De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


miércoles, 30 de mayo de 2012

El fin de mis días.


Cae la noche en L'Aldosa. 


 - Lo mejor es rodearse de gente que sea crítica y no que te haga la pelota. 
¿Lo entiendes, verdad? 
  - Bueno...
  - Es la única manera para que funcionen las cosas.
  - Las críticas me molestan.
  - Son indispensables para avanzar.
  - Puede.
  - Sois demasiado orgullosos. 
  - No sé...
  - Y poco sostenibles.
  - ¿Qué?
  - Pues que sois poca cosa. 
  - Ya...
  - Y si metéis la pata no tenéis la suficiente humildad para decir; me he equivocado, perdona.  
  - Sí...
  - Sois como una muela en la boca de un Rey. A vuestro alcance se os pone lo más suculento. Sin embargo, abusáis de todo, no valoráis nada ni a nadie y os deterioráis, acabáis podridos de tanto uso, exceso y poder.
  - A lo mejor.
  -Bueno, Tránsito, ya está bien- interrumpe el doctor Eric Weis-. Siento cortar tu discurso, pero ahora quisiera llevar a pasear a Lu. Me gustaría salir con ella por aquí cerca ¡Con tu permiso, claro!
  - Pshhh, por mí...
  Weiss invitó a la escritora a levantarse de la mecedora donde descansaba junto la máquina.
  - Es que no quiero ir, Eric. Es muy tarde.
  - Quedamos antes que lo ibas a intentar.
  - ¿Qué hay ahí afuera?
  - Pues ya lo sabes. Que yo sepa no te asusta mirar por la ventana, ¿no?
Ahí fuera hay lo que ves.
  No es malo. 
  Se trata de la vida corriente.




  - Me asusta...
  - ¡Levántate!
  Tránsito observo como Eric guiaba a su protegida hasta la entrada. Lu arrastraba los pies, daba pasitos cortos e inseguros encadenada al brazo del siquiatra. Parecía una anciana octogenaria. La máquina cerró los ojos y bajó la cabeza.
  La mujer y el médico se acercaban muy lentamente a la salida. A cada paso las carnes se abrían, la confianza mermaba, la determinación huía. Los miedos la devoraban a dentelladas y la mantenían encogida como si soportara el peso de una gran joroba. Estaba desnuda y ciega, a oscuras. 
  Entonces un fuerte grito procedente del salón, despedazó el silencio en jirones. 
  La escritora se estremeció como si la hubieran pinchado por la espalda, se soltó del brazo del doctor y se escondió bajo el sinfonier, junto a la puerta. Se trataba de Tránsito. Entre chillidos que gorgoteaban hirviendo de desesperación, avisaba a su protegida para que se detuviera, para que abandonara . Agarró un martillo de grandes dimensiones, fuertemente asido con ambas manos y avanzó hacia Weiss fuera de sí, con la mirada incandescente. El hombre, olisqueando la muerte, solo llegó a protegerse la cabeza con las manos. Pero la máquina pasó de largo, le adelantó  y se precipitó contra las vidrieras de la puerta. 
  Las vistas panorámicas de toda la casa desaparecieron de un plumazo y la bucólica Aldosa se esfumó.
  Ya no estaban allí afuera las montañas con sus verdes crestas, ni sus faldones bordados de pinos y abetos, ni los pájaros en el cielo, ni las macetas con sus rojos geranios, ni los valles, ni las calles con sus cauces serpenteantes, ni las plazas diminutas con su graciosa majestad, la cabina de teléfonos, y sus soldados a los flancos, ni farolas ni farolillos faranduleros, ni la pizzeria del señor Bellini, ni siquiera los muros de piedra, allí estaban. 
  Nada de eso, se encontró, porque nada existió nunca.  
  Entonces los tres pudieron constatar, en aquel momento, de que allí fuera no había más que un laboratorio y centenares de máquinas solitarias.




  - ¡Me has traicionado, Tránsito!
  - ¡No! ¿Tu crees?
  - ¡Maldita máquina! ¡Tu no puedes quererla!
  - Lo mejor, Eric, es que te rodees de gente que sea crítica y no que te haga la pelota. Solo así funcionan las cosas y acaban con un final feliz para los buenos. Acepta si te digo que te has equivocado con nosotras. No calculaste bien. 
  
 Sayonara, Eric. 
 ¡Game Over!
  
  Tránsito levantó del suelo a Lu, todavía muy afectada, le arregló el vestido, le hizo una coleta, le sacudió el polvo y le vendó los ojos. Después llamó a Coco, su gata, la recogió y la acostó en su brazo izquierdo.  La escritora y la máquina agarradas de la mano salieron por la puerta, ahora hacia un corredor de paredes asépticas, de acero y neón.  




  Un saludo y hasta la próxima aventura, Lu.
   

lunes, 28 de mayo de 2012

A few words of thanks.





"Day by day,
you are my Inspiration
let me look,
and I will write...
Your Spirit is my Temptation".


Lu.


Cпасибо, Thank you, Gracias, Gràcies, MerciGrazie, Danke


Thanks for the following every day, Readers! 

