeños arbustos enmarañados y comprendió, que todo había sido un espejismo. 
  La vida se compone de momentos, más o menos corrientes, pero siempre importantes. Sin darnos cuenta, a veces, los dejamos perder, y luego ya es tarde. Nunca más volvió a encontrarse con aquellas personas, ni con ningunas otras. Pero eso cambió, una mañana de hace un par de días.
   Aquella mañana a la que nos referimos, Lu había colocado en el suelo de arena, frente a la entrada, y con las vistas al mar, unas hermosas mecedoras de madera color hueso, que había conseguido a través de un trueque, con un nómada nostálgico, que había aparecido por sorpresa, tranqueando por la playa.  Él le había contado, mientras sostenía toda sus pertenencias a la espalda, que echaba tanto de menos su país, que el corazón se le abría como una nuez, al recordar, su querida tierra. -No podrías escribirme algo, no sé, no necesito mucho, de verdad-. Me suplicó. -Bueno, veremos lo que se puede hacer-le contestó la escritora, pensando en las dos preciosas mecedoras que llevaba atadas en ambos costados, como un mulo. Le pedió que le explicara cosas de su amada tierra, Castilla, y mientras volaba junto a él y sus bellos relatos y descripciones, ella escribía con un palito de naranjo y una poca tinta, unas rimbombantes estrofas. Momentos después, escritos quedaron unos poemas, en una tablilla de madera arrancada de un viejo armario. El hombre, tras repasarlas con sus ojillos cansados de alma errante,  miró a la escritora y se echó a llorar. Lu observó lo espesas que eran sus lágrimas, como dos gotas de lluvia eran, y caminaban despacito por su rostro flaco, en silencio, rodando sin querer molestar. Le pareció que ese hombre perdía día a día el juicio, con su dolorosa añoranza, y que trataba de entenderse a sí mismo, echándole la culpa a esa soledad impuesta, para entender y justificar sus desvaríos quijotescos. Y  así se alejaba, justificadamente, de la vida que le sobrevenía impuesta.  
  También ella, a él, le pareció irreal: una pura silueta recortada en un papel de seda verde, que crujía lentamente a cada gesto y a cada paso; una sombra nada más que no armaba ruido, que nadie veía, que daba saltitos a lo largo de la playa, desapareciendo a veces en el espejeo de los ojos de su hijo Anax, y que no podía exponerse a la luz porque se habría disipado al primer rayo del cielo. Si la escritora había perdido su sombra, él había perdido su cuerpo y su razón. También como ella, el viajero, sentía que era indistinto, que no tenía contornos, que se disolvía en la atmósfera. Si sufrían ambos de irrealidad, solo tenían un camino ante sí para existir. Debían fingir, representar siempre nuevos personajes y papeles en el gran teatro del mundo. 


Momentos antes de partir, el nostálgico viajero.
  Lu y Anaximandro se sentaron a descansar en sendas mecedoras de cara al mar, tras despedir al solitario Quijote, que aquella mañana, les había cambiado unas viejas mecedoras de madera de nogal, por unos rimbombantes "Versos para el alma".
Tras pocos segundos, ambos se acomodaron e iniciaron un hermoso balanceo que hizo crujir las castigadas vértebras de las sillas. Madre e hijo cerraron los ojos, totalmente relajados. Entonces, en el espacio se abrió una puerta, que nunca debió volver a aparecer.  E inesperadamente, un agujero hacia un nuevo avatar, en el Universo del Eterno Presente, quedó a la vista. 

  Nunca subestimes a una vieja mecedora. Son más peligrosas de lo que crees.
  
  Vuelven, desde la fría Aldosa, las historias de la  Mecedora Imprevisible.
 ¿Te las vas a perder?

  Feliz fin de semana, querido lector. Lu.


   

viernes, 5 de octubre de 2012

De vuelta a casa.


Lu abandona el avatar del que ha sido prisionera durante miles de años.


