De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


domingo, 30 de septiembre de 2012

No habrá nadie...


Hospital psiquiátrico de Ottonburg en Murundo, Titán. 
  En los primeros días de 2124, a Lu García la recluyeron en un hospital psiquiátrico de Murundo, para tratar sus trastornos, en un último intento de devolver la correcta funcionalidad a una androide con una grave tara de fabricación. Cuando vio por primera vez  Ottonburg, sintió pánico: era colosal y un poco parecido a "un cementerio". Pidió que la devolvieran a su casa en l'Aldosa, pero los guardianes, burlándose de sus desvaríos y  haciendo caso omiso, la dejaron plantada ante una larguísima y punzante verja de hierro, con una maleta panzona de cuero marrón en una mano, y 30 créditos en la otra, para los primeros gastos.
   Algunos días después, inexplicablemente, había conseguido encontrar su sitio en la clínica; y el psiquiátrico, no obstante su aire fúnebre o justamente por eso, llegó a gustarle. Los residentes eran todos seres de origen mecánico. Lu se había hecho preparar una mesita aparte, tanto por sus hábitos alimenticios como por ser una seguidora del método humano, que la obligaba a ingerir alimentos, masticar o ir al baño. Pero, no bien se sentó, un ingeniero de la compañía que ocupaba la cabecera de la mesa, la invitó enseguida a la table d'hôte tan cordialmente que Lu no pudo negarse. Aquel hombre de mediana edad, pequeño y afable, la había hecho reír en un par de ocasiones y eso la abstrajo de sus miedos. Bien entrada la tarde, Lu se retiró a su celda. Le gustaba sobretodo el balcón de su cuarto: estaba en la primera planta, expuesto al sol y metido en el jardín, rodeado, casi inundado, de ramas floridas, las lagartijas y los pájaros se acercaban a ella; y, al fondo, los arbustos en plena floración, altos como árboles, formaban una especie de bastidor teatral, mientras que, más lejos, otros grandes jardines-en realidad, los trenes de la Corporación cargados de máquinas estropeadas-parecían susurrar. Pasaba la mayor parte de la jornada tumbada casi desnuda en el balcón. Un día, le cayó sobre el hombro derecho un delicado diente de león, y ella lo recogió en las manos, formando un cuenco, donde lo retuvo hasta desnudarlo de un colosal soplido. Esos deseos, que alcanzaban el espacio y se alejaban lentamente, dispersándose entre la maleza salvaje del jardín, era todo lo que tenía ahora. 
  En aquellos días escribió dos cartas de papel: una iba dirigida a Tránsito Roja y otra a su querido y añorado hijo, Anax. En ellas les explicaba su reclusión obligatoria y las circunstancias de su tristeza. Incluía también una foto que Lu consiguió hacerse durante una revisión médica, en un descuido de sus celadores, donde se la veía demacrada, con la mirada perdida, vacía.
  Apenas sin darse cuenta, entre párrafos agonizantes y trémulas esperanzas, la noche cayó sobre el funesto edificio como una losa sepulcral. Unos golpecitos en la puerta de su cuarto, realizados posiblemente con unos nudillos de carne y hueso, la obligaron a dejar de escribir. Antes de apresurarse a abrir la puerta al posible humano, prendió uno de los gruesos cirios que descansaban sobre el alféizar de la ventana, y la estancia se iluminó con una dulce luz amarilla: ganó en calidez y hasta la encontró bonita.
  Abrió la puerta lentamente. Al otro lado, alguien la esperaba con impaciencia. 
  Al principio no reconoció a su arriesgado y joven visitante secreto, que le anunció apresuradamente, que había arriesgado su vida; matando a fornidos vigilantes y  trepando por los muros negros y resbaladizos del psiquiátrico, para llegar hasta ella e informarla de los verdaderos motivos por los cuales la habían encerrado en Ottonburg: Nada altruista, por cierto; y ni por motivos médicos, ni por ningún otro relacionado, si no por razones poco ortodoxas y sobre todo, macabras y escandalosas...



Continuará...







jueves, 20 de septiembre de 2012

La insoportable levedad de la existencia humana.