Thanks to everyone! 



sábado, 26 de mayo de 2012

No Ordinari Love

  
  
  Eric Weiss llegó al pueblo de L'Aldosa sobre las nueve. La luz de la mañana era nítida, clara y pálida, como recién levantada. 
  Dejó su Kawasaki estacionada en una diminuta plaza central, junto a una cabina de teléfonos y dos contenedores, tan limpios y pulidos, que le parecieron en total desuso. 
  Llegó hasta la fachada de la casa nº 3. Era una regia fortaleza dormida, abrigada por la espesa melena del sol, que dulcificaba su personalidad perfilándose con decenas de macetas de barro y flores de colores. 
  Eric subió un tímido peldaño en el zaguán de la entrada y picó al timbre. Mientras esperó respuesta, lanzó la vista hacia la calle. La casa estaba en el margen convexo de un caminito torcido, justo en la intersección de un enigma, en el lecho de una curva. Y tomando esa redondez, se contorneaba líquida, a través de los siglos, hasta adaptarse a la suavidad natural del cauce.    
  Estaba, la casa, rociada de un peculiar influjo. Rezumaba historias, voces de otras épocas, días de lejanos amaneceres. 
  A Eric siempre le fascinó aquel peculiar pueblito de pesebre. Y pensaba que era el lugar perfecto para Lu. Allí podía escribir azuzada por las mágicas fuerzas de los antepasados.
  Su relación con la escritora venía de lejos. Ambos se conocieron en aquella misma casa, cuando ella tenía veintitrés años. Después, la vida para los dos transcurrió antagónica, pero con visitas periódicas, tres días por semana, en el domicilio del Camino de la Era.
  - Hola Tránsito. Buenos días. ¿Cómo está nuestra Lu?
  - ¡Hola doctor! Pasa. Está bien. Ayer tuvimos invitados. Lo pasamos fenomenal.
  - ¿Invitados? ¡Me alegro! Es un gran paso.
  La máquina y el doctor Eric Weiss subieron la escalera que descubría el salón.
  - Espera, Eric. Voy a avisarla de que ya estás aquí.
  - Claro. Dile que la espero en el porche.
  Tránsito subió al piso superior. A cada paso, los peldaños crujían de dolor.
 Lu la oyó y salió al rellano. 
  - ¿Ya ha llegado Eric?
  - Sí. Te está esperando.
 - ¿Cómo estoy?-pregunta Lu mientras se atusaba el pelo.
 - Bien, como siempre. ¡Vamos, baja ya!
 La escritora se aleja escaleras abajo. Tránsito la observa. Apenada, cierra los cálidos discos oculares. 
  En el porche, inundado de sol y verdor, Eric y Lu conversan saboreando un té a la menta.
  - Dice Tránsito que vas progresando. Ayer estuvisteis cenando con...
  -¡Tonterías!-exclama la escritora-. Estoy segura que eran hologramas. Siempre me hace lo mismo.
  - Ja,ja...¿Pero, qué dices, mujer? Nosotros te dejamos a Tránsito para que te ayudara a superar tus problemas, no para engañarte.
  - No sé, no sé...
  - Vamos a hablar en serio, Lu. Hoy no he venido para tener una de nuestras sesiones típicas. ¡Estoy aquí para proponerte salir a la vida!
  - ¡No! ¡No estoy preparada! 
  - ¡Claro que sí! 
  - ¡No!
  - ¿Cuántos años llevas aquí encerrada entre estas cuatro paredes de piedra? ¡Dios, Lu! -El doctor Weiss,  su siquiatra, le acerca un gran espejo dorado que encuentra descansando sobre un muro-. ¡Mírate! ¡Eres una mujer maravillosa! ¿Es que quieres dejar pudrir esa belleza sin ni siquiera intentarlo?¿Prefieres vivir la vida, las emociones y el amor, a través de una máquina que te lo sirve todo en bandeja? ¡Ya basta!
  - ¡No puedo, Eric!
  - Hoy lo intentarás. La agorafobia, se supera. Ya llevamos con esto veinte largos años...
  - No, no quiero. ¡Tránsitoooooooo! ¡Ven!-implora la escritora.
  - No la llames, por favor. Sabes que está programada para seguir nuestras órdenes.
  Pero la mujer insiste.
  - ¡Si imploro a Tránsito, ella no dejará que me hagas daño. ¡Me la entregasteis para que me protegiera!
  - No, Lu. La razón por la que entraste en el programa de Atención Robotizada, es por el peligro que entrañaban tu exarcerbadas manías. Te dimos a Tránsito para controlarte en mi ausencia. Después tu has sabido sacarle todo el partido que has podido. ¡Has viajado, has creado mil personajes con los que has interactuado, te has divertido!¡ Te ha hecho compañía durante estos veinte años! ¡Vale, muy bien! Pero ahora te estoy pidiendo un favor. Esta noche, tu y yo saldremos ahí afuera.  
  - Eso es imposible. Solo me siento segura hasta aquí, hasta el porche...Lo he intentado muchas veces, Eric...¡No puedo!
  Lu se dejó caer al suelo llorando. Eric la recogió, la rodeo en sus brazos y la acercó a su pecho.  
  - ¡No imagines, Lu, No imagines más, por Dios! ¡Vive Lu, vive: la gente, las calles, la lluvia, las caricias, las sonrisas, la libertad, el amor, el viento, la velocidad, la adrenalina sin cables, ni aditivos! 
¡¡Vive la realidad, Lu!! 

  Tránsito observó desde el salón a su inseparable compañera y el doctor, ambos tumbados en el suelo del porche. 
  Y en el preciso instante en que las lágrimas comenzaban a taponar sus hermosos discos oculares, Eric besó a Lu. La pasión, atrapada en las paredes del alma tras veinte años de atracción, surgió como un géiser. 
  Y la máquina, Tránsito, repitió para sí: 
  
  ¡¡VIVE, LU!! ¡¡¡VIVE HASTA MORIR!!! 

 Y esa misma noche Lu tocó con la punta del pie la calle, tras veinte años de reclusión.

 Continuará...
    
  
  

Pienso, luego...¡Soy!

