De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


miércoles, 22 de agosto de 2012

El beso I.

  

  Tengo que confesar que me gustó. Y debo admitir que no me siento culpable. No es que esté orgullosa, pero pasó y ya está. ¿Debo crucificarme por eso?
   Todo comenzó hace tres días cuando volví a sentir unos deseos irrefrenables de subir a esa dichosa máquina del tiempo, para perseguir un sueño. Al principio, me resistí, no quise. Pero al final se doblegó mi voluntad como va siendo costumbre. ¡Lo mío es pura adicción! ¿Dios, cuando pararé de hacer esto? ¿Hasta cuando seguiré haciendo equilibrismo sobre mis propios renglones?




   Subí a mi destino. Miré por ultima vez al mundo que estaba a punto de abandonar y en ese momento pensé que aquella adicción a las emociones fuertes escritas por mi puño y letra, un día me valdría la vida. Consciente y a sabiendas del perjuicio que me provocaban estos viajes, aun así, seguí adelante. 
   Mientras dejaba atrás el mundo para coger la autopista del Eterno Presente, las mariposas que viven en la boca de mi estómago echaron a volar por todo mi cuerpo provocando un maremoto desde la coronilla hasta las puntas de los pies. ¡Sí! ¡Lo iba a hacer de nuevo! ¿Por qué no? ¡A la mierda las consecuencias! La asquerosa rutina me provocaba convulsiones. ¿Por qué debía hacer lo que esperaba de mi una sociedad de ovejas obedientes? ¡La vida corriente me salpicaba la piel de edemas y pústulas! ¡La mediocridad de la vida sencilla me asfixiaba! ¿Conformarme con menos cuando disponía de todos los medios para burlar al tiempo y salirme del rebaño?
  

  
  Llegué a Jerusalén a la hora prevista. Y entonces todo sucedió con la exacta precisión de un mecanismo perfectamente ajustado. Como si se tratara de las plumosas alas de un ave grácil que echa a volar, las prietas filas de los transeúntes en un día de mercado se abrieron aplastando contra las paredes mi máquina del tiempo. Entonces como si de humo se tratara pasó la muchedumbre a través de mi distraída y liviana, como si nada.  
  ¡Qué libertad más deliciosa! ¡Qué inusual placer! ¡Viajar por los tiempos! 
  Ahora debía encontrarle. Para ello, me abrí camino entre el alborotado gentío agolpado como abejas a lo largo y ancho de los puestos del mercado. Las mujeres eran más activas y se movían con grandes fardos a la cadera mientras caminaban deprisa. Los hombres, en cambio, paseaban con gran pomposidad, mostrando sus barbas a los demás mientras curioseaban entre la mercancía expuesta, conscientes de que esa era la actitud correcta para comprar a precio de saldo. Me fijé en un sujeto pequeño, casi diminuto, cuya calvicie total parecía compensada por una barba blanca que se abría sobre su pecho semejante a una corriente lechosa. Al acercarme y pedir su ayuda, me había dicho que se llamaba Yonah y, a decir verdad, su rostro me ofreció confianza, parecía casi la encarnación de aquel nombre que significaba en hebreo "paloma". El cráneo era reducido y con las sienes aplastadas, los ojillos redondos y negros, y las guedejas parecían las plumas de unas alas abiertas.
  -Al hombre que buscas-me dijo-, yo le he visto esta misma mañana. Casi siempre le sigue una gran multitud. Pero hoy es día de mercado y algunos no están dispuestos a dejar sus ocupaciones- comentó mientras se rascaba la barbilla-. Al final, no han ido muchos hasta el Monte. Estaban los doce, por supuesto; las mujeres, pobrecitas, que están siempre dispuestas a seguirlo a cualquier sitio y luego..., déjeme pensar, una extranjera, una mujer muy rara...
  -¿Una mujer muy rara?-le interrumpí.
  Yonah sonrió con dulce condescendencia.
  - Sabes muy bien lo que te digo, viajera...
  El hombre dejó que los labios se le entreabrieran en una sonrisa rojiza que a mi se me antojó burlona. Después se despidió y cada cual tomó su camino. Entonces, salí en busca del hombre que me llevó a una arriesgada aventura, dónde me había indicado el anciano fariseo.     
 
