De qué va.

Primera novela de la trilogía Mentes mecánicas.
Vivir sin nubes, la segunda de la saga, en plena edición.

NOTA: Los relatos que forman parte de este blog, en su gran mayoría, NO tienen nada que ver con la historia central de Nueve Mundos, el origen, salvo algunos de sus principales protagonistas que comienzan a interactuar a su aire y permite a esta escritora llegar, además del público juvenil, a una franja de lectores más amplia.
Para leer la SINOPSIS de N.M. o la BIOGRAFÍA y fotos de la AUTORA, baja hasta el final de la página.

¡Ciencia Ficción, Sí Gracias!


viernes, 30 de marzo de 2012

Querido Reader:

  Durante unos días estaré por tierras Africanas. No sé si podré continuar subiendo los posts de vuestro blog de Nueve Mundos con la misma asiduidad de siempre, ya que cómo bien sabéis, el Wi-fi es tan escaso en el desierto del Sahara, como el agua corriente. De todos modos, en cuanto llegue a los hoteles, prometo escribir un ratito. 
  Aprovechad a tope estos días de descanso.  ¡Nos vemos por aquí dentro de muy poco con la pluma cargada! ¡Sayonara, Readers! 


P:D Quizás puedas aprovechar estos días para leer las entradas antiguas que te has perdido. Un abrazo, Lu.

sábado, 24 de marzo de 2012

El Acertijo. II parte.

Centro de reclusión para androides de Kasid. Titán.
   Mi querida, Lu:


  Estoy retenida cerca de Kasid, en el hemisferio norte de Titán, en la colonia humana.
  Ha llovido esta noche; no obstante el calor es excesivo. Aguardamos la llegada de unos técnicos, para abandonar este paraje en que nos morimos de hambre, sin apenas batería en la memoria, llenos de desesperación y de ira. El grupo de hombres debe llegar esta misma noche según el aviso recibido. 
  Como el calor no arrecia, y el sueño no quiere darme reposo, he salido a respirar fuera de la carpa. Pasada la lluvia, el cielo se ha despejado un tanto y en el fondo oscuro brillaban algunas estrellas. He cogido lápiz y papel. Necesito dar libertad a la nube de tristes ideas que se aglomeraban en mi cerebro. Pensé en tantas cosas amadas que están allá lejos; en la maldita suerte que me separó de ti; en que si nos hubiéramos dedicado a comprendernos, nada de esto hubiera pasado.
En tantas cosas pienso...
Las estrellas poco a poco van palideciendo; el aire que refresca el campo sopla del lado de la aurora pero yo ni lo siento.
 Una noche deliciosa, en verdad... Si no fuese por esa preocupación que, atrincherada en mi corazón y mi mente, se empecina en no deshacerse nunca... Deliciosa, si no fuera porque, ante el fracaso de mi misión en la Tierra, mi ejecución esta noche es inevitable.
  Te doy mi palabra de honor que volveré a tu vida. No sé enjoyada de qué malditos átomos y moléculas esta vez, pero volveré. 
A propósito, Lu, durante mis semanas de reclusión he resuelto el acertijo. No eres un sueño mío, que más hubiera querido yo, ni de Dios como se pronunciaba tu admirado maestro Unamuno. Tu eres, mi querida contadora de historias, no más que un pensamiento en la mente de un lector... 
No más, mi niña, no más...  
Tránsito Roja y Lu, pensamiento.


  
Hasta siempre Lu.

martes, 20 de marzo de 2012

Acertijo. I parte.

  
   Descubriéndose como el sueño de una máquina, Lu García, se vistió despacio. Ya no había prisa. No tenía por qué correr, por qué apresurarse, ni inmutarse ni conmoverse ni asustarse.  Y tampoco nada ni nadie por quién levantar el puño y pelear aquella mañana ni ninguna otra. Y si en algún momento le asaltaban las dudas sobre su existencia, al sentir los golpecitos de la lluvia en la cara, pensaría que cualquier parecido con su nueva realidad seria pura coincidencia- porque no habían indicios para pensar lo contrario-, que ella era un personaje cosido de sueños, inmortal e inmune, que vivía en la cabeza de una máquina del siglo XXV llamada Tránsito. 
  Se pellizcó la cara y los muslos y apenas sintió nada. ¿Lo ves?-se dijo-.¿Lo ves cómo yo tenía razón?
  Pero como las dudas, aunque livianas e inmaduras, todavía ocupaban espacio en el vestíbulo de su razón, decidió comprobarlo. 
  Lu cubrió su pálida desnudez con un vestido de fiesta rojo, subió a 3.200 metros de altitud, colocó los brazos como un crucifijo y se lanzó al abismo gritando: "Si estoy hecha con los retales de tus sueños, nada me ha de pasar, Tránsito" 
  Entonces, durante el violento descenso, Lu oyó un acertijo.








 "Si lo adivinas, salvarás tu vida"


 ¿Quién soy?
                      
                         Ve hasta la fuente, corre,
                   no a la del puente, si no donde el río,  que allí dejé, 
                       zapatos, ropa y brio...
                          
                          Y no te entretengas, niña.
                  
                          Ve hasta el río, vuela, que allí  olvidé
                   nobles amores, caricias y suspiros,
                         zaguán, mi vida, de lo que yo de ti, ansío"
             
  ¿Sabes que nombre de los personajes de la novela, Nueve Mundos, el origen, se esconde en el poema? 
¡Te lo he dicho dos veces!