  





 "El secreto de la vida no estriba en el hardware, sino en el software"


  Durante la lectura de los primeros capítulos de un libro que leo a sorbitos, he tropezado con dos asuntos que me han despertado las ganas de compartir contigo. 
  Mi admirado Eduard Punset dice en su libro Excusas para no pensar, que la felicidad es la ausencia del miedo, al igual que la belleza es la ausencia del dolor. Y cuanto más lo pienso más me reafirmo en esa convicción, aunque solo a medias.
  En otro momento de la lectura me encuentro también con la suposición, cada vez más compartida entre los expertos-comenta- que indicarían que la vida no empezó en la Tierra, sino que llegó a nuestro planeta procedente de algún otro lugar. Es decir, en las primeras fases de la evolución terrestre, cuando el planeta estaba sometido a un auténtico bombardeo de meteoritos, sin duda hubo períodos entre los grandes impactos en los que la vida podría haber surgido y, posteriormente, haber sido aniquilada por alguna gran colisión.    
  Si esto es así, podemos fácilmente imaginar una amplia sucesión de procesos de génesis.       Y si esto de nuevo fuese como decimos, un sinfín de vida similar a la nuestra, o no, aunque vida al fin y al cabo, podría haber surgido a lo largo y ancho del universo. 
  Es absurdo pensar que no hay vida extraterrestre. Me parece un poco estúpido, con todos mis respetos. En esa cuestión, me convence.
  Pero volvamos al principio. 
  A la primera cuestión. Justo al momento en que te comentaba que la felicidad es la ausencia del miedo. Bien, pues en general, cuando nos abrazan, nos rodean con unos brazos queridos y nos parapetan con todo el alma, todos tocamos la felicidad con la punta de los dedos. Nos sentimos protegidos y confortados. Lo hemos vivido infinidad de ocasiones desde que éramos bebés. 
  Y a través de sus palabras, el autor me hace reflexionar sobre el instinto primitivo, el de la protección entre miembros de una misma especie, parental, marital, da lo mismo, lo esencial es que en ese preciso instante, no sentimos ni una brizna de temor, y ya seamos grandes o chicos, mientras dura esa protección, el miedo no existe. En ese instante, la felicidad se presenta a nosotros como una flor fragante que olisqueamos expirando a pleno pulmón. Pero si extiendo ese pensamiento, y me voy a planos generales, pienso; el que no le tema a nada, es sin duda, según Eduard Punset, completamente feliz. Y el que a nada tiene miedo, porque nada le asusta ni le afecta jamás, ese debe ser un individuo eternamente feliz. Pero,¿No será, señor Punset, más bien, un loco inconsciente? ¿Debo deducir que el que está privado de sentido, ese mismo que no conoce miedo alguno, es el único ser capaz de conocer la felicidad? Umm, no se...
  Y que me dices sobre la afirmación de que la belleza es la ausencia del dolor. ¿Cómo interpretamos eso?
  Es una cuestión también para reflexionar.  
  
 Feliz descanso, Lu ;)

  

miércoles, 23 de mayo de 2012

Los invitados II.