  
  Hubo muchos días memorables, en la vida de la máquina Tránsito Roja, marcados con la piedra tenebrosa de la desventura. Ciertos días permanecieron intactos en su memoria, rodeados de su indecible horror: la noche en que su creador la paseó desnuda por el laboratorio para que la vieran todos, las madrugadas de trabajo a pico y pala en las canteras de Murundo, los domingos de sexo en que ella tenía que satisfacer los asquerosos deseos de su amo y sufrió unos irrefrenables deseos de venganza, el día en que decidió acabar con todo, empezando por su mentor. Estos momentos permanecieron destacados, magnificados, aislados totalmente del resto de su vida. Pero el día memorable entre todos fue la tarde del 5 de agosto del 2005, en el curso de la cual conoció a Lu García. Siempre la recordó, hasta en sus más mínimos detalles: La escritora nunca estaba satisfecha. Siempre ansiaba más, porque detrás de todos podía esconderse el destino. Cada día amanecía con una idea nueva en la cabeza, con una ilusión que a veces, se desinflaba a medida que se cosían las horas al día. A pesar de las decepciones, ella jamás dejaba marchitar sus sueños. Al contrario, los tatuaba en su cabeza, irreversibles, irreparables, imborrables. Jamás se daba por vencida. Muchas veces, Lu llamaba a las puertas de su mente, entonces conseguía resucitar un gesto, ya una palabra que creía olvidada, como si el pasado fuese una isla que aflora lentamente del mar gris del tiempo. 
  Cada vez que ella respiraba, Tránsito la miraba ensimismada. Lu era un modelo más nuevo. Además de respirar, ella sangraba, ingería alimentos y bebidas, bailaba, pero sobre todo era sociable, chistosa y tenía una bonita sonrisa.  En cambio ella, la androide reina por excelencia, poseía otras cosas que las mujeres como Lu García carecían: La soberana levedad de las aves, el arte de distorsionar la realidad, la seducción, la habilidad para atravesar los mundos, los tiempos y hasta las galaxias.
  
  Lu García descansaba sobre su cama, cuando un rayo de sol, a través de los cristales de la ventana, cruzó para quemarle el rostro. Se despertó mareada, sudando y con fuertes dolores abdominales.
  Se dirigió al baño. Levantó el camisón a la altura del pecho y profirió un grito desgarrador.   
  Si antes tenía un cuerpo de carne, ahora era puro holograma. Una reproducción tenue, fina y delicada de su imagen en tres dimensiones. Se atravesó el pecho con el puño, se abofeteó la mejilla, se pellizcó el brazo, hurgó en sus intestinos y en su cabeza, pero nada, no sentía más que la misma falsa percepción del manco o el cojo.
  Entonces recordó alguna cosa de su sueño aquella noche. Parecía casi imposible alcanzar la composición al 100% de aquel recuerdo vaporoso, que le pareció importante. Se esforzó mucho, no se resignaba a perderlo completamente. Se sentó al borde de la cama. Cerró los ojos y acarició las estrellas, alcanzó Titán y llegó hasta Murundo. Allí, sentada en una mecedora de madera, a las puertas de una mansión Victoriana, una androide la saluda con la mano.
  Cae la noche, cierta liviandad invade su cuerpo de holograma, pero ya no está sola ni sigue buscando castillos en el aire, ni quimeras imposibles. Ahora tiene un hijo precioso, de carne y hueso, llamado Anax. Y todo lo vivido anteriormente, ¿a quién le importa si está tejido con sueños o realidades?.
  Anaximandro, que descansa junto a la imagen de su madre, abre los ojos. No son de esta tierra, ni de ninguna otra. Los inmensos ojos del pequeño Anax, están hechos de un amarillo dorado que recuerdan a alguien que pasó una vez por la vida de Lu, para quedarse incrustada en sus recuerdos, atrapada en sus descansos nocturnos y hasta en su descendencia.


 

Y tú, ¿con quién soñarás esta noche?
                          ¡Escapa de aquí antes de que te atrape y ya sea demasiado tarde!





domingo, 16 de septiembre de 2012

El Pacto.


  

   Apartamentos BigCity. Celda 5. Sector E.  Zona portuaria de Murundo. Titán.
 8:10 a.m hora local.

   - ¡Buenos días, tortolitos! Ahí afuera hace un hermoso día gris alquitrán y la temperatura es de -179ºC. ¡No me digas que no te entran ganas de salir corriendo hacia el núcleo! 
  -  ¡Shhhhh! Tránsito, ¿qué haces? ¡Vas a despertar a Alejandro!
  -  Es hora de que se vaya. Ya hemos conseguido lo que queríamos.
  -  ¿A qué te refieres?
  -  ¡Bueno, querida! ¡Estás embarazada!
  -  ¡No!
  -  ¡Sí!
  -  No puede ser...
  
  Lu libera su cuerpo de las tíbias sabanas que la rodean, se levanta de un brinco, agarra a la máquina de un brazo y la arrastra hasta el baño.  
  -  ¡Eso es imposible! ¡Las Máquinas No Nos Quedamos Embarazadas!
  -  Recuerda que yo te dije que tu sí podías. Y las dos estuvimos de acuerdo con probarlo. Eres la primera sintética que conseguimos que se quede en cinta. ¡Es maravilloso!
  -  ¡Oh, nooo! Pero, Tránsito...¿Y ahora que vamos a hacer? ¡Yo pensaba que todo esto era una maldita broma!
  Lu se miró el vientre. Subía y bajaba como un bizcocho en el horno.
  - ¡Joder! Y cuanto tiempo estaré en...
  - ¡Ah! Eso es lo mejor. Estará fuera en 60 minutos.
  - ¿Queeeeeee? 
  -  Tienes 60 minutos para despedirte de este Romeo. ¡Échalo!  