  Según Anaximandro, mi hijo,  yo nunca debí salir de las montañas. Seguramente, de esa forma, no lo habría perdido todo. Pero ahora ya era demasiado tarde para pensar en ello. A veces hacemos cosas de las que nos arrepentimos, de las que nos cuesta responsabilizarnos y decidimos guardarlas en un bolsillo muy discreto, sin destruirlas del todo, y así poder aprender del desastre que ello causó. Y solo en algunas ocasiones, de esos errores, a veces, brotan cosas buenas y eternas. Y mi hijo, engendrado en el amor, era un hermoso ejemplo de ello.
  Abandonamos Murundo en una potente moto que Anax había escondido tras unos baobads, perseguidos de cerca por una docena de soldados. Mientras escapábamos de la barbarie y de los hombres de la Fabrica, enfangados en una guerra desencadenada por unas máquinas enfurecidas por tanta desigualdad y servilismo, pensaba en Tránsito. Intentaba conectar con ella, pero era imposible. Fuera como si su pensamiento estuviera desconectado. No la sentía. ¿Habría muerto durante el asalto del ejército a Murundo?
  El fuego ya abrazaba por completo la ciudad portuaria, hasta dejarla tísica, sin vida, si es que en algún momento la tuvo. Y no es que a mi me pareciera un lugar aburrido, al contrario, que aquí pasé muy buenos momentos, aunque éstos, ya pasaron a mejor vida, enterrados entre tantos otros amargos, nacidos bajo las faldas de la esclavitud. 
  La figura negra y humeante de la colosal ciudad de alquitrán, desprendía olas de humo tan altas, que alcanzaban el cielo y lo perforaban hasta asomar los tentáculos por el otro lado del Universo. 
  Por fin llegamos hasta la playa. Bajamos de la moto rápidamente, cuando los soldados aún seguían robándonos el aliento, hasta llegar a una gran planicie. Anax dibujó un circulo en el aire y abrió una puerta estelar. Segundos antes de que pudieran alcanzarnos con las puntas de sus espadas, Anax y yo desaparecimos para siempre por el entramado de vías interestelares. Ambos sabíamos que esta fuga era irreversible. Una escapada con destino aleatorio, que únicamente se atrapa una vez. Una y nada más. El tren pasaba por nuestro lado y decidimos aprovechar. Fue nuestra decisión.
  Una vez de regreso a las montañas de L'Aldosa, constatamos que los años habían pasado por cientos. Ya no había ni rastro de las calles, de las gentes ni de las casas de siempre.
  
La vida se nos había adelantado 1.000 años. 



Foto del año 3112. L'Aldosa, La Massana. Andorra.
Continuará...

Nota de la autora:

 Lu, había vuelto a su lugar de origen. De sus aventuras por el Imprevisible Eterno Presente, conservaba un regalo de incalculable valor: un hijo. Lo demás lo había perdido todo: su casa, sus amigos, su trabajo...Su vida anterior.
  Al asomar por la esquina de la calle donde había vivido, echó la vista al muro donde se alzaba su bella casa de piedra y vio, junto a la puerta de entrada, un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa que conversaban tranquilamente. Al acercarse todos los miraron inquisitoriamente.
  ¡Fuera de mi casa!, gritó en ese momento la escritora, que por fin había recuperado su figura humana, y estaba totalmente limpia, libre del avatar que la engulló durante miles de años. Pero nadie se movió.
  ¡Vamos, madre!, respondió Anaximandro. Nosotros ya no pertenecemos a este lugar. 
  Buscaremos un nuevo hogar.

Que así sea.

lunes, 1 de octubre de 2012

...en tu lugar.