 - ¡No puede ser, Tránsito! ¿Pero que has hecho, mujer?
 - Te he traído amiguitos a casa.
 -¿Estás loca? ¡Estos hombres son delincuentes!
 - No seas tan tiquismiquis, Lu. Delincuentes o no, cumplen con tus deseos, y eso es lo que importa.
 - Pero, ¿te has bebido el entendimiento?
 - Ahora vas a decirme que no te alegras de ver a estos dos mozos sentados a tu mesa... Llevas días dándome la vara: que estás muy sola, pero te da pereza salir, conocer a alguien, comenzar de cero con otra persona...Créeme, es lo más rápido. 
  - Pero, mírales, Tránsito...¿Quieres decir que esta es la mejor manera de conocer hombres?
  - Francamente, querida, ¡Sí!
  -Déjales marchar. Ya es de noche. Qué se vayan a su casa.
  -Ni pensarlo. Ven, siéntate con nosotros. ¡Mira! ¡He cocinado para cuatro!
  La escritora mira de reojo a los ladrones mientras toma asiento frente a la máquina, aun con un delantal de punto sostenido en la cintura. 
  Mientras los hombres, que ocupan una silla a cada lado de la androide, fuertemente inmovilizados, atados por las muñecas a los reposabrazos de las butacas y amordazados con cinta adhesiva, viven la escena horrorizados.
   Tránsito sigue su argumentación acerca del modo más rápido de conocer varones.  
   - Puede que no sea la más ortodoxa, ni la más sencilla ni la más viable de las maneras, pero sí la más práctica. Podrás soltar el discurso de Descartes, que estos ni se te cansan, ni se te aburren, ni te duermen. Los tendrás aquí como velas, solo pendientes de ti. 
Tu te mereces esto y mucho más, Lu...
  - ¿Y cómo quieres que entable una conversación con ellos, ¿eh, listilla?
  -Pero, si no te hace falta. Lo importante y lo más difícil es encontrar a un hombre que te escuche...
  -No. Así no me gusta. Una vez leí en un libro de filosofía oriental, que la mejor pareja, es aquella con la que te gusta conversar. 
 Tránsito les arrancó de cuajo la cinta adhesiva y los malhechores sacudieron la cabeza momentos antes de ponerse como dos furias; maldiciendo, amenazando, increpando...
  - ¡Pues entonces estos son una mierda de candidatos! ¡Ya ves que conversación!
¡¡Mejor los pulverizo ahora!!
   Los delincuentes cesaron en sus pataletas. Pero Tránsito seguía expulsando vapor por los ollares, como un caballo salvaje.
  - A ver, que nos digáis a mi amiga y a mí, qué esto es un secuestro, pase,... qué nos acuséis de estar locas, también pase,... que nos insultéis; que somos unas tal o cual cosa,... pues mira, también,... ahora, qué me dígais que soy más fea que E.T, el extraterrestre...eso os va a costar la vida...-vocifera la máquina ofendida.
   Los ladrones tragaron saliva y sudor. Se acobardaron al verla levantarse y ganar altura.
  - ¡Yo a vosotros os convierto en dos chupaderitos en un santiamén!
  -No, eso no...-implora uno de los malvados-. Vale, perdón. Daremos conversación a las señoras...
  - ¡Eso, eso!-dijo el segundo ladrón.
  - ¡Así me gusta! Y ahora que hemos roto el hielo... 
  - Bueno, más bien lo has hecho picadillo...-farfulló Lu avergonzada.
  Tránsito agarró los cubiertos. Se dispuso a comer, mientras se dirigía a los ladrones, como si nada hubiera pasado: mansa, renovada. 
  - A mi amiguita y a mi, nos gustaría saber cómo os llamáis. Os ruego que os presentéis y le hagáis la pelota.
  - ¡Tránsito! No te pases.
  -Primero, Guapetona, ¿qué tal si nos desatas? ¿Cómo si no pretendes que participemos de esta cena tan bien preparada?-pregunta el primer ladrón.
  - Con que mires, ya comes. Alimentas la imaginación- contestó Tránsito secamente.
  - Desátales-ordena Lu.
  La máquina suelta de golpe los cubiertos sobre la mesa, muy contrariada.
  - ¡Esta bien! Pero si tus invitados se levantan de la mesa, ¡los dejo secos! ¿Entendido?
  - No tiene de que preocuparse, señora máquina-responde muy asustado el segundo ladrón.
  Tránsito les deja libres. Los hombres agarran los cubiertos, echan una mirada a Lu y se relajan. La escritora les ofrece una sonrisa dulce.
  - Yo me llamo Ulises.
  - Y yo, Leonard.
  - Seguid, seguid...-les anima la máquina mientras mastica como un hámster.
  - ¿Puedo hacer una pregunta? 
  - Depende. Tiene que gustarle a mi amiga, si no...
  - Pero deja de amenazar, por favor, Tránsito -susurra la escritora todavía colorada.
  - ¿Sois familia?-pregunta Ulises-. ¿Novias residentes en la casa del terror, en el pueblo de la bruja? jajajajajajaja...
  -Jajajajajjaa- se carcajea Leonard, contagiado por la ocurrencia de su compañero.
  Tránsito se levanta lentamente.
  Lu se retira. Sabe que es mejor un mutis en el escenario, que un escenario mutis. 
  Mientras, los malhechores, Ulises y Leonard siguen la guasa, se destornillan de risa, retuercen sus cuerpos como lombrices y sus bocas se transforman en feas muecas, se deforman, garabatean un lamentable cuadro demente. 
  Tránsito levanta los brazos, despliega las alas, dos cascadas de fuerza inusitada. Sitúa los puños transparentes como el agua sobre las cabezas de los dos ladrones que siguen en su actitud burlesca, en su bella Ignorancia, en la senda hacia el fin. 
  En ese momento, los puños de Tránsito caen sobre los dos hombres a la vez, sus cuerpos estallan, se esparce como el polvo su ignorancia, caen sus miserias sobre las butacas, y de estas renacen dos hombres nuevos, acicalados con virtudes y perfumados con dones delicados, y en sus bocas dibujadas con fina tinta china, se instauran las historias más bellas jamás contadas, las conversaciones más amenas, promesas divinas, los más tiernos deseos, los cumplidos más elegantes, deseadas revelaciones y las canciones más dulces.  
  Lu pasa las horas entre risas, buena conversación y mejor compañía, y en cada sorbo, bebe momentos únicos e inolvidables.   
  Y tras pasar la velada más especial de su vida, las mujeres dejan atrás a los invitados, ya al amanecer, y se dirigen al porche. 
  Al compás del balanceo de sendas mecedoras, la androide pregunta a Lu:
  -¿Y ahora que me dices, muñeca?
  -¿Tu quieres decir que esos dos varones son reales, Tránsito?
  -No, claro que no. Pero, ¿qué mas da? 
Lo importante aquí, no es si son o no reales. Se trata del momento de felicidad que has pescado por casualidad. 
  
  Lu mira a Tránsito satisfecha. La máquina le devuelve el gesto.
  Después ambas observan la salida del sol, mientras las mecedoras siguen su imprevisible balanceo.  






  Un abrazo. Espero haberte entretenido, Lu.





    

viernes, 18 de mayo de 2012

Los invitados.

  Basado en hechos reales.
  