GETSEMANÍ

  Encontré a Jesús de Nazaret de espaldas a un gran olivo, en Getsemaní, junto al margen de un carril de tierra. 
  Respiré hondo. 
  Sentí un miedo profundo, pesado, casi hiriente.
  No había marcha atrás. Mi cuaderno de Bitácoras latía en la mochila que llevaba a la espalda, como el corazón de un ratón.
  Adelanté un pie. Después el otro. 
  En diez minutos tan solo había avanzado unos centímetros.
  - Acércate, extranjera. Te estaba esperando.
  Quise morirme en ese instante. ¡Dios, mío! ¡Era él! 
  Obedecí con los huesos blandos e hice lo que me había ordenado, líquida, transparente, vacía de cualquier residuo. Y cuando me coloqué ante sus ojos verdes como las hojas del olivo verde, yo ya era como el agua, de mineralización muy débil. 
  Entonces, él me miró y sonrió. No dijo nada. Solo sonreía. Y yo le respondí con los ojos levemente rendidos, arrodillados a sus labios, tatuada a su bello rostro sereno. Yo solamente podía respirar a través del trazo inigualable de su sonrisa. 
  Al principio lo hizo con la boca apretada suavemente. Después despegó sus labios delgados y sonrío mostrando sus dientes. Todo él era una gran sonrisa. 
  Y luego ocurrió lo que nunca tuvo que pasar. 
  Me acerqué a su rostro para entregarle el mío. Entonces mis labios mortales de fuego, desearon dar calor a los suyos que se perfilaban carnosos y encarnados a lo largo del oval oasis que dejaba libre la barba. Conseguí mi objetivo con gran facilidad, sin que él ofreciera ninguna resistencia: Los entregó mansos y cálidos como un cordero. Al principio juro por lo más sagrado que quise que fuera un beso inocente, pero ya perdido el rumbo, la razón y toda cordura, le ataqué con pasión. Besé una y otra vez su sonrisa permanente, descubriendo cada rincón, cada arista, todo el espacio del que dispuse, despacio y sin premura, repasando cada milímetro de ese maravilloso gesto perenne. Y a cada poro de su piel bajé, en cada surco me perdí, todos los ángulos repasé..., hasta hartarme. 
  Cuando por fin pude despegar mis labios de los suyos, él seguía sonriendo, comprendiendo que el hecho que acababa de ocurrir, fue simplemente el acto reflejo de una niña inocente enamorada de la imagen de un retrato, que se desplegaba poderoso en una pared frente a su cama. En él, Jesús le sonreía a todas horas. Y ella sólo conseguía dormirse abrazada a esa sonrisa, suspirando un día poder alcanzar...
   Y ese momento había llegado...
   
   Nunca medí las consecuencias de cambiar el rumbo de la historia, pero allí estaban mis yos, la niña y la adulta, alejándose satisfechas de Jesús de Nazaret que continuaba sentado, sonriente, esperando que alguien le librase de la muerte y de su destino aquella noche. Entonces, comprendiendo todo, me giré bruscamente, corrí hacía él, le agarré del brazo y huimos juntos a través de los olivares antes de que le apresaran sus enemigos aquella fatídica noche.

  Continuará...

miércoles, 8 de agosto de 2012

Vivir con los Cinco Sentidos.

Típico terrado de Canillas de Aceituno. Axarquía. Málaga.
Sur de España.

       Cada lugar es único y especial. ¡Y a mi me gustaría estar en todos a la vez! 
    Me ahogo al pensar que no voy a tener tiempo suficiente para visitar cada rincón del planeta. ¡Siempre encuentro tantas cosas nuevas! 
    ¡Creo que me he convertido en una adicta a viajar con los Cinco Sentidos!
                                  El oído

Iglesia de Nstra. Señora de la Cabeza.
Canillas de aceituno. Málaga. Sur de España.