¡Suerte, Reader! 




             
     

domingo, 18 de marzo de 2012

¿Por quién redoblan las campanas? Por Lu García.

  
Balcón desde donde Lu esperaba ver llegar a Tránsito (Imagen real)
   El 18 de marzo de 2012 me levanté temprano. Ese domingo, Tránsito, la androide, volvía a casa. Me esforcé mucho en sujetar mis sentimientos, en atar mi alegría. Arreglé mis propósitos como a un ramillete de flores silvestres: juntándolos por colores, por alturas, por fragilidad. 
  Me había equivocado.Y se lo diría. 
  Hoy yo le iba a pedir perdón ¡Y hasta la iba a besar! ¡La abrazaría hasta arrancarle un suspiro! Por encima de mi fe y a dos palmos del suelo, ¡hasta mi vida entera pensaba darle!
  Me senté frente al balcón del ala sur. El que abre sus vistas a la calle del Camí de la Era, y  desemboca en una pequeña plaza donde una joven Cabina de Teléfonos reina en 
solitario  -¡Larga vida a su majestad!-, junto a dos contenedores de basura que la custodian, día y noche, fielmente, y a una señal de tráfico que cierra el flanco por el costado este: un peculiar ejercito apostado delante de una cascada de pinos y abetos.
  Me había sentado frente al balcón del ala sur para ver llegar a Tránsito. Pero, los minutos se me echaron encima y las horas y hasta los días me vino a parecer.
  Y bien entrada la noche aun andaba yo asomada al balcón, rebañando con los ojos en la oscuridad, por si en algún momento ella aparecía. 
  Me acosté. Dos minutos después de cerrar los ojos, pensé "¿Y si te vuelvo a soñar, Tránsito? Entonces, volverás. ¿Y si te arrojó a un folio? Entonces volverás. Pero no se sueña dos veces el mismo sueño. Ésa máquina que yo vuelva a soñar y crea que es Tránsito, puede ser otra. Y ahora que ya estoy soñando, ahora que ya no hago pie en la razón, pienso, que puedo ser yo el ente de ficción, la que no existe en realidad, ni viva ni muerta..., ¿Acaso no seré yo, Lu García, el sueño de una androide contadora de historias?


Hasta pronto, Reader. Vuelve, ¡te sorprenderé! ;)
  

Gracias a todos por vuestras fieles visitas.



A todos los que os asomáis al balcón de mis historias, Muchas Gracias.
Es un placer ¡Feliz domingo!
Lu.


L'Aldosa de la Massana. Andorra.  Origen de esta historia.

Thank you for visiting my blog, Readers! Lu.



L'Aldosa. Andorra.  Epicentro del Eterno Presente.

viernes, 16 de marzo de 2012

Una cabina llamada Deseo.


    Toc, toc.
   
  -¡Bellini! 
  -¿Qué demonios haces ahí dentro, Lu? 
¡Se te enfría la pizza!
  -Sí, si... Ya voy. No te preocupes...
  -¿En una cabina de teléfonos? ¡Caramba! ¡Mira que sois raros los escritores! -exclama el anciano sujetando con la mano derecha la puerta-. Una vez, en 1963, conocí a Don Camilo José Cela. Fue en Madrid, en el Café de las Artes ¡Menudo personaje! 
  Bellini entra en la cabina, se agacha, apoya una mano en el suelo, después una rodilla, la nalga derecha y luego ambas, hasta asentarse cómodamente en el suelo.
  -¡No, no, vas a coger frio! ¡Por favor! ¡Venga nos vamos! -exclama la escritora de Nueve Mundos, levantándose.
  -¡Quédate! ¡Lu, por favor!
  Ella le mira desconcertada. Vuelve a sentarse hombro con hombro, junto a Bellini.
  -Descuelga el telefono -le ordena.
  -¿Qué descuelgue el telefono?
  -Sí, eso he dicho ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Descuelga!
  Lu obedece.
  -¿Y ahora?
  -Ahora, mírame.
  Lu obedece. Un monótono pitido despedido desde el auricular le saca del aturdimiento. 
  -Luuuuuuu, mira...
  La escritora comenzó a encogerse como una hoja de papel arrojada al fuego. El iris izó su negra vela y la pupila quedó convertida en una delicada anilla de tinta verde-marrón. 
  Bellini rejuvenecía: La tersura comenzó a envolver sus mejillas, sus labios, los ojos y la caja de su pertrecho tronco se enderezó como un junco. Sus arrugas menguaban, la piel se tensaba, y las piernas se hacían jóvenes. Los cabellos blancos, tomaban de la noche el hálito suave de su serena negrura y la espesura del aire fresco de las montañas. Ahora, su cabello era negro, ahora fuera como si en él la noche hubiese rociado todo el tiempo en que falta la claridad del día.
Bellini en el Eterno Presente.
  Bellini, envuelto en una nebulosa, se levantó de un salto y agarró a la escritora de la mano. La cabina comenzó a mecerse, dejó de tocar tierra y sobre un océano apareció flotando, liviana, como una cáscara de nuez. 
  -Mira, Lu. Ahora estás dentro de mi sueño. Un sueño, dentro de otro que alguien está soñando. Uno, que forma parte del argumento de una novela...








Buenas noches, Reader. Felices sueños. Lu.
   

¿Mesa para dos? II parte.