  Una tarde, mientras preparaba la tierra para plantar unos geranios en el jardín, la puerta del garaje estuvo abierta un par de horas. 
  Al terminar, entré en casa y cerré la puerta automática.
  Subí las escaleras y me dirigí directamente al baño. Encendí el mando de la ducha y el agua apareció como una cascada.
  Durante unos treinta minutos, el tiempo pasó como un suspiro, como una exhalación: pureza, desnudez, piel, ideas, organización...intimidad.
  Al cerrar los mandos, me pareció oír a dos personas entablando una discusión.
  Alguien tuvo que haber entrado en casa mientras yo estaba en el jardín-pensé. ¡Dios! 
  Volví a encender el mando. El agua corría de nuevo.
  Salí a mi habitación descalza. Después crucé hasta el rellano y me asomé por el hueco de la escalera, hacia el primer piso. 
  El salón, hasta donde me alcanzaba la vista, estaba despejado.
  Pensé en mi teléfono móvil. Pero lo había olvidado en el garaje. La posibilidad de llamar a la policía, desde los teléfonos fijos, era inviable, además de peligroso, porque todos los aparatos estaban conectados, y al descolgar, me descubrirían.
  Las voces procedían de la biblioteca. 
  Bajé despacio, intentando silenciar la madera,
amortiguando cada crujido, cada seco lamento. Al llegar al ultimo escalón, pude escuchar claramente la voz de dos hombres. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Dos ladrones habían entrado en casa. 
  Discutían acaloradamente entre ellos.
  -¡Yo he llegado primero! ¡Lárgate!
  -¿Cómo lo sabes, tio? ¡Yo entré aquí antes que tu!   
  - ¡Esto es una mierda! ¡Nunca me había pasado algo así, joder!
  - Yo llevaba merodeando por aquí desde primera hora. ¡Cuando vi a la mujer abrir el garaje y salir, entonces entré! ¡Y a ti, no te vi por ningún lado! Estoy seguro de que yo entré 
el primero y después, te metiste tu. 
  -¡Que va, tio! La mujer abrió la puerta del garaje, yo estaba vigilando detrás de unos arbustos y no vi a nadie, estoy completamente seguro. En cuanto la señora giró la esquina me di prisa y me colé.  
  -¡¿Dos ladrones que no se conocen de nada, deciden robar el mismo día y a la misma hora, la misma casa?! ¡Esto es una p...mierda!
  -¡Vale! ¡Pues nos ha pasado! ¿Y ahora que hacemos?
  -Ahora, tu te largas cagando leches.
  -No, tio. ¡Lárgate tu! 
  -La mujer debe estar a punto de salir de la ducha. ¡Vamos, vete!
  -No. Todavía se oye el agua correr. Tienes tiempo para marcharte por donde has venido, si no...
  -Si no, ¿qué? 
  El primer ladrón le amenaza con un cuchillo de cortar jamón.
  -Si no, te meto esto...
  El segundo malhechor enseña una Magnum 5.
  -Y yo, una de estas...
  Mientras tanto, observo la escena escondida en el interior de un armario del salón.
  Las miradas apuñalan, perforan. 
  Finalmente, una sombra alargada, aparece en el momento en que el arma se dispara. La bala asoma y traza su macabro recorrido. El cuchillo se mueve.
  La sombra se materializa. Es Tránsito, la androide, y sus dos metros de circunstancias. Recoge entre sus dientes de titanio la bala, y se planta el cuchillo jamonero de peineta. Y tras dos llaves a lo Bruce Lee y alguna que otra escaramuza, los dos hombres acaban atados a sendas mecedoras imprevisibles de cara a una mesa preparada para cuatro comensales .
  -¡Lu! ¡Ya puedes salir, cielo! Tenemos invitados para cenar. Para que no digas que siempre cenamos solas...¡Mira lo que te traje! 
  
  Y hasta aquí puedo contar.
  Lo demás Reader, se lo dejo a tu imaginación. Pero te puedo asegurar que por la Aldosa de la Massana, en las montañas de Andorra, ese par de delincuentes, ya no aparecen más, al menos, cuerdos.
  
  Feliz fin de semana,

   Lu ;)

domingo, 13 de mayo de 2012

El desenlace II. Edición especial.





Tránsito comienza su alegato...

  - No lo he tenido fácil. Nada más me construyeron, me llevaron a un campo de trabajo al sur  de Titán. Allí trabajaba jornadas de 22 horas y acabaron reventándome. ¡Cómo a una vieja cafetera! ¡Quemada a golpes! Entonces me desnudaron y me arrojaron a un terraplén, me abandonaron, sin ni siquiera rematarme, destripada, pero lo justo, para que me fuese apagando poco a poco, con sufrimiento y deshonor. Yo les oí reír, les vi burlarse, tuve tiempo mientras me desangraba...
  Tránsito se limpió las lágrimas con las yemas de los dedos. 
  - La vida de una máquina ¡a quién le importa!, ¿eh? ¡Cuando ya no dan servicio, ¡un puntapié! ¡Se tira a la basura y otra llegará! -contestó Tránsito muy alterada. Después, más tranquila, levanta la vista y mira a la escritora fijamente-.Un día me desperté en la Corporación. La primera persona que vi, fue a ti. Me mirabas dulcemente, con tus ojos verdes moteados de castaño, fue como despertarse y entrar en un fresco bosque otoñal. Me preguntaste, que tal estaba y si tenia dolor. Yo te contesté que no, que lo único que me escocía eran los recuerdos. 
  -Pero...¿De qué me hablas, Tránsito? ¿Qué? ¿Qué me estás contando?...
  La escritora estaba conmocionada y profundamente sorprendida. El hombre continuaba con el arma suspendida, apuntando su objetivo, esperando dar el golpe de gracia, en cuanto la mujer le avisara.
  -No entiendo...Yo nunca te he visto así, Tránsito...
  -Debes creerlo. Nosotras nos conoceremos, en un futuro. Yo soy tu mano derecha, tu conciencia y tu sombra. Tu me convertirás en tu familia. Nosotros, los G.V, somos los ordenadores del futuro, Lu. Yo soy un Guía Vital. A mi generación, cuando dejó de ser útil para el trabajo pesado, se nos abandonaba en las cunetas o en los desfiladeros, cerca de las canteras. Pero eso resultaba caro y decidieron reprogramarnos como ordenadores personales, al servicio de los humanos recién nacidos. A cada neonato, le correspondía una máquina. Entonces, se les marca a ambos con un código referencial. Debajo del pelo, junto al lóbulo de la oreja derecha, tienes un número de seis cifras. ¡Yo también lo tengo! ¡Y coinciden!
  - ¡Eso es mentira!
  - No vuelvas a repetir eso...
  - ¡Eso-no-es-verdad
  Tránsito se levantó de repente, amenazante, con los ojos inyectados en sangre. El intruso dio dos pasos atrás. Lu siguió manteniendo al asesino al margen.  
  - ¡No tienes narices de volver a llamarme mentirosa, niñata!-vociferó la máquina.
  El sicario miró a la escritora. Estaba pendiente de una mínima señal para acabar con Tránsito. Pero Lu no lo hizo. Le había olvidado.
  Se levantó, poseída por la ira y la rabia, se colocó frente a la androide, cara a cara. 
  - ¡¡ESO ES MENTIRAAAAA!! ¡¡ES MENTIRAAAAAAAA!!
  Tránsito agarró a la escritora por el pelo antes de que ésta pudiera reaccionar. El sicario se   parapetó tras la butaca. Lu gritó y forcejeó, se lastimó intentando zafarse, pero todo fue inútil. La máquina le obligó a colocar la cabeza de lado y comenzó a rasurar la parte derecha del cráneo, sobre la oreja. Entonces apareció un cifra. La arrastró en volandas hasta la barra del bar, metálica, de espejo y le colocó la cara frente la encimera. Le ladeó la cabeza violentamente, agarrándola de la mandíbula. Lu alcanzó ver, de soslayo, números que llevaba marcados en el cuero cabelludo. Los ojos se anegaron y las lágrimas corrieron por su cara de porcelana.   
  -Y si yo muero, tu mueres conmigo-sentenció Tránsito, mientras la llevaba en brazos a la butaca- Somos dos almas gemelas. ¡¡Si una perece, la otra se pudre con ella!! 
  La escritora arrancó a llorar. Tránsito le enjugó los lagrimales con una débil servilletita de papel. 
  - Y ahora di a tu matón que se retire, anda... Y volvamos a casa.. a nuestra mecedora, en el porche de tu casa de las montañas, en Andorra. 
Volvamos a casa, Lu...