    El campaneo de la iglesia me despierta de un letargo del que soy prisionera hace días. Las campanas lloran agonías desde muy temprano. Son lentas y profundas, como la respiración de un niño pequeño. 
   Me levanto, dejo de escribir y me asomo a la ventana.
   Las abuelas ya caminan hacia la casa del Señor seguidas de algunos hombres. Es domingo, 5 de agosto, se acerca el día de la Virgen y hay que acicalarse el cuerpo y el alma, con las enaguas bien limpias y el corazón muy grande; dócil y manso como en ningún otro mes del año. Después ya se verá. Una de las ancianas, se detiene. Me ha sorprendido observándola detrás del visillo y quiere saber quien soy. Alinea sus zapatitos negros, uno al lado del otro, enraizándose en la tierra a la que pertenece, se crece grande y fuerte, poderosa. No me reconoce, pero hace sus cuentas de cabeza para encontrar una linea sucesoria donde alojarme. Si me hubiera tenido a tiro, me habría disparado a bocajarro con la pregunta siempre incómoda de :"Niña, ¿y tú de quién eres?". Pasan los segundos, en los que sigo retenida en sus ojos de agua. Al final, reanuda los pasitos, con la incertidumbre desesperante de saber quien demonios soy.
  El eco de la ultima campanada camina por mi pecho abajo como una gota de perfume. 
   Un joven monaguillo que bosteza, cierra trabajosamente el portón de la iglesia. Comienza la homilía.  
 
                                                              La vista




      Son casi las doce de la mañana. Apenas he avanzado unas líneas. Vuelvo a levantarme para asomarme a la ventana en cuanto oigo los herrajes del portón chillar de nuevo. Ya salen de misa. Los hombres, van los primeros, en silencio. Algunas mujeres, detrás, con el monedero atrapado entre las manos y el estómago, aprietan el paso para llegar a tiempo y poner el puchero al fuego. Otras, sin bolso ni monedero ni prisas, se detienen a hablar cuatro cosas en el rellano que precede a las escaleras, seguramente un diálogo sin sustancia, constitutivo de tres frases con una exclamación. No hace falta más, que el sol aprieta y no conviene fatigar las piernas, a veces, morcillas maltrechas por el calor.
    ¡Son divinas!
    Dejo de asediar a los feligreses hasta el próximo domingo.   Quizá para entonces, yo también forme parte de los corrillos dominicales, será más divertido.



   Subo hasta la azotea corriendo, como cuando era niña. Desde mi castillo de la infancia, domino el este y el oeste; ahora las crestas peladas, quemadas y rebañadas por el sol implacable del sur, ahora las azoteas y los altos de las casas, enfundados en tejas centenarias. Los balcones revientan en poesías, entre geranios rojos y azaleas exultantes, y bajo los muretes, arrimados a las paredes de cal, cientos de tiestos se prenden como broches y versos a la abrupta belleza del lugar. Las flores cuelgan de cada balcón, de cada porche, de cada pared y reja, de cada utensilio, reinas indiscutibles de alféizares y rincones. Ahora más que nunca, entiendo a Federico García Lorca.
 
                                                            El olfato


                                               
Canillas del aceituno. Málaga. Sur de España.
            

            Todo me llama la atención en este pueblo y me aparta de las obligaciones: Las personas, las tiendas, las casas, pero sobre todo, los olores, tan compactos y espesos como la miel de caña. 
    Caigo una y otra vez rendida a estos olores: jazmines, damas de noches, cálidas brugmansias, claveles reventones, lilos y arbustos de mariposas; cientos de plantas aromáticas que, como los cantos de sirenas, son liantes e hipnóticos, capaces de confundirte entre los tiempos para viajar en una alfombra voladora entre vergeles celestiales. 
  ¡Esto es vida! ¡La vida! Pasada por el colador, claro... ¡La única vida que me interesa descubrir!

                                                       El gusto


Gazpachos, tapas, pescados frescos...
                                                                    
        Vine aquí con el firme propósito de escribir mi nueva novela, pero todavía no he conseguido domarme la voluntad.
    ¡Si parasen estos olores de abrir las puertas del pasado! ¡Si el mar no me llamara a todas horas! ¡Si las plazas y las calles, las tabernas de tapas y los chiringuitos con sus matelillos de tela, no me entretuvieran! ¡Si los pajarillos dejaran de distraerme! ¡Si el calor de las lumbres y los fogones no me abrieran las ganas de probarlo todo!

                                                               El tacto


Torrox Costa. Málaga. España.