  -¡Bellini!
  -¡Dime!
  -¿Es una mujer?
  -Sí. Y parece un poco impaciente. Hace un buen rato que te está esperando en la sala verde. 
  -¿Es muy grandota, así, huesuda, y pálida?
  -¡No, qué va! -exclamó el anciano -. Es pequeña, una señora muy guapa. 
  Lu se dirigió a la mesa indicada por Bellini. Giró a la derecha y entró en un angosto pasillo de piedra que la condujo a un comedor más íntimo y acogedor.
  Encontró a una mujer menuda que ensortijaba en uno de sus dedos un rizo de la nuca.
  -¡Quantica Infinito!
  - Pero, ¿qué has hecho, mujer? 
  -Si te refieres a Tránsito, hice lo que debía.
  -Quieres acabar con todos.
¿Crees que podrás seguir tu carrera sin nosotros?
  -Sí, claro que sí.
  -Eres una ilusa.
  -No creo.
  Lu se sentó sin perder de vista a la taxista de Nueve Mundos.
  -No, no te sientes. Nos vamos, ¡ahora!
  Quántica dejó un billete de diez euros sobre el cenicero, agarró por el brazo a la escritora y salieron apresuradamente del restaurante.
  -¿Adónde vamos?
  -No preguntes.
  -Es que...,es que... -balbuceó Lu.
  - ¡Es que tú no puedes echar de tu vida a Tránsito, aunque quieras! -exclamó Quántica mientras empujaba la puerta y salían a la oscuridad de la noche.
  - Prefiero que hablemos ahí dentro.
  - De eso nada -contestó la taxista frunciendo el ceño.
  -¿Cómo? -exclamó al verse de tal modo negada y contradicha.
  - ¡Mira! ¡Ahí tienes tu cabina! -le indicó Quántica al llegar a la pequeña plaza de
 L'Aldosa-. La cabina de teléfono que tanto te obsesiona. Es la ultima cosa que ves al acostarte y la primera que ves al levantarte. Bien, ahora vas a entrar ahí dentro conmigo.
  -¿Para qué?  
  -¡Entra! 
  Lu estaba asustada a la vez que fascinada. Quántico, la taxista, le fascinaba.
  -¡Parece mentira! -repetía-. ¡Parece mentira! No sé si estoy despierta o soñando...
  -Ni despierta ni soñando -le contestó Quántica mientras se encerraban en el pequeño habitáculo.
  -No me lo explico..., no sé -añadió-; todo esto es demasiado ¡Os voy a mandar a todos a tomar viento¡ Al fin y al cabo yo tengo vuestros destinos en mis manos! ¡Tú no existes! 
  -¿Cómo que no existo? -exclamó.
  -No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Quántica, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean mi relato que de tus fingidas historias y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de mi novela. Ya sabes que si yo quiero, ahora mismito, acabo contigo.
  - Eso no es así -balbuceó Quántica-. Yo escribo vuestros destinos, en la Corporación...¡Yo soy real!
  -¡No, Quántica! ¡Eso no es así! 
  -¡Eres una pretenciosa, Lu! ¡Tránsito tenía razón! ¡Te crees más que nosotros!
  -Supongo que es culpa mía. Yo os dejé salir.
  Quántica perdia por segundos la tranquilidad. 
  -Dices que yo no existo. Y que ahora puedo morir. Amenazas tranquilamente con acabar con nosotros... ¿Y tú? ¿Eh? ¡Tú no eres más que el sueño de Dios! ¡Y cuándo él deje de soñarte, serás pasado! ¡Lo mismito que tus personajes! ¿Dónde ves la diferencia? Y en muchos casos..., fíjate en Don Quijote y Sancho Panza, los personajes consiguen sobrevivir a su creador. ¡Ellos sí! ¡Tras los siglos de los siglos son todavía carne de papel! ¡Y no polvo en el polvo, como Cervantes! 
Quántica Infinito.
  Al oír esto la escritora se quedó mirándola un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira e ir más allá, vio luego el cartel publicitario de su novela, Nueve Mundos, enganchado al cristal, en una de las caras transparentes de la cabina, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueña de sí, apoyó los brazos en los hombros de Quántica, que estaba arrimada al pequeño mostrador, y, mirándola con una sonrisa en los ojos, le dijo:
  - Corre, dile a Tránsito que la echo de menos. Ve y dile que esta noche la espero en la mecedora, en el porche. Dile que la necesito mas que nunca. 
Vuela, Quántica, vuela...
  - ¿No acabarás con nosotros, entonces, todavía?
  - ¡Quantica! -exclamó la escritora empujando la puerta -. ¡Vuela! ¡Vuela!
  -¡Bienvenida, Lu, al Eterno Presente! -gritó la taxista mientras se alejaba de la plaza a grandes zancadas.
  La escritora, en cambió, permaneció sentada en el interior de la cabina un buen rato. 

  
  

jueves, 8 de marzo de 2012

En casa No-No ¿Mesa para dos? I parte.