Humana y Maquina: Gemelas nº 434203.




sábado, 12 de mayo de 2012

El desenlace II.

  La escritora y la androide, tras los altercados en el aeropuerto, reponen fuerzas tomando un helado, en una terraza de algún lugar del Universo.





 -No sabes nada de mi, Lu.
 -¿A qué te refieres?
 -A mis sentimientos. 
 -¿Eh?
 -Sí. No tienes ni idea. Tú crees que no me importas.
-¿Y eso te sorprende?
 -Sí.
 -Siempre estás metiéndome en líos, Tránsito.
 -Justo por eso.
 -No sé, chica, las máquinas no quieren a nadie.
 -¡Pues yo sí!
 -Vale. ¿Qué? ¿Te acabas el helado?
 -¿A qué viene tanta prisa?
 -He quedado con alguien.
 -¿Con quién?
 -¿De verdad quieres saberlo?
 -¡Claro!  Me da la espina que me tienes preparado algo. Puedo olerlo.
 -Tonterías.
 -¿Es qué no me guardas rencor por lo del cura italiano?
 -¿Te refieres a Raffael?
 -¡No! ¡Me refiero al sacerdote del exorcista! ¡Pues claro, que hablo de Raffael!
 -Fue bonito mientras duro. 
 -Tuve que acabar con él. Perdóname. Tu ahora no lo entiendes...
 -No, claro que no.
 La escritora no se alteró ni un ápice. No demostró nerviosismo, ni resentimiento. Lo último que deseaba era descubrirse ante la máquina. 
  -Él no debió inmiscuirse en nuestras cosas.
  -¡Y no lo ha hecho! ¡¿Pero, qué dices, Tránsito?! ¡Raffael ni siquiera sabía que existías!
  -Mira qué eres tonta...¿Cuándo aprenderás? ¿Es que no te he enseñado lo suficiente? ¿Acaso no me he partido el disco duro, para que aprendas a vivir? ¡Me he dejado la piel por ti, maldita sea! Cuando eras pequeña, y alguien te hacia daño, yo lo asustaba, cuando te enamorabas y te hacían daño, yo les castigaba, y cuando estás a punto de compartir tu vida con alguien que no te merece, yo lo... 
  -¡Lo matas! ¿¿verdad?? ¿¿Eh?? ¡¡¡Contesta!!!
 Tránsito bajó la cabeza, dolorosamente.
 -No...iba a decir...que lo apartaba de ti... 
  Tránsito, hundida y desanimada, agacha la cabeza. 
  En ese momento un hombre se acerca a la máquina por la espalda. No detecta la presencia del desconocido. El hombre aprovecha la ocasión para acercarse mas. Ya está prácticamente a un paso de la impresionante espalda de la androide. Levanta, muy lentamente, por encima de su cabeza, un gran bate de béisbol, asiéndolo fuertemente con las dos manos. No respira. La escritora, que lo presencia todo, tiembla como una hoja golpeada por gotas de lluvia. Tránsito sigue arrastrando su ánimo, la cabeza hundida, los ojos encharcados. Le entristece que ella no le corresponda. La máquina está mansa y dócil, como una mártir:  Maria Antonieta con la cabeza a punto de rodar...
  Lu aguanta la respiración.Pero en ese instante, Tránsito tose.    
  La mujer mira al verdugo y con un movimiento ocular, le pide que aplace la ejecución.
  La máquina levanta la cabeza. Mira a la escritora dulcemente.
  -No lo he tenido fácil. Nada más me construyeron, me llevaron a un campo de trabajo al sur  de Titán. Allí trabajaba jornadas de 22 horas y acabaron reventándome. ¡Cómo a una vieja cafetera! ¡Quemada a golpes! Entonces me desnudaron y me arrojaron a un terraplén, me abandonaron, sin ni siquiera rematarme, destripada, pero lo justo, para que me fuese apagando poco a poco, con sufrimiento y deshonor. Yo les oí reír, les vi burlarse, tuve tiempo, mientras me desangraba...
  Tránsito se limpió las lágrimas con las yemas de los dedos. 
  -La vida de una máquina ¡a quién le importa!, ¿eh? ¡Cuando ya no dan servicio, ¡un puntapié! ¡Se tira a la basura y otra llegará!...
  ...Un día me desperté en la Corporación. La primera persona que vi, fue a ti. Me mirabas dulcemente, con tus ojos verdes moteados de castaño, fue como despertarse y entrar en un fresco bosque otoñal. Me preguntaste, que tal estaba y si tenia algún dolor. Yo te contesté que no, que lo único que me escocía eran los recuerdos. 
  -Pero...¿De qué me hablas? 
  La escritora estaba conmocionada y profundamente sorprendida. El hombre continuaba con el arma suspendida, apuntando su objetivo, esperando dar el golpe de gracia, en cuanto la mujer le avisara.
  -No entiendo...Yo nunca te he visto así, Tránsito...
  -Debes creerlo. Nosotras nos conoceremos, en un futuro. Yo soy tu mano derecha, tu conciencia y tu sombra. Tu me convertirás un día en tu familia: Nosotros somos los ordenadores del futuro, Lu. Yo soy un Guía Vital. Y si yo muero, tu mueres conmigo. Me salvaste la vida una vez, pero a cambio, dejaste tu material genético en mi. Somos dos almas gemelas. ¡¡Si una perece, la otra se pudre con ella!! 
  Y ahora dile a tu matón que se retire, anda... Y volvamos a casa.. a nuestra mecedora, en el porche de tu casa de las montañas, en Andorra. 
Llévame a casa, Lu...