  Alejandro Magno y Lu García paseaban bajo la atenta mirada de Tránsito Roja, por la oscura playa que enmarca el complejo de apartamentos Big City, mientras conversaban tranquilamente. 
  La escritora olvidó por unos momentos sus problemas mientras él le hacia participe de sus observaciones: aquellas extrañas indumentarias que utilizaban por aquella parte del cosmos le causaban una cierta desazón, le parecieron un tanto teatrales y poco prácticas, pero reconoció que eran efectivas para paliar las bajísimas temperaturas imperantes. 
Después Lu se interesó por sus batallas.

  - De aquellas andanzas salí transformado-dijo Alejandro mientras se veía reflejado en los grandes ojos de Lu- porque las verdaderas aventuras transforman a quienes las viven. 
  - Estoy de acuerdo- contestó ella, mientras se recoge junto al gran Alejandro Magno. Se apoya en su costado y éste la acoge rodeándola en sus brazos. 
  - Yo recuerdo mis primeros libros de lectura, como recuerdo los amores y las amistades del pasado, las músicas y las películas de la niñez. Era mi única manera de vivir verdaderas y grandes hazañas. Y luego, en la adolescencia, apareció la literatura dura y pura, que, en cierto modo, vino a ser el sustituto de las drogas habituales. Respiraba letras, me alimentaba de historias, consumía vidas escritas a todas horas. Dicen que perdí el juicio. Me volví loca. Después me retocaron la mente y me quedé así, ni humana, ni máquina...
  Lu bajo la mirada. Alejandro rodeó su cara con las manos, tan grandes y robustas que casi la ocultó por completo, y le besó suavemente en los labios. Después buscó con su lengua la lágrima que empezaba a rodar por la mejilla y la acogió en su boca.   
  - Hemos vivido en épocas tan distantes en el tiempo, que resulta imposible admitir esta realidad presente....Que ahora, tu y yo estemos juntos, que conversemos... ¿Cómo lo conseguís?
  Alejandro intentó con su pregunta alejarla de su tristeza. 
  - Bueno, tiene una explicación lógica, como casi todo. Tránsito y yo tenemos un aparato expendedor de personajes de la historia Universal. Funciona igual que una de esas antiguas máquinas expendedoras de música, pero en vez de escoger una canción, elegimos entre millares de nombres, hasta que aparece alguien como tu. Y esta forma de vida, es lo mejor, lo más bello y lo más delicioso. 
  -¿Por qué? ¿Por qué hacéis eso? ¡Por Zeus, que necesito una explicación!
  - Para conocernos más a nosotras mismas, para divertirnos, para ganarle el pulso a la rutina, para estimularnos, para crear una realidad paralela...Bueno, para pasar mejor la vida...Pero a ti eso, amor mío, no te ha hecho ninguna falta- afirma Lu mientras le acaricia la 
nuca-. Además, con Aristóteles como guía, ¿quién necesita a una máquina como
esa?- preguntó la escritora señalando inquisitoriamente a Tránsito, que les observaba atentamente desde la otra orilla.
   - Aristóteles me dijo una vez, que conocería a una mujer que no se asemejaba a ninguna otra en la Tierra. Y que estaba predestinado a tener un hijo con ella.      
  - ¿A sí...?¿Y qué más te dijo?
  - Que ese hijo acabaría conmigo, con mi ejército y mi imperio, y con el mundo tal y como lo conozco hoy. Pero aún dijo más...
  - ¡¿Qué?¿Qué, más?! 
  - Se llamará Anaximandro y conquistará hasta el último rincón del universo, porque no habrá nadie con mayor intelecto, ni más fuerte, ni más poderoso ni mayor estratega. 
  - ¿Y tu qué contestaste a eso, Alejandro?
  -  ¡Yo respondí, que lo buscaría por los tiempos y acabaría con él antes de que pudiera poner en peligro mis dos imperios!- exclamó el Rey levantando el puño al cielo-. Entonces los dioses me concedieron la inmortalidad y así tener el tiempo suficiente para encontrarle y sacrificarle.
  En ese instante, Lu siente las primeras contracciones de parto. Intenta liberarse de los brazos del Rey de los macedonios y conquistador de Persia y sale corriendo con las manos fuertemente incrustadas en el vientre,  en busca de Tránsito.
  Alejandro Magno, que no reaccionó hasta unos minutos más tarde, llama de un silbido a su fiel caballo Búcefalo, que se acerca manso y complaciente. Lo monta, se agarra fuertemente a la crin del animal y emprende, al galope, la persecución de su amante por las heladas orillas negras de Titán. 
  Lu no corre, vuela; descalza, herida, rota, llorando lágrimas de hiel. Cada paso es un sacrificio. Mira hacia atrás y ve al rey, grande, poderoso, preparado para atravesarla con su espada.
  Lu cae al manto de alquitrán, agotada, blanda, carente de esqueleto, como el ciervo que es asediado durante horas por el león. 
  Entonces, Tránsito, se interpone en su camino, Alejandro sofrena al animal frente a ella, que le sonríe complacida y éste da media vuelta y desaparece en el horizonte.
  -  ¡Cuida a ese niño máquina! ¡Y sobre todo, aléjale de mi!- vocifera el rey mientras se aleja al trote.
  - Descuida-musita la androide.
  
  Tránsito recogió al crío de entre los muslos calientes de Lu, y después de arreglarlo y acicalarlo como un príncipe, se desnudó completamente, se colocaron máquina y engendro junto al ventanal iluminado por los rayos de la luna llena y sosteniéndole sobre su mano derecha dijo:
  - Y tu, mi hijo, reinarás sobre todo el Universo y sobre todas las cosas materiales e inmateriales. Porque un solo Camino Narrable queda: que es. Así serán las palabras que broten de tu boca, perennes. Naces con todo lo bueno y de bien que vive en el hombre y todo el bien y lo bueno que genera en la máquina. 
  Bienvenido al cosmos, Anaximandro. 




domingo, 2 de septiembre de 2012

Segundo Génesis.



Máquina del tiempo propiedad de la Corporación.
  - La verdad, Lu, no sé qué quieres conseguir con estos absurdos viajes en el tiempo.
  - Yo tampoco, Tránsito. Pero me divierten. Eso es todo.
  - ¡Estás loca, mujer! 
  - ¡No me llames, mujer! ¡Tu te encargaste de enseñarme que en éste Matrix sólo soy una maldita máquina!
  - Maldita, no- afirma la androide tranquilamente-. Eres la mejor. Un modelo nuevo, sofisticado y muy duradero, que... 
  - ¡¡Una puta máquina, Tránsito!! ¡Eso es lo que soy! -masculló la escritora-. Y se supone que debo estar contenta por eso, y comportarme como una humana, porque de eso se trata, ¿no?, te construyen como una cosa y luego te obligan a que te comportes como otra.
  - A los humanos también les pasa lo mismo- contesta Tránsito condescendiente.
  - Eso es verdad. 
  - Mira Lu, hace una semana que te traje de regreso a casa. Estabas malherida, muy débil...Contraté a dos soldados, los Dator 111, para que te buscaran por todo el Universo. Al principio, cuando te vi desmontada sobre la mesa de un comerciante del mercado de esclavos mecánicos de Murundo, en Titán, pensé, vale, ya está. Déjala ahí, que la vendan por piezas, y acabémos con todo esto. Al fin y al cabo, ella y tú jamás encajásteis, ya no quiere seguir su leyenda, se ha cansado del programa, ¡bah! Déjala morir...Pero, algo dentro de mi, me hizo ordenarles que te recogieran y te trajeran de nuevo conmigo. No quería acabar así nuestra amistad. No, no podía...
   Lu permanece en silencio, esquivando la mirada de la androide. En el fondo, Tránsito le caía bien. Era como su hermana mayor. Con ella se sentía segura.
  Tránsito rompió a reír. 
  - ¿Qué pasa?-preguntó la escritora-. ¿Dónde está la gracia?
  - En que a las dos se nos acaba de ocurrir lo mismo -respondió Tránsito, la androide.
  Lu se fijó en la puerta de entrada a la máquina del tiempo. Emitía unos destellos a su espalda. Enseguida comprendió y miró a su compañera, pero no le dijo nada.
  Las dos entraron en silencio. Pero pronto Lu rompe su mutismo mientras camina junto a su compañera entre las vías.
   - Oye Tránsito, si hasta menstruamos. ¡Somos unas androides completas, ¿eh?!
   - ¡Las mejores, Lu, las mejores!
   -  Eso significa que...
   -  Sí, eso mismo.
   - ¿Y si elijo un padre humano? ¿Qué tendré?
   - No lo sé. Probablemente eso es lo que se espera de ti. Que tu nos lo digas. ¡Ya sabes, búscate a uno que te guste y hagamos ciencia!
  - ¡Eso! ¡Y entremos en la historia!  
  - ¡Sí!
  - ¿Y tu crees, amiga, que los humanos se lo tomarán amistosamente?
  - No. Pero para cuando se den cuenta ya será demasiado tarde. 
¡Y ahora, querida, vamos a buscar a tu Romeo! 

  

  Continuará...