           El agua: del mar, de los caños, de los ríos y arroyos o de las albercas y acequias. Tocar el agua fresca con las manos, dejarla correr entre los dedos abiertos y liberarla desbordada en las palmas, es un placer. 



    Beber de las entrañas de un botijo de barro, es una experiencia única y maravillosa. Cuando el calor asfixia y la chicharra concierta a tus pies, acércate el botijo hasta la cara agarrándote de su moño y su panza. Y con acierto, apunta al pozo seco de tu boca sintiendo todo el placer de beber a chinguete. ¡Qué fresquita! ¡Qué buena! ¡Qué remojón! 
     

Caños del Pilar.
Un regalo de frescor que encontrará el viajero.


         ¡Gracias, querida Tierra, por dejarme vivirte por allá donde voy con los CINCO SENTIDOS!
     


       ¡Exprime tus días!
     ¡Felices vacaciones, Reader!       

       Lu.

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https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=0OjQIWdiwo8                

jueves, 2 de agosto de 2012

A la sombra de los recuerdos.




  
  A finales de febrero comencé a pensar en la posibilidad de volver a pasar por Canillas de Aceituno, para curar el alma. Es un pueblo pequeño al este de Málaga donde el tiempo olvidó pasar cuentas ya hace muchísimos años. Fue allí donde pasé los mejores veranos de mi vida, donde me enamoré por primera vez y donde descubrí con mi abuela María, que mi verdadera pasión eran las historias cocinadas a fuego lento, elaboradas con cariño, salpimentadas con el sabor de antaño: Platos de historias escogidos al azar, siempre originales y diferentes, para sorprender y encantar.
  Cuando volví a visitar este pueblecito donde tan bien me lo había pasado durante mi infancia y mi adolescencia, transcurridos ya casi trece años paseando por el mundo, apenas noté un atisbo de evolución en su composición arquitectónica, ni un cambio de rumbo, tantas veces inevitable por el avance de las tecnologías, en el trazo de sus vías, plazas o calles. Tan solo algo de progreso vano encontré, al descubrir espantada, la desaparición de uno de los monumentos más particulares que jamás vi yo en otro lugar del mundo: La fuente de caños mozárabes, ya no estaban a la vista, a pie de calle, y las bellas escaleras que ayudaban a las gentes a asomarse al frescor de sus chorros, habían desaparecido a golpe de picos y escabadoras. Ahora los abuelos ya no ocupaban con sus risas y sus charlas de viejos los augustos peldaños. El progreso y el interés de algunos hombres habían apartado de un escobazo un pedazo de la historia para colocar allí mismo el ayuntamiento, un edificio corriente. Me partió el alma. Pero me conformé al echar mano a mis recuerdos y encontrar la imagen del monumento, todavía bien conservada, en un cajón de mi subconsciente. 
  Salgo a la calle, muy temprano, con la escusa de comprar el pan. Al caminar por sus trazados angostos, paso arrimada a paredes blancas como terrones de azúcar, sola, para poder oír mis pensamientos. Cada paso es un viaje hacia el pasado. Y aunque no es bueno mirar atrás, si es saludable subir de vez en cuando a la bicicleta de los recuerdos agradables y pedalear entre un bosque donde, sin saber porqué, regreso una y otra vez en sueños. Creo que si vuelvo físicamente, al revivirlos, derribo deseos insatisfechos, intento averiguar que es lo que hay pendiente o que deuda dejé por aquí contraída.
  Soñar una y otra vez con las calles empinadas de este lugar, con paseos nocturnos, entre nieblas y cortinas espesas, ya se habrá acabado. Porque estoy aquí, con los ojos abiertos al sol, al mar y a la luna, a la gente que me conoció desde pequeña, con los oídos abiertos como girasoles a las historias que me quieran contar, de frente a la naturalidad, a las cosas pequeñas y a las vivencias de hoy, que serán recuerdos para mañana.
 Vivir es Emocionante. Volver a tus orígenes, de vez en cuando, a las gentes que dejaste atrás un día, a los pueblos y a las ciudades que una vez tuvieron a bien conocerte y recuperar de vez en cuando parte de ti, es tan sano…



 
  Sienta de maravilla.

  Con todo mi cariño. 
  
  Lu.