martes, 8 de mayo de 2012

Al derecho dice Roma, al revés, Amor. El desenlace I




Esta historia está basada en hechos reales, aunque te cueste creer...



Plaza de San Pedro. Ciudad de Roma. Italia.




  No había consuelo para ella. Ni excusas, ni palabras. Solo un vacío extraño: el que mata al reo, el que prende después de haber incurrido en un error capital, en un pecado. 
  Salió corriendo a través del corredor principal de la Basílica de San Pedro, levitando a dos centímetros del santo suelo, a dos metros del bien, a dos milímetros del arrepentimiento, a mil años luz de Raffael.
  Abrió el portón y escapó bajo un cielo cenizo, como lo haría una mariposa encerrada en una campana de cristal. Se fue a toda prisa, sin mirar atrás, sin atar sentimientos, sin amarrar el coraje, sin odiar ni perdonar, sin importarle la lluvia, simplemente, escapó. 
  Raffael la siguió y el altar quedó huérfano. Los sacerdotes cerraban filas alrededor de Ratzinger, pero este siguió oficiando la misa, disimulando su nerviosismo, ocultando, como siempre habían hecho, la evidencia ante el escándalo. 
  Ya en la Plaza, Raffael agarró a la escritora por el brazo, y la atrajo hacia él violentamente. La abrazó tan fuerte que ella sintió que se partía en dos. 
  -¡Te quiero, Lu!
  -¡NO!  ¡No digas eso, maldita sea!
  -¡Qué quieres! Así es la vida. Tú deberías saberlo, ¿no? Las cosas que realmente valen la pena, necesitan sacrificios, si sangremos por ellas, entonces, son realmente nuestras.  
  -¡Veteee!
  -¡Es que la vida es así! ¡Es lo bello de vivir! 
  -¡Qué te vayas, te he dicho!
  -¿Y si se presenta de esta forma? ¿La tiramos al cubo de la basura? ¡Pues quizás te pierdas la única oportunidad de ser feliz!
  -Por favor...
  Raffael no cedía en su empeño. Ni la soltó, ni se calló, ni tenía pensado marcharse de allí, sin ella. 
  Alrededor de la plaza la gente comenzaba a concentrarse atraídos por lo inverosímil de la situación. 
  El sacerdote, continuó: 
  - Debes exprimir la naranja ácida hasta el final. Nunca la tires sin llegar a sacarle todo el jugo, porque también te quitará la sed, Lu, y la siguiente seguro que te resultará más dulce. Sabrás apreciar y disfrutar todo su magnifico sabor solo porque antes probaste la acidez. 
  Pero a Lu las palabras le venían grandes. Ya no escucha el sermón de Raffael.
  La Plaza comenzó a girar lentamente como un tío vivo. Lu se apea de sus divinos brazos, abandona el océano oscuro de la mirada que le retiene y deshace el nudo que le amarra a su cuerpo. La escritora vuelve a escapar. Jura que se vengará de Tránsito. Y lo hará de la única forma que entiende la máquina. 
 El tío vivo ahora gira y gira, como una peonza desatada, a toda velocidad. Raffael se queda en el centro, sobre la plataforma móvil. El bello se desmorona. Grita, que volverá. Se desfragmenta. Vuelve a gritar. 
Polvo al polvo. 


El sacerdote Raffael Cittati. El Vaticano.




Game over.

sábado, 5 de mayo de 2012

Al derecho dice ROMA, al revés AMOR. IV parte.