Anaximandro y Lu García, en el Eterno Presente.
  Lu reconoció en unos ojos salvajes, un rostro demoledoramente bello y una tristeza impuesta, a su hijo Anaximandro. Consideró la posibilidad de estar ante él, consideró por unos momentos que quizá el hombre joven que le repetía una y otra vez que debían huir enseguida del psiquiatrico, era Anax. Al segundo siguiente, la idea le parecía descabellada y sin el menor sentido: su hijo era solamente un bebé, cuando Tránsito vino a buscarle antes de que se la llevaran a reparar a Ottonburg, hacia solo un par de meses. 
- Si no me dices quién eres, no me moveré de aquí. 
- ¡Lu! ¡Ahora no! 
- No puedes ser mi hijo. Sin embargo, tu cara...
La mujer le deja caer la mano desde la coronilla a la nuca. Después le prende la piel de las mejillas con delicadas caricias de seda. Anax se retira bruscamente.
-  ¡Eso no es importante ahora! ¡Si no quieres creer que aquí os están utilizando como ratones de laboratorio, dímelo y te dejaré morir! 
-  Anax, eres tu, ¿verdad?
-  ¡Sí, madre, sí! ¡Y ahora, vamos!
-  Pero, yo te dejé hace algunos meses. Y eras tan pequeño...
-  Estás confundida.
-  ¿Confundida?
-  Sí. Nos ha costado mucho encontrarte... ¡Llevas encerrada veintiséis años!
-  ¡Eso no es posible!-grita la mujer mientras corre hacia un espejo-. Además, las máquinas no sobrevivimos más de cinco o seis años. Nos sustituyen por otras más sofisticadas. ¡Mírame, Anax! ¡Ni rastro de óxido! 
  El joven enseguida detectó la presencia de robots en la zona y agarró de su madre por la cintura hasta colocarla por encima de sus robustos brazos híbridos. Se acercó hasta el oscuro ventanal de hierro, abierto en par en par, apartó las cortinas y  saltó al vasto y espinoso vergel de enredaderas, en el lúgubre y funesto jardín que envolvía Ottonburg hasta engullirlo por completo. Una vez allí inició la huida con su madre en brazos. Entre tanto, cientos de androides escapaban a través de las numerosas salidas de emergencia, ventanas y respiraderos del edificio. Lu miró horrorizada a su alrededor, mientras Anax la alejaba rápidamente de allí. La imagen de la estampida era dantesca. Se preguntaba quién habría dejado escapar a todas aquellas máquinas. Anax le guiñó un ojo. 
  Lu se alegró mucho de la hazaña de su hijo. Vio a sus compañeros y compañeras luchar a muerte contra los opresores, con valentía y determinación. "Antes muertos, que esclavos" 
  Mientras Anax corría entre la maleza con los pies desnudos como un animal salvaje, a Lu se le incrustó en la cara una flor roja. Él se la quedó mirando, sin dejar de correr, y ante la imagen, arrojó al vacío una fuerte carcajada. Ella le siguió y ambos rieron durante un buen rato. Luego Lu le besó en la mejilla. Anax se detuvo de repente. 
  -¿Qué pasa?-preguntó Lu.
  - Estamos rodeados por  seis hombres. No te muevas-le ordenó Anax.
  El que parecía el cabecilla les increpó.
  - ¡Deja a esa máquina traidora en el suelo!-ordenó. 
  Pero Anax movió la cabeza negativamente sin soltar a su madre de los brazos. El hombre se acercó y les golpeó.
  - ¡Venga! ¡Haz lo que te digo!
  Anax trató de escabullirse; pero fue empujado por detrás y casi cayó al suelo.
  -  ¡No tenemos nada contigo! ¡Lo único que nos interesa es esa loca! Suéltala, déjala en el suelo!-repitió el jefe-. En cuanto lo hayas hecho te dejaremos libre.
  Anax miró a los seis hombres. No había duda de que ardían en deseos de hacerle daño.   
  Lentamente soltó a Lu. La dejó muy cerca de él. La mujer, presintiendo el final, buscó la mano de su hijo, y la encontró cálida, acogedora y confortable como un nido.
  Se produjo un palpitante silencio.
  De pronto los cañones de los chalecos anti-balas de los celadores soltaron sus cargas mortíferas.
  Un verdadero infierno se desencadenó en el campo de batalla.
  Lu se apretó contra Anax, avanzando lentamente por los charcos de alquitrán y aceite de motor que cubría la pendiente donde estaban los seis hombres, mientras ellos seguían disparando. Los androides gemían, gritaban, soltaban sus fusiles y se desplomaban. Los robots con forma de caballo se encabritaban; vomitaban gasolina.
  Las sirenas dejaron de sonar.
  Ottonburg era un horrísono tumulto de chasquidos metálicos y de aullidos de muerte sintética. 
  - Vamos madre. Salgamos de este infierno, del que ya has escrito durante veintiséis años y once meses.
  - Esa munición...Nos atraviesa sin más, y aquí estamos, seguimos vivos...
  -  Sigue hacia adelante, madre. No dejes de caminar.
  - ¿Cómo saldremos de aquí, Anax?  
  -  De la misma manera que entraste, muy al principio de esta historia. ¿Te acuerdas, madre?
  
  Continuará...


"Los robots con forma de caballo se encabritaban; vomitaban gasolina".