  -¡Hombre!, ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte!
  - Es el trabajo, Bellini. No tengo tiempo nada más que para escribir. 
  -¿Ya has publicado la novela, eh?
  -Sí, hace un par de meses. Y estoy preñada de la segunda.
  -¿Y cuál es el argumento si se puede saber?
  -Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo.
  -¿Y cómo es eso?
  -Pues mira, la escribo según vivo. Yo para eso opino como Miguel de Unamuno, lo mejor es no saber lo que vendrá. Cada día escribo lo que me soplan los personajes que viven en mi cabeza. 
  -Pero, ¡qué cosas, Dios mío! ¡Yo no podría inventar historias tan inverosímiles! 
  -¡Ay, Bellini! ¿De qué inverosímiles historias me hablas?
  -¡Esas de los Nueve Mundos! Ahora, que te digo una cosa... ¡Desde que mi mujer se va todas, todas las noches con tu libro a la cama, yo ya no existo!  ¡Yo le digo, Marie, apaga la luz, y ella ¿Tú estás loco? Ahora no puedo dejarlo...¡Qué me gire para el otro lado, me dice! ¡Eso que tú te inventas debe ser la hostia!  
  -Hay cosas que no se inventan, que no es posible inventar. Solo hay que saber oír a los que por no se qué razón, te escogen a ti, para que hables y actúes por ellos. 
  -Ahhhh...
  -Oye, Bellini, ¿me haces una pizza cabra con mucha miel?
  -¡Claro que No!
  -¿Cómo?
  -En la mesa del final, alguien ya a pedido por las dos.


Continurá...

martes, 6 de marzo de 2012

La extraña pareja.

  -¡Eres arquitectura efímera, Tránsito! 
  -¡Igual que tú!
  -¡Y vanidosa!
  -¡Idem! 
  -¡No eres más que una muñeca parlante con un programa sencillo!
  -¡Y tú, Lu,maldita sea!
  -Sabes que todo esto del Eterno Presente me interesa un pimiento, ¿verdad?
  -No te creo. Tengo un programa para detectar la falsedad. Escanea el iris. Es muy bueno.
  -Lástima que no tengas uno para detectar cuándo estás siendo una pelmaza.
  -No se trata de eso. Solo tenemos un problema de comunicación, en el sentido de intercambio de datos, de bits. Se suponía que las dos tendríamos que llevarnos bien.
  -¿Por?
  -Por nuestra condición de seres racionales, claro.
  -¡Tú no eres más que una lianta que se divierte dejándome en estado de shock!
  -¡Petimetra!
  - ¿Qué es eso?
  -¡Ja! Mira la estudiosa de las palabras...¡Qué fiasco!
  -¡No te quiero más en mi casa!
  -No lo dirás en serio...
  -Muy en serio. 
  -¡Bien!
  -¡Vale!
  -¡Me voy!
  -Hay tienes la puerta.
  -¿Estás segura?
  -Nunca he tenido nada tan claro.
  -Sayonara, Lu. 
  (Portazo)





Cuando la máquina llegó hasta la pequeña plaza del centro, se apoyó en la única amiga que le quedaba por allí: una solitaria cabina telefónica a la que acarició mientras sus ojos se deshacían en lágrimas. Un caudal que anegó la superficie de tierra, y del que brotó un precioso estanque, al que llamó Lu.

lunes, 5 de marzo de 2012

Adivina quien viene esta noche. IV parte.

Hélène de Mumart.
 Lu se sentó a la mesa junto a un puñado de personajes de su novela, Nueve Mundos, el origen, y una mujer idéntica a ella, hacia las 23:55 de la noche del 5 de marzo de 2012. Observó minuciosamente a cada uno.Tenia miedo, aunque sabía que no se lo podía permitir. Tranquila, se dijo. "Tiene que parecer que asumes la situación. Naturalidad ante todo". 
   Mientras, Hélène de Mumart, había entrado en la cocina para preparar un refresco a la recién llegada. Sacó del bolsillo de su levita de seda un pequeño frasco de cristal con forma de gota y vertió su contenido en la bebida. La madrastra de Ione sonrió maquiavelicamente.  
   -Siéntate con nosotros. Hablábamos de ti. ¿Estás mejor?-le preguntó Tránsito Roja.
   Lu asintió con la cabeza. 
   La mujer idéntica a Lu, rompió el hielo.
   - Nunca he sido agnóstica. Jamás. Creo que nací siendo creyente. No en el sentido estricto de la palabra, y tampoco en el que vosotros podéis interpretar. Desde muy pequeña, y por alguna extraña razón, necesité atar las raíces de mi árbol vital a la fe. Pero, ¿a qué fe? Las circunstancias y el destino me dejaron caer en brazos de las religiosas, mujeres de rostro contraído, algunas extrañas, otras livianas como las mariposas, y la mayoría estrictas y autoritarias conservadoras, a las que, por mucho que se empeñen algunos, no puedo odiar. Me enseñaron, al margen de lo puramente académico, no demasiado, la verdad, pero guardo en la memoria grandes momentos de ausencia en el aula, que marcaron mis inicios como contadora de historias. Las clases eran tan aburridas, que echar a pasear la imaginación, era lo único que se me ocurría para no morir de tedio. Así empezó, en tercero de básica, mi verdadera vida como tejedora de destinos, negro sobre blanco-. La mujer acabó su discurso y se mojó los labios en el líquido parduzco que contenía  un vaso de tubo. 
  El salón de piedra de la casa de la montaña, en L' Aldosa, de la escritora Lucrezia García, se vino abajo entre aplausos y vítores.




 Se oía el clamor. Algunos movían la cabeza y otros, levantaban la copa en un amago de brindis, mientras dedicaban a la escritora una mirada de aprobación.Lu sintió que el corazón le daba volteretas. Observar de frente, a una persona idéntica a ella, sentada entre sus personajes, como una elocuente y popular contertulia a la que todos oían embelesados hablar de su propia vida. Era tan chocante, que tuvo que repetirse una y otra vez, para no encharcar sus pulmones de locura, que estaba formando parte de un juego increíble, y que allí y ahora, TO-DO era POSIBLE, incluso verse a uno mismo en el papel de apóstol, en la ultima cena con Tránsito.
  Lu empalidecía por momentos. Aún así consiguió enhebrar un hilo de voz.
  
   -¿Quién eres tu?-se atrevió a preguntar a su doble.
   -¿Quién quieres que sea? ¡Pues tú!-exclamó la mujer con aires teatrales.
   Los demás guardaban silencio. Las observaban sin prisas.   
   En el Eterno Presente, el tiempo, es lo de menos.
  -¿Por qué estás entre mis personajes? (Lu rompe a reír) Perdona, igual te resulta estúpido que te pregunte esto...
   -No, tranquila...Ya me tienes acostumbrada. 
   -¿A mi estupidez?
   -No, no...Me refiero a tus preguntas. Estoy aquí porque soy otro personaje tuyo ¿De qué te extrañas, niña? Eres calidoscopica hasta el colmo y tienes la habilidad de desdoblarte hasta el infinito. Pero el personaje que más te fascina soy yo ¿No te atreverás a decir lo contrario? ¡Te encanta estar a solas conmigo! Prefieres mi compañía a la de cualquier otra, porque estás totalmente enganchada a mis historias. Con ellas te dormías desde niña, te arroparon en la adolescencia y te matan esa anodina rutina que los humanos arrastráis como una enfermedad crónica.  Sin mi, querida Lu, no sabes vivir. ¡Esa es la triste realidad! ¡Tu mundo te arranca la vida! ¡Me necesitas! Yo merezco estar aquí más que ninguno de ellos...
  Lu estaba rota. Cristales blancos esparcidos sobre un mantel de lino rojo. Al cabo de un par de minutos de frío silencio, se oyeron murmullos y cada uno escogió un compañero de charla. 
  -Tranquilízate, Lu. No te lo tomes mal-dijo Ana Luna-.
Pero ella tiene razón.




Ana Luna Plach.

     -¿Y tú como lo sabes?
   - Yo lo sé todo sobre mis otros Yo.
   - ...
  - Bueno, sí...Pero en otro tiempo, Lu. Yo pasaré por aquí dentro de 1200...
  -¡Si no te he preguntado nada! -farfulla la escritora apoyando las manos en la cabeza. 
  -Pero lo has pensado.
  Llegados a este punto, la autora tiene dos opciones: Una es romper a llorar. Desahogarse. Esta es la más plausible. Y la otra, pasar de todo, divertirse, tal y como ella pretendía antes de sentarse a la mesa.  
   Hélène de Mumart salió de la cocina y atravesó el salón con un gran vaso de coca-cola efervescente a rebosar de frescor y burbujas. 
  -Es para ti, querida.
  Lu la miró a la mercuriana antes de coger el vaso. ¿Estaría envenenado?  A pesar de las dudas, bebió ávidamente. Se moría por un trago de coca-cola.
   -Tu eres espontánea e imprevisible y de ti se puede esperar cualquier cosa. Eres abierta de mentes, ancha de miras, sabes descorrer las cortinas de la realidad y dormir en el propíleo de otros mundos. ¡Eres perfecta! 
¡Yo te enseñé! -vociferó la doble de la escritora mientras hacía grandes aspavientos con los brazos.
  Tránsito sonrió con dulzura, pero algo salió mal y el labio superior se contrajo severamente.            
  -¿Y a los demás os ha comido la lengua el gato?-gritó Lu. 
¡Dejad de mirarme!
   Los personajes rieron.
   Lu negaba con la cabeza.
  -¡Vale! ¡Ya hablo yo, je,je...Tengo una noticia que os puede interesar...-interviene Venozza, el sheriff de Isthar, con su oscura sonrisa fétida-. Me duché antes de venir. Tránsito me obligó ¡Ya no huelo a pescado!

La Bella Ignorancia.
    -¡Yo no te he dicho que tú tengas que soltar lo que sea, Venozza! ¡No me gustas!-vociferó Lu.
¡Y además sigues oliendo a basura! 
  Venozza se olfateó a sí mismo. 
    -No grites al pobre hombre. En el fondo es un sentimental-dijo la Bella Ignorancia, condescendiente.
   -Pobrecilla, la pobre escritora-se lamentó Hélène-acabará en un psiquiátrico-. No sabias lo que hacías cuando nos soltaste, je,je...
   -No te preocupes, mujer, todo saldrá bien-le animó Maquintosh.
 - ¡Eso, tu disfruta de la cena!-exclamó Venur.
  Y los demás le dedicaron una hermosa sonrisa. Lu se tranquilizó. Esos chavales de la Liga Solar, la tenían totalmente enamorada.
  - Por favor, quiero ofrecer un brindis-dijo alguien desde la puerta del jardín. 
  El grupo dirigió la mirada hacia el lugar donde nacía la voz. 
  Era Coco, su gato ¡Dios! ¿Había hablado el gato? ¡Esto ya era la leche!
Coco humana.
La escritora comenzó a sentirse muy mal. Probablemente la habían envenenado. Entre retortijones que la mantenían doblada como una herradura, intentó centrar la atención en Coco. 
   Tras la metamorfosis que siguió, que Lu presenció con la paciencia de una mártir, y que alteró la morfología de su amada Coco,hasta que ésta adquirió una forma más o menos humana, la escritora rompió el aire con una carcajada de proporciones cósmicas, escupida desde el estómago. La arrojó sin tapujos, olvidando las buenas costumbres, y se prolongaron hasta convertirse en desgarros sonoros.
   Entonces el salón quedó a oscuras y un grueso telón de terciopelo color vino cayó pesadamente. Las locas carcajadas de Lu, que no morían en la piedra, sino conseguían traspasarla como una broca del 12, hicieron estremecer a la casa, hasta comprimirla en una casita de juguete.
  -Lu, me has descubierto, ¿verdad?-le preguntó la máquina.
  -¡Sí!
  Entonces  los comensales se desprendieron de sus máscaras. Todos Eran Una: ¡Tránsito!
  Lu seguía desatada. 
  La androide la cogió por las manos. Lu era una muñeca de trapo. 
  Y la máquina y la muñeca bailaron hasta el amanecer.


 FIN.
  
  


    

sábado, 3 de marzo de 2012

Adivina quien viene esta noche. III parte.

  


Lu se despertó en la habitación de invitados de la primera planta. Lo primero que percibió fue un lejano murmullo, gente riendo y charlando. Se sentó en la cama y apoyó la espalda en un gran almohadón. Estaba triturada. Se movió lentamente hasta conseguir situar su masa corporal, un gran saco de huesos ajeno a ella, en la orilla de la cama. Ahora nada más quedaba levantarse. Pero su cabeza era un enorme globo de helio que suspendía su volatilidad con orgullo, tirando hacia arriba dolorosamente, y presintió, que solo con desearlo,  el globo asumiría el peso de la bombona de su cuerpo. 
  Salió de la habitación dando bandazos. Colocó la mano en la parrilla incandescente de su frente y de sus mejillas. Lu, ardía. Cruzó la biblioteca y los murmullos engordaban, tomando forma. Ahora distinguía palabras y alguna frase. Con la ayuda de brazos y  manos, desplegados como las alas de un avión, y de dos jónicas que avanzaban con la liviandad de la piedra, alcanzó el salón. 
  El espacio olía a gente. Y el aire era pesado, turbio y quedaba enganchado en los muros de piedra, que lo proyectaba  hacia arriba creando un efecto invernadero que distraía sus sentidos. 




La mesa del comedor estaba ocupada en su totalidad. Habían decenas de platos y variados manjares entre dos gruesos candelabros de madera africana. Intentó que no la vieran. Observó a los comensales, y comenzó a agitarse como el sauce bajo la tormenta. Emulando la Sagrada Cena, Tránsito, en el centro de la imagen, alzaba una copa de vino, mientras los demás, la mantenían animosa con la mirada. A su lado, a la derecha, estaba la joven Ana Luna Plach, con un vestido claro, ligero y vaporoso. Y a su izquierda, Lu, la escritora, ella, que sonreía tranquilamente junto a Ione, Piter-ju, Lara y Maquintosh: cuatro adolescentes a los que tantas líneas había dedicado para escribir su novela. Junto a Ana Luna, dispuestos en sendas sillas; Venur, Diox, Uriel y Nep, y de espaldas, distinguió perfectamente a dos hombres de otro tiempo; el médico Eric Weiss y el inspector Pol Quevedo, que charlaban animadamente con el sheriff  Venozza, Kómputo Oscuro y su mujer, La Bella Ignorancia, que lucía una suave melena lanosa, una cascada de cabello dorado, seña de identidad inconfundible. Se distraía mordisqueando el lóbulo de la oreja de su marido, propinando toquecitos con la punta afilada de su lengua.
  Aquello era increíble. Pero por alguna extraña razón, en aquel momento, nació un profundo deseo de abandonarse, de salir de su encomillado, de comenzar a vivir como ellos. Sintió el deseo irrefrenable de mezclarse con sus personajes, de vivir el momento de locura superlativa; lo anormal debería aceptarlo por "normal" porque eso supondría un momento único e inigualable. (Se sabe que la normalidad no conduce a ninguna parte.)
 ¡Lu necesitaba aprender que lo extraordinario es lo imperecedero en nuestra leyenda personal!
  Se acercó hasta la mesa como un ángel. Y a cada paso ganaba seguridad. Cerró los ojos, y el tiempo ralentizó sus latidos, y ella se rindió, por primera vez, a todos aquellos que nacieron por obra y gracia de su pluma.
  -Ven, Lucrezia. Te estábamos esperando. 


Continuará...


Feliz día. Y cuídate de las visitas inesperadas. Nunca se sabe ;-)


P:D Para este fin de semana, os recomiendo un clásico: La Metamorfosis, de Franz Kafka, para los que todavía no hayáis tenido el placer de conocer su obra: Se lee con facilidad, es escueta, entretenida hasta la abstracción y placentera hasta el éxtasis. ¡Qué la disfrutes, Reader!

viernes, 2 de marzo de 2012

Adivina quien viene esta noche. II parte.


  -Mira, cielo, yo te aconsejo que te relajes. Hace una noche tan bonita... Te enseñé que a veces, en ciertos lugares, todo es posible. ¡Sin embargo, no aprendes nada!
  -Tránsito, este bicho me pone nerviosa-musito Lu con la cabeza totalmente girada en dirección a la máquina.
  -¿A qué bicho te refieres?
  -Ya lo sabes. A tu invitada.
  -Mírala, si es encantadora -afirmó condescendiente la androide.
  -¡Eres una cínica! ¿Qué quieres de mi? ¡Quieres que tenga miedo! ¿verdad? ¿Sabes qué? ¡Te pegaría una bofetada en toda esa cara fea que tienes, como te hizo Ana Luna en el transgaláctico! ¡Te dio fuerte, te lo merecíasssss!-exclamó la escritora levantándose de la mecedora. Se acercó a la máquina, y esta, pudo oler hasta 7 capas por debajo de su piel: distinguió las distintas fragancias por separado y evaluó su estado; Lu perdía frescura. A pesar de todo, en cualquier momento, le ofrecería repararla desde el interior, entonces, jamás la echaría de su lado. Ella le ofrecía la eternidad. 
  Lu la cogió del cuello y comenzó a apretar con todas sus fuerzas. Tránsito permanecía sentada, impasible, con los brazos de silicona totalmente estirados, apoyados en los escuálidos miembros de la mecedora. Los discos oculares de la máquina giraron en ambas direcciones, mientras Lu, con los suyos en blanco, seguía presionando la dura columna. Tránsito la dejó seguir durante un par de minutos más, hasta que Lu se cansara. Entonces, la androide se la quitó de encima suavemente, apartándola con delicada ternura. Después le agarró por las muñecas y le besó las manos con pasión. Lu estaba tan sorprendida que apenas pudo reaccionar.
  -¿Estás mejor? -preguntó Tránsito.
  La escritora asintió dócilmente con la cabeza.
  - ¿Crees que ahora podemos atender a nuestra invitada?
  Lu volvió a decir que sí.
  Todavía de pie y con las manos en el cuello de Tránsito, Lu se volvió hacia Hélène de Mumart.  Menudo chasco se llevó al topar con una mujer de unos treinta años, delgada y fina como un junco, tremendamente atractiva, envuelta en un vestido de seda del color de los nísperos, que como un sudario, envasaba su delgadez. Y esa cara...los platos de sus ojos verdes moteados de verde, presidían la fiesta de su rostro marmóreo, bello y apolíneo. Después se fijó en la boca; carnosa y abultada. Y finalmente reparó en ese puente que cruzaba la cara y la dividía en dos segmentos separados: la nariz era un acueducto delgado, infinito e intransitable, un lugar con dirección a ninguna parte. 
  Hélène la miraba con profunda lástima. 
  La escritora no podía respirar. 
  -Siéntate Lu, por favor- le rogó Tránsito.
  -¿Qué pasa ahora? ¡Ella no es la madrasta de Ione!-exclamó la escritora todavía de pie.
  -Cuando te sientes, te lo explicaré.
  Lu, en la mecedora, de nuevo. Tránsito empuja desde su posición el respaldo del mueble y este se echa a balancear. La mujer se relaja. Apoya la cabeza en el frágil respaldo de mimbre y cierra los ojos. Tránsito también se relaja. En cambio Hélène gira la cabeza suavemente en dirección a la escritora. Lu, entonces, percibe un sonido vibrante: es el cascabel de una serpiente, es la lengua viperina que atiza el aire o la fricción de dos muñones. Estaba demasiado aletargada para comprobarlo. No obstante, cuando sintió una ola de humedad en el pabellón auricular izquierdo, se asustó e intentó abrir los ojos. Pero fue imposible. Dos losas de cemento los sepultaban a cal y canto. Privada de la visión, quiso levantarse. Tan solo fue un intento. Sus pies de madera formaban ya parte de las láminas del suelo. Entonces se intuyó atrapada a la estructura interna de la mecedora, quiso sin lograrlo, en medio de las tinieblas, mover las extremidades. Y le pareció, para mayor desesperación, que ya no existía, que ya no era, que ya no sentía, porque ya nada había de ella y nada quedó de sí. Y su boca se abrió describiendo una gran circunferencia. Y a través de ella el universo introdujo su cuerpo tras comprimirse en una luminosa canica, y nació de los restos humeantes de la escritora, una adolescente de rostro angelical llamada Ana Luna Plach.


¡Ana Luna Plach, Bienvenida!
Continuará... 




Franz Kafka, uno de mis autores favoritos, hoy te tuve presente en esta creación. Allá donde estés, con toda mi devoción, vaya esta historia. Viaje ella hasta ti, como un ramillete de letras perfumadas en romero y sobre tu sepulcro se acuesten esta noche. A cambio, te pido, que sigas insuflando inspiración a esta humilde alumna tuya. Descanses en paz.
  

Lu, duda.






"¿La desconecto? Seguro que tiene un sistema de encendido y apagado, bueno supongo...
Quizás esta noche, mientras está descansando... 
¡Dios! No la aguanto más...Aunque primero, que me pague los días que he trabajado como una esclava para ella". 
     


Vale, lo hago. 
Esta noche, o nunca.
Pero, primero, que me pague...
Eso, si no me mata antes, claro. 




   Y Tránsito, responde...  


 -Te he oído Lu. Yo nunca te haría daño. Seria ir en contra de mi misma...¡Así que olvídate!
¡Sigamos viviendo aventuras imprevisibles! 
¡Y del dinero, también! 
Menuda vulgaridad... 


  



Adivina quien viene esta noche. I parte.


Tránsito, la androide, y Lu García, la escritora, sentadas en un banco del porche, después de cenar, bajo la luz de la luna, una noche de estrellas distraídas.
    La contadora de historias tiene la mirada atada a la cima de una montaña cercana, y Tránsito, ya lleva rato con los dorados discos oculares enredados en la nueva melena de Lu.
  - Sabes, Lu... Tú y yo tenemos muchas cosas en común.
  -¿Ah, sí?-contesta vagamente la mujer, todavía con los pensamientos revoloteando entre picos oscuros.
  -¡Yo creo que sí!
  -¿Y eso?
  - Bueno, a las dos nos gustan los dulces, los bichos peludos y suaves, la pasta...
  -¿Te refieres al dinero?
  - ...La gente, los viajes en el tiempo, el mismo hombre...
  -¡Oye!
  -¡Es broma, chica! 
  - Las dos estamos entrenadas para las sorpresas imprevisibles...
  Lu presta atención por primera vez a la máquina. La mira de frente. Se ha sentado de cara a ella, con las piernas recogidas.
  -¿No irás a empezar de nuevo con tus viajecitos? ¡Ya tuve bastante! 
  -No, no, es solo que he invitado a alguien a casa.
  -¿Ahora?
  -Sí.
  -¿A quién? ¿Por que no me has avisado?
  -Porque no lo hubieses aprobado...
  -¡Tránsitoooo, ya me estás cabreando!
  -Define: Cabreando.
  -¡Jodiendo!
  -No creo, ¿eh?
  -Grrrrrrrrrrrrrr


Ding-dong


  
Lu no se atrevia ni acercarse a la puerta. Estaba a solas con la máquina, como siempre que se comportaba de manera imprevisible. Intentó discernir, de una manera racional, si había indicios de estar abandonando, de nuevo, justo en aquel momento, los límites de su mundo. Intentó agudizar el olfato, afilando la nariz como si fuera ésta un escarpelo, intentando a tientas averiguar si estaba entrando, a rastras, otra vez, en ese tiempo de chicle capaz de estirarse, de deformarse hasta variar su morfología humana y degradarla a un sistema binario, traducida al único idioma que la máquina comprendía, unas combinaciones de ceros y unos llamada Código Máquina. Siempre que lo deseaba, Tránsito conseguía relegarla a un plano de números, para esta así, meterla de cabeza en un maldito Matrix. Por fin, aquella noche lo había comprendido todo. Sí, aquella tranquila velada de primero de marzo, a las 22:30 horas, lo vio claro... ¡Estaba segura! ¡Allí apestaba a Eterno Presente!
Pero esta vez estaría preparada.  ¡Ya no era una estúpida! ¡Hoy iba a defenderse! 
  Tránsito se dirigió a la puerta, para atender la visita. Lu se quedó en el jardín. Si tenía que salir corriendo, mejor escaparía campo a través. 
  -¡Queridaaa!
  -¿Sí, Tránsito?-contestó la escritora, de pie, apoyada en una sólida columna del porche.
  -¿Puedes venir?
  -¿Adónde?-preguntó Lu con recelo.
  -¡Al salón! ¡He sentado a nuestra invitada a la lumbre! Volví a coger las mecedoras del garaje. ¡Espero que no te importe!-gritó Tránsito, intentando hacerse oír. 
  Lu permaneció junto a la columna un tiempo. No sabía si debía caer tan explícitamente en la trampa de Tránsito. A lo mejor, con suerte, hasta que no atravesara el salón, no entraría en el juego, en ese agujero negro tan exaltante, en esa espiral de aventuras imprevisibles...
  -¿Vienes, o qué?-vociferó Tránsito.
  Lu arrancó del suelo el pie derecho. Lo apoyó suavemente de nuevo en tierra. Después avanzó el izquierdo. A pesar de haber dado tres o cuatro pasos, el recorrido fue prácticamente nulo. Entonces fue cuando vio avanzar a la máquina hacia ella como un obús sin frenos, como un tren descarrilado, con los ojos pixelados y la boca torcida en una mueca infinita. Lu, apenas sintió dolor cuando la levantó del suelo por las axilas, y la llevó en volandas hasta el salón, casi no sintió miedo cuando la dejó frente a la chimenea y esta vez, junto a tres viejas mecedoras de mimbre y madera. Nada sintió apenas, cuando la sentó. Ni se estremeció, tan siquiera cuando la máquina empujó la mecedora y ésta comenzó su balanceo chirriante. Y fue así, que nada sintió, ni nada percibió, porque mantuvo los ojos fuertemente cerrados. Blindados como dos ostras bajo las zigzaguantes aguas del océano. 



   - Lu, es de muy mala educación lo que estás haciendo. Me estás dejando como el culo -le susurró Tránsito a la oreja.
  La escritora retiró las manos, desplegadas en su rostro como dos alas de águila, muy despacio.
  Miró a su alrededor.
  En una mecedora, estaba Tránsito, ocupando el flanco derecho, y al izquierdo, alguien que conoció a través de los relatos que la máquina le había transcrito para la novela Nueve Mundos, el origen. Sintió unas nauseas terribles, un terror absoluto, una desazón que le quemaba la piel. 
Sentada en el salón de su casa, Hélène de Mumart, madrastra de Ione Curie, la malvada Mantis Religiosa natural del vecino planeta Mercurio, carnívora y canibal, le sonreía como una buena amiga, a dos centímetros de distancia. Sus brazos, en actitud oratoria, por delante de un tronco envuelto en un sudario de seda, se frotaban una a la otra, quizás en espera de un suculento festín.


Continuará...