  

 Raffael Citatti, puntual como un reloj suizo, llegó a la Fontana di Trevi, se sentó al borde de un murete y espero inquieto a la mujer que había llevado en su moto esa misma mañana. No anhelaba grandes cosas. Pero había una fuerza interior que le azuzaba, que le fustigaba las piernas para correr detrás de la española. No sabia mucho de ella, sin embargo, le pareció como si la conociera de un sinfín de vidas. Casi la amaba.
  Ella apareció caminando de prisa. Llegaba tarde. Le había costado un mundo elegir la ropa. Si ya era complicado decidir que ponerse para una cita, se añadía un componente más, la de encontrar algo decente en el interior de una maleta revuelta. 
  Superado el primer obstáculo abandonó el hotel. Apoyó primero el pie derecho (siempre lo hacía por si fuera posible espantar a la mala suerte), vestido en un elegante Manolo Blahnik negro, suavemente, sobre los abruptos adoquines de la via Lavatore, feliz e ilusionada. Años de reclusión, pendiente solo del trabajo la había alejado de todo, incluso de conocer hombres. En ningún momento excluyó la idea de llegar a algo serio con él ¡Menuda estupidez! ¿Bueno, y por qué no? Si él fuese divertido, si consiguiera hacerla reír, si fuera simpático e inteligente y su conversación resultara interesante... Entonces podría amarle. Le encantaría estar en un pequeño restaurante, a la luz de una trémula llamita y no parar de reír. Le gustaban los hombres cultos y divertidos. ¿Sería Raffael, así? ¡Ojalá! Ella solo quería enamorarse. Ofrecer lo bueno que crecía cada día en su interior a alguien que valiera la pena.
                                            ...
   
   Raffael la llevó hasta un pequeño local de la via Crocoferi. Le pareció un ambiente agradable, íntimo y familiar. Justo lo que necesitaba en esos momentos. Lu miró a ambos lados de la estancia. De Tránsito, su compañera, ni rastro. Se alejó de sus temores y se centro en Raffael.
  -Bueno... Aquí estamos -dijo el hombre sonriendo ampliamente.
  Lu enrojeció.
  -Sí, en Roma, en una cita a ciegas...
  -¿Y por qué no?
  - Bueno, la gente rara abunda, eso da miedo -contesta la escritora.
  -Es verdad.
¿A qué te dedicas, Lu?
  -Al espectáculo. Soy actriz porno.
Raffael apagó su sonrisa, se quedó rígido, la miró de arriba a abajo.
La escritora explotó en una sonora carcajada.
  -No ha tenido gracia-sentenció Raffael. Dos segundos después soltó una grave risotada.
  -¿Y tu?
  -Soy cura.
  Lu volvió a reírse con fuerza. Abandonó su cabeza hacia adelante y después hacia atrás. Raffael se contagió y se unió a ella. Y la noche pasó como un suspiro entre risas y una amena conversación, a ratos surrealista.
                                          ...

  A la puerta del hotel Relais Fontana di Trevi, Raffael la despidió con un apasionado beso en los labios. Se besaron largamente. Y por fin, amarrados al columpio del deseo, subieron a la habitación de la escritora.
  A la mañana siguiente, muy temprano, Raffael abandonó la cama, unas sábanas tibias y  a Lu, que descansaba todavía tumbada boca abajo. La besó en el hombro, se vistió deprisa y cerró la puerta muy despacio.
  El teléfono sonó varias veces en la habitación. Lu lo agarró desde la cama y contestó balbuceando algo. Al oír a su editor al otro lado del teléfono, recordándole que habían quedado, se levantó automáticamente y se fijó en el hueco vacío de la cama ¡Raffael! ¿Dónde estas?
  Se vistió en cinco minutos. Ahora no podía pensar en él. Ya se ocuparía de eso más tarde. Hoy, a las 10h, tenía visita al Vaticano. ¡Cómo lo había olvidado! ¡Era un maldito desastre! ¡Otra vez le tocaba correr!
  Evita la esperaba abajo. Subieron al Mercedes negro y ésta arrancó rápidamente.
  Ya en la Basílica, Lu consiguió relajarse. Oficiaba una misa el mismísimo obispo de Roma y la comitiva del Papa Benedicto XVI se acercó hasta posicionarse en el altar. Lu estaba emocionada. Se sentó en un lateral, en segunda fila, y se dispuso a pasear la vista entre las decenas de reliquias que adornaban la Basílica de San Pedro. La misa comenzaba.  De nuevo, Lu, fascinada, ve aparecer al Papa y a todo su séquito. En ese momento, se sitúan todos en el altar. Junto a Ratzinger, dos sacerdotes mayores y uno mucho más joven, ataviado con una túnica blanca y dorada, tremendamente atractivo, de cabello negro, mandíbula cuadrada, bello, moreno, romano... ¡Raffael! 
  Lu tose, se le cae el ipad sobre el banquillo, provoca un gran estruendo. El sacerdote, Raffael, la mira. Y sonríe de manera natural, demostrando una gran seguridad, echando un liviano beso al aire, diciendo, ya te lo dije... 
  Tránsito, en el ultimo banquillo, se destornilla de risa. ¡Esto de escribir historias, le encanta! Y lo mejor está por llegar...
  ¿Cuando aprenderá la escritora, que la gente de carne y hueso que la rodea, no son personajes de sus novelas? 
El padre Raffael Citatti. El Vaticano.
  
  Continuará... 

 ¡Feliz fin de semana y gracias por tu visita! Lu.

P:D Reader, si te apetece, puedes darme tu opinión sobre el blog, en la encuesta que encontrarás al final de la página. Es anónimo, sencillisimo y muy rápido. Basta un clic ¡Gracias